domingo, 8 de diciembre de 2013

Y...de algo hay que morir...

     
      La literatura y el cine están llenos de protagonistas heroicos. Sujetos que luchan por sus ideales, sea cuales fueren. El honor, el amor, su familia. El climax en esos casos se alcanza cuando, sobre el final de la novela o película, el protagonista procede a morirse en defensa de lo que cree justo. Los lectores o espectadores, según sea el caso, envidian (pero poco) el destino glorioso del personaje en cuestión. Morir por lo que uno considera importante o justo es de una nobleza insuperable.


       Al común de los mortales solo nos queda la indigna letanía de una larga enfermedad o la súbita retirada por fallas cardíacas. Difícilmente podamos alcanzar la dignidad de una muerte por una causa noble. Sin embargo Bombilla Tapada hoy va a presentar algunas historias de tipos que se quedaron a mitad de camino. Todas terminan mal pero los decesos en cuestión se han producido por sostener una idea propia. Tipos que creyeron en algo, sin la gallardía del amor o el honor, y lo llevaron hasta las últimas consecuencias, al menos para ellos. 

     
      Una de las diversiones mas comunes de los niños cuando se bañan es la de sumergir algún objeto cóncavo en la bañera, con la concavidad para abajo, y notar como el aire escapa luego, más o menos violentamente, en forma de burbujas. Este principio era conocido desde hace mucho tiempo y existieron desde la antigüedad intentos por aprovecharlo para construir un artefacto que pudiera movilizarse bajo las aguas. Se supone que un tal Cornelius Drebbel logró hacer funcionar uno de estos engendros bajo las aguas del Tamesis en 1620. Desafortunadamente no quedan registros fieles de como estaba construido pero los relatos existentes lo identifican como una campana donde se almacenaba aire, impulsada por remos. El primer submarino funcional de la historia, con datos documentados (Si un día andan por Louisiana dense una vuelta por el Museo Estatal, donde hay una réplica) fue desarrollado y construido por Horace Hunley. Don Horace pertenecía al bando del Sur en la guerra de secesión y su aparato (de nada despreciables 12 metros de eslora) era capaz de sumergirse y colocar una carga explosiva en el casco de un navío sin ser detectado. Y de hecho lo hizo. El 18 de febrero de 1864, el USS Housatonic, del bando norteño, se alzó con el honor de ser el primer barco hundido a causa del accionar de un submarino: el CSS Hunley. Funcionó, si, pero una falla hizo que sus 8 tripulantes murieran ahogados. Horace Hunley entre ellos.

      Si el agua provocó la fascinación que le costó la vida a Horace Hunley no menos fascinante para los hombres ha sido el dominio del aire. Desde mitos griegos hasta el famosísimo  Leonardo da Vinci todos soñaron con dominar los aires. En este caso hablaremos de 2 de ellos que terminaron particularmente mal. 

   
     El primero de ellos es Otto Lilienthal. Un ingeniero industrial alemán que tenía un trabajo y una pasión. Su trabajo era diseñar motores. Su pasión: despegarse del suelo y volar. En 1886 diseñó y patentó un pequeño motor adosado a calderas tubulares que funcionó de maravillas. Los ingresos provenientes de la explotación de su invento le dejaron las manos libres para desarrollar su real pasión. El diseño y construcción de aeronaves. Nótese que lo que puede llamarse vuelo de un aparato más pesado que el aire ocurrió recién en 1903 con la experiencia de los hermanos Wright, así que Lilienthal era realmente un pionero. En compañía de su hermano Gustav realizó más de 2000 intentos de volar con sus diseños de planeador con éxito relativo. El 9 de agosto de 1896 había logrado que su planeador alcanzara los 17 metros de altura (algo así como la altura de un edificio de 6 pisos). Desde allí bajó, gravedad mediante, hasta el suelo de Berlin quebrándose la columna vertebral y muriendo al día siguiente.

     
      El segundo de los apasionados por el aire fue un sastre. No, no me he salteado la sílaba "de" equivocándome al escribir "desastre" (como realmente terminó). El tipo era sastre de los que confeccionan ropas y se llamaba Franz Reichelt. Su berretín era construir un paracaidas que lograra frenar el descenso de una persona desde cierta altura y depositarlo sano y salvo en tierra. Probó primero con un muñeco que, previsiblemente se estrelló contra el suelo sin atenuantes. Terco el hombre, consiguió permiso para saltar desde la cima de la Torre Eiffel y lo hizo el 4 de febrero de 1912 con el mismo resultado. Se hizo pomada contra el suelo. Convencido de su éxito, Franz había contratado a dos camarógrafos para que registraran el momento. Si son lo suficientemente morbosos aquí tienen el video de la caida libre:

http://www.youtube.com/watch?v=FBN3xfGrx_U

     
      El último, por hoy, de los mártires es el de la muerte más ridícula. El ingeniero norteamericano Thomas Midgley es el responsable de haber descubierto que ciertos compuestos de plomo adicionados a las naftas impedían que dentro del cilindro ésta explotara por compresión. Descubrió también el uso de los compuestos Cloro Fluoro Carbonados como propelente en aerosoles y refrigerante en equipos de aire y heladeras. Es decir, por culpa de sus descubrimientos nos intoxicamos con plomo e iniciamos el agujero de ozono. De él se dice que es la persona individual que mas daño le ha causado al planeta. De todos modos no hizo falta que ninguna organización radical ecologista hiciera justicia por mano propia. A sus 51 años el ingeniero Midgley contrajo la poliomielitis y si bien sobrevivió, la enfermedad le dejó secuelas motrices. Diseñó entonces una cama con un complejo sistema de cuerdas y poleas a fin de poderse incorporar, acostarse y sentarse sin ayuda. Utilizándola, se enredó con una de las cuerdas, cayó y murió estrangulado.

      En este mundo de hoy queda poco lugar para los Sargentos Cabral que mueren por un ideal. O para Romeos que mueran por amor. Pero siempre habrá lugar para quienes lleven sus ideas o invenciones demasiado lejos. Bombilla Tapada tendrá siempre un lugar en su corazón para aquellos que se envenenen con sus propios preparados, se corten con su propio cuchillo o se ahorquen con sus propias sogas.

Que sueñen con los angelitos.