domingo, 12 de julio de 2015

Una lluvia te arruina un día de campo. Pero a Marco Aurelio le salvó la vida

      Los grandes ventanales del Salón de Roble de la sede central del blog no dan directamente a la calle, cuyas imágenes son toscas y poco inspiradoras, sino a los jardines internos cuyo diseño ha sido pensado para el solaz de las mentes y los espíritus. Puede uno ver todas las mañanas a varios de los catedráticos del blog dejando perder su vista a través de los prístinos cristales a caballo de sus profundos pensamientos. Aún cuando llueve el espectáculo es bellísimo dado que el parque central posee un estanque donde aves acuáticas exóticas retozan y se amparan de la eventual lluvia debajo de las magnolias, castaños de indias, adelfas y grevilleas. Sin embargo la lluvia de esa mañana en particular era todo menos bella. Se desató una furiosa tormenta con rayos, relámpagos, truenos y muchísima caída de agua que llamaba más a la preocupación que a la reflexión. 

      Crisol de razas como lo es el staff del blog, muchos de los catedráticos reunidos en el salón viendo las lluvias recordaban severas inundaciones en sus países de origen. Un astrónomo chino recordaba casi con lágrimas en los ojos los desbordes del Rio Amarillo durante su infancia a causa de las intensas lluvias. Opinaba en cambio nuestro especialista indonesio en Derecho Comparado, que habían sido notablemente más graves los desbordes del Río Citarum, en su país natal que cualquier otra inundación provocada por lluvias. El físico brasileño que honra con su presencia los claustros del Blog desestimaba por insuficiente cualquier comparación de cualquier otra inundación que no fuera la Prororoca. Una gigantesca ola que corre durante kilómetros por el Río Amazonas y que a decir del estudioso carioca era "la mas grande del mundo". Los ánimos comenzaban a caldearse y en apariencia podría llegar a las vías del hecho, como está ocurriendo con alarmante frecuencia, cuando terció un historiador canadiense a aclarar que no siempre las tormentas copiosas son perjudiciales y que quien tuviera dudas escuchara la historia que comenzaría en breve a contar. Por lo tanto, háganse un te, tomen asiento en algún lugar cómodo que ya comienza la historia de la Batalla de la Fortaleza de Musov y el llamado Milagro de la Lluvia.

      Recién hacía 150 años que habíamos estrenado la Era Cristiana aunque, de momento, ningún protagonista lo había notado. Por esa manía que el hombre siempre ha tenido de pretender las posesiones ajenas o quizá por frío, varias tribus y pueblos escandinavos comenzaron a moverse hacia el sur de Europa. De manera obvia, aquellos pueblos que eran desplazados hacia el sur por los invasores del norte, se convertían a su vez en invasores de otros pueblos que vivían más al sur que ellos. Aún no se había inventado, pero si así hubiera sido, algún cronista de la época hubiera hablado de un "efecto dominó".El último de los pueblos en movilizarse, el más al sur de los empujados de prepo, fueron los germanos y se llevaron la peor parte. Su sur estaba dominado por el poderoso imperio romano. Es decir, si los germanos querían escapar al asedio desde el norte, debían vérselas con Marco Aurelio y su gente.

Marco Aurelio
      Tanto los historiadores como la gente de su época cree recordar que don Marco Aurelio ha sido un buen emperador. Ha dejado algunas obras escritas conocidas como Meditaciones. Dictó normas que beneficiaban a los más vulnerables de la población: esclavos, huérfanos y viudas. Modificó parte del derecho civil de modo que hubiera diferencias de tratamiento entre la gente honesta y la que no lo era. Relajó la severidad de tato para con los cristianos y puede decirse que durante su período no hubo mayores persecuciones para con los miembros de esa novedosa secta. Dos conflictos militares ocuparon el reinado de Marco Aurelio en el ámbito bélico: el citado en el norte contra los germánicos y uno bastante fuerte en el este contra el imperio parto.


Catafracto Parto
      Los Partos (no aquellos que tienen como consecuencia el nacimiento de un hijo sino los oriundos de Partia) ocupaban parte del Asia Menor, la zona de Mesopotamia, es decir las actuales Irak, Irán y área de influencia. Como todo imperio también los partos tuvieron vocación expansionista y durante casi dos siglos disputaron con el imperio romano el este del Mediterráneo, la puerta entre Europa y Asia. Es conocido (y si no lo sabían se los comentamos en este acto) lo temible que era el accionar militar de ejército imperial romano. Pero los Partos no se quedaban atrás. Sus formaciones tenían dos elementos letales. Sus arqueros, capaces de disparar y hacer blanco aún batiéndose en retirada y su catafracto. Se preguntará usted ¿Que demonios es un cataftacto? Y estará en todo su derecho dado que es altamente probable que uno haya escuchado (o leído) esta palabra por primera vez en su vida. Cata, en griego significa todo y fracto quiere decir cerrado. Obviamente que los partos no se metían dentro de un armario ante la presencia del enemigo sino que el citado catafracto es uno de sus cuerpos de caballería. Tanto el jinete como el caballo iban acorazados y en formación tan perfectamente cerrada que eran inexpugnables. A cambio de eso eran lentos y los corceles se cansaban mucho más rápido que los convencionales, pero una vez que se fijaban un objetivo era muy difícil repeler su ataque.

    La cercana Armenia (cercana a la zona) carece momentáneamente de heredero al trono y hacia allí se lanzan los partos con la intención de conquistarla militarmente en principio y colocar un gobernante afín a sus intereses luego. Los Romanos pretenden impedirlo y se arma una bonita trifulca. Marco Aurelio destina una gran cantidad de fuerzas a la guerra con los partos y el escenario de las batallas es el actual territorio de Turquía.

Cuenca del Danubio
     El frente del norte, en cambio tiene como territorio de enfrentamiento las actuales Hungría, Polonia y República Checa y Eslovaquia. Corría el año 172 después de Cristo y la situación no termina de favorecer de manera categórica a ninguno de los dos ejércitos. De hecho recién pasados 7 años del inicio de las hostilidades los romanos logran cruzar el Danubio y empujar más allá a los germánicos. Pero inmediatamente después sufren una importante derrota que incluye la vida de dos de sus mejores generales. Marco Aurelio se cansa entonces y manda a buscar refuerzos, y del único lugar que los puede conseguir es del frente oriental, aquel que estaba peleando simultáneamente con los partos. Era arriesgado pero al fin y al cabo Marco Aurelio para algo era Emperador. En poco tiempo las fuerzas romanas que batallarían contra los bárbaros del norte se verían reforzadas por curtidos veteranos del este. Pero llegaron trayendo consigo una desagradable sorpresa.

Galeno
El nombre de Galeno se usa hoy como una forma de llamar a los médicos en general, pero sepan que Galeno de Pérgamo fue un médico griego real contemporáneo a los acontecimientos que estamos relatando. Galeno fue el primero en describir una enfermedad que recibió el nombre de Peste Antonina o Plaga de Galeno. Hoy se sospecha que se trató de un brote de viruela o sarampión pero lo que es seguro es que llegó a Roma y al frente del Danubio de la mano de los soldados que volvían de oriente. Por lo que los supuestos refuerzos no sólo no fueron beneficiosos sino que fueron directamente perjudiciales. Debido a las muertes por culpa de la plaga eran menos que antes. Avanzan de todos modos hacia el río Morava, bordeándolo hacia el norte hasta encontrar su confluencia con el Thaya. Allí en una localidad llamada Musov pretenden hacerse fuertes y construyen una fortaleza para reagruparse. Los germanos los emboscan y sitian. Utilizando las tácticas de combate de su enemigo, los bárbaros cortan las líneas de abastecimiento romanas y someten a la sed y al agotamiento a las legiones romanas. Mientras tanto preparan el asedio final a la fortaleza. Cansados, sin fuerzas, con calor, sin víveres y con enfermos entre los suyos la victoria estaría sin dudas en manos de los germanos.

     A la espera del ataque final los romanos celebran sacrificios a sus dioses clamando por ayuda. Unos cuantos soldados imperiales adscribían a esa nueva religión que comenzaba a imponerse dentro del imperio. Los cristianos hacen lo propio e invocan ayuda celeste. El ataque bárbaro comienza al tiempo que el cielo oscurece. Al parecer la batalla final se desarrollaría con lluvia. Los germánicos rodean el campamento fortificado de los romanos con máquinas de guerra. La lluvia se convierte en tormenta. Los romanos repelen los primeros ataques como pueden, en principio ligeramente aliviados del calor y la sed por la copiosa caída de agua.

     Una torre de asedio germánica se acerca a la muralla para comenzar el combate cuerpo a cuerpo. Súbitamente un rayo cae sobre la torre haciéndola tomar fuego. El chasquido de la descarga eléctrica es ensordecedor. Los hombres que la ocupaban caen fulminados al suelo. Vuelan astillas y trozos de madera encendidos. Los romanos creen que sus plegarias han sido escuchadas (tanto los cristianos como los paganos) al tiempo que los bárbaros interpretan la caída del rayo o bien como una muestra de poder de los dioses del enemigo o bien como un síntoma de abandono por parte de sus propias deidades. A la vez que las legiones romanas cobran valor, las germánicas son presa del miedo y comienzan a retirarse. Los papeles se invierten completamente y ahora los romanos persiguen a sus enemigos hacia el norte sin encontrar resistencia. La mayormente habitual caída de granizo durante las tormentas de verano es interpretada por los germánicos como un castigo del cielo por vaya uno a saber que falta y continúan huyendo hacia el norte.

     Finalmente el ejército romano les da alcance y los bárbaros ofrecen la firma de un tratado de paz. Las condiciones son penosas para los germánicos quienes pierden casi todo su ganado y sus caballos y entregan 13.000 hombres en calidad de esclavos que Marco Aurelio despacha hacia Roma mitad como garantía del cumplimiento del tratado, mitad para recuperar la población perdida por la citada Peste Antonina.

Debido a su éxito frente a los germanos el Senado concedió a Marco Aurelio el título de Germanicus que quien sabe lo que significaría. La guerra como tal duró hasta el año 180 y la paz relativa se extendió durante más de 70 años hasta que los germánicos volvieron a la carga. Pero eso será parte de otra historia

Que anden bien.