domingo, 19 de enero de 2014

Comuníqueme con el comandante; tengo una bomba

      El 17 de diciembre de 1903 los hermanos Orvile y Wilbur Wright lograron que un aparato más pesado que el aire se despegara del suelo y casi 55 años después se produjo el primer secuestro de una aeronave en vuelo. Se trató del vuelo 495 correspondiente al 1º de noviembre de 1958 que cubría la ruta entre Miami y Varadero en Cuba. El avión fue desviado de su ruta por partidarios de Fidel Castro y obligado a aterrizar (por llamarlo de alguna manera) en una pista controlada por los partidarios de la revolución. Iba cargado de armas, municiones y repelente para los mosquitos. Desafortunadamente se estrelló, dado que el piloto se negó a acatar las órdenes de sus secuestradores y fue asesinado. El mando de la nave lo tomó Edgardo Ponce de León quien había sido piloto de la Fuerza Aérea Norteamericana pero se ve que los aviones Vickers Viscount, de uno de ellos se trataba, no eran lo suyo.

      Es que unos centenares de toneladas de acero rellenas de centenares de seres humanos suspendidos a 9.000 metros de altura hacen de un avión un aparato particularmente vulnerable a las demandas de quien quiera reivindicaciones políticas y extorsiones de cualquier tipo. 

     
      Después del 11 de setiembre de 2001 las cosas se le complicaron a los secuestradores pero hasta ese entonces las normas de seguridad aeroportuarias eran mucho más relajadas. Durante los años 60 y 70 se produjeron numerosos secuestros de aviones en pleno vuelo con diversas motivaciones y resultados. Mayormente sirvieron para visibilizar situaciones políticas en lugares del mundo que de otro modo no hubiesen llegado al público. Además, amparados en el vacío legal de las diferentes legislaciones nacionales, que en algunos casos no incluían a la piratería aérea como delito, muchas veces aún confesos y detenidos, los secuestradores fueron dejados en libertad.

      Bombilla Tapada hoy se encargará de hacerles conocer la historia del secuestro aéreo más extraño del que se tenga memoria, cuyo ejecutor, si aún vive, se encuentra impune.


      Se los resumo en una frase. Un tipo secuestró un avión, lo obligó a aterrizar, liberó a los pasajeros a cambio de U$S 200.000  y cuatro paracaídas, el avión volvió a despegar, el tipo saltó con el paracaídas y nunca más se volvió a saber de él ni del dinero.

      Convengamos, en principio, que abordar un avión de cabotaje en los Estados Unidos antes del 11-S era tan poco burocrático como tomar un tren. Solo había que manifestar un nombre, sin necesidad de acreditar identidad, y ya. El 24 de noviembre de 1971 un tal Dan Cooper abordó el vuelo 305 de Northwest Airlines que cubría la ruta Portland - Seattle. El pasajero en cuestión tendría unos 45 años era alto y vestía traje y corbata. Cuando el avión estuvo en vuelo le entregó a Florence Schaffner un papel con una nota. Florence, que como todas las azafatas era muy atractiva, pensó que se trataba de un número de teléfono que el pasajero picaflor le entregaba para intentar un contacto futuro, entonces lo plegó y guardó en uno de los bolsillos de su uniforme. Al notarlo, Dan Cooper se acercó a la azafata y le dijo: Señorita, es mejor que lea la nota. Tengo una bomba.

      Al rato ya, el comandante le estaba preguntando cuales eran sus demandas por intermedio de la azafata. Cooper le mostró a Florence el interior de su bolso y la azafata pudo ver unos cilindros rojos y unos cables que los unían, si no eran una bomba se les parecían bastante. Las demandas de Cooper eran sencillas: 200 mil dólares en efectivo en billetes sin marca, cuatro paracaídas (dos manuales y dos de emergencia). Todo esto debería ser entregado al aterrizar en Seattle. A cambio él dejaría descender a los pasajeros y retendría a la tripulación. También exigía la recarga de combustible para el avión.

      Avisado el FBI dispuso cumplir con las demandas. Se consiguieron 10.000 billetes de 20 dólares, todos de la serie L emitidos por la Reserva Federal de San Francisco y mediante un dispositivo llamado Recordak se microfilmaron sus números de serie. La escuela de paracaidismo de Seattle proveyó los paracaídas de uso civil que Cooper demandaba. A las 17:39 de ese día el avión tocó tierra en el aeropuerto de Seattle y se produjo en intercambio. El dinero y los paracaídas a cambio de los 39 pasajeros del avión.

      El avión despegó a las 19:40 con rumbo a Nevada. Las instrucciones de Cooper eran fijar ese rumbo, mantener una velocidad de 320 Km/h y una altitud de 3.000 metros. Cerca de las 20 hs Cooper le pidió a la azafata Schaffner que se encerrara con los demás miembros de la tripulación en la cabina. Trece minutos después una luz parpadeante indicó que la compuerta trasera del avión había sido abierta. Ese fue el último dato cierto que se tuvo acerca de Dan Cooper.


La pregunta es...¿Se mató o sobrevivió?

Supongamos que sobrevivió.

      El método de microfilmar los billetes ya había sido usado por el FBI por lo menos en dos oportunidades. En una extorsión y en un robo a un banco. En ambos casos, a los pocos días el dinero comenzó a aparecer en el circuito comercial y en un par de semanas los delincuentes habían sido rastreados y detenidos. Nada de eso ocurrió con el dinero de Cooper salvo una cuestión llamativa. En febrero de 1980 ( 9 años después del salto) Brian Ingram, un nene de 8 años, encontró 5.880 dólares semi destruidos atados aún con una banda elástica pertenecientes, por los números de serie, al botín de Cooper. En 1978 un cazador encontró un cartel con las instrucciones para la apertura de la compuerta trasera de un Boeing 727. Un análisis posterior determinó que el cartel pertenecía al avión secuestrado. Hay 9.706 billetes de 20 dólares que nunca aparecieron. Ni en el comercio, ni en los bancos. Ni rotos ni enteros.

Quizá deberíamos sospechar que Cooper se mató.

      200 miembros de ejército rastrearon durante 18 días un área de 73 km cuadrados donde se supone que aterrizó Cooper. No apareció ni un solo vestigio de él. Ni el cuerpo, ni la ropa, ni siquiera la tela sintética del paracaídas, que no pudo haberse deteriorado en tan poco tiempo. Por otra parte los paracaídas utilizados en esa época consistían en una tela redonda, formada por gajos individuales, con un diámetro de más de 7 metros. No puede desaparecer así como así. Aún si hubiese muerto en el impacto y los osos de algunos de los bosques cercanos se lo hubieran almorzado o cenado, habrían aparecido, cuanto menos los zapatos...o el dinero, habida cuenta del proverbial desprecio que los plantígrados sienten por el vil metal.

      A esta altura uno ya tiene ganas de que haya sobrevivido. Si tienen intenciones de rastrearlo para pedirle unos pesos prestados no busquen a ningún Dan Cooper. Es un nombre falso copiado de una revista de historietas canadiense cuyo protagonista era piloto de combate y paracaidista. La policía evaluó más de 1000 posibles sospechosos (entre ex soldados de cuerpos aerotransportados, alumnos de escuelas de paracaidismo y demás) sin ningún éxito. Por lo menos 3 personas manifestaron haberse enterado que el tal Cooper era un miembro de su familia. Ninguna aportó pruebas concluyentes. El rostro de Cooper figura en los identikits de la policía. Aún se conserva la corbata que utilizaba durante el vuelo y que decidió dejar dentro del avión. Eso es todo lo que tenemos acerca del secuestrador aéreo más misterioso de la historia.

Salud Dan Cooper (o como te llames) donde quiera que estés ( o no estés)

Lleven abrigo por si refresca. Buenas tardes