domingo, 1 de febrero de 2015

Y rasguña las piedras. Fósiles falsos y fascinantes fraudes

      Una rápida inspección a la zona de sombras que se encuentra debajo de nuestras camas deja en claro que si una característica distintiva tiene el polvo es la de juntarse. Por mucho que nos empeñemos la tierra, pelusa y demás mugres comienzan a acumularse segundos después de haber decretado el lugar como libre de polvo. Y eso que nuestras modernas viviendas cuentan con ventanas, cortinas y demás dispositivos que dificultan la entrada de materiales indeseables. Al aire libre la cosa empeora y mucho, todo queda oculto debajo de la tierra y el polvo en unas semanas librado a su suerte. 

      Si en lugar de dejar pasar unas semanas uno tiene la paciencia suficiente como para demorarse un par de siglos o milenios la cosa toma unas diferencias dramáticas y ya no hay escoba que subsane el inconveniente; habrá que empezar a recuperar el tiempo perdido con una pala. Claro que los objetos a encontrar también tienen otras características. Muy distinto es hallar un ánfora etrusca que la media azul faltante desde hace dos semanas. De acuerdo con la profundidad del pozo, las características del terreno y una buena dosis de suerte lo hallado será botín para los arqueólogos o paleontólogos. Claro que los fundamentos de ambas ciencias fueron solidificándose de a poco y al principio los hallazgos eran difíciles de catalogar y ubicar con precisión en el tiempo. La cosa empeoraba y mucho con el encuentro de huesos y fósiles. Nadie tenía bien claro, en el siglo XVI y XVII, de que demonios habían encontrado cuando se enfrentaban a un hueso fosilizado. Es más, se cree que el mito de los dragones, esencialmente de aspecto similar a un dinosaurio, proviene de una interpretación caprichosa de unos huesos fósiles dejados a la vista por cuestiones atmosféricas naturales. Los dinosaurios, para esas épocas no estaban en las carpetas de nadie. El hallazgo de sus esqueletos era absolutamente desconcertante. Aún no había germinado la idea de la evolución y para los "biólogos" de la época las especies habían llegado a la Tierra tal y como la conocemos. Por otra parte la casi totalidad de la población estaba convencida no solo de eso sino de que había sido Dios quien había colocado la fauna ahí donde la encontramos. 

      Vamos a conocer hoy a Johann Beringer hombre convencido de esto último para lo que vamos a tener que viajar a Alemania, lo que no sería nada dificultoso. Lo que nos va a costar un poco es llegarnos hasta el inicio del siglo XVIII, pero con Bombilla Tapada como guía hay garantías de que podamos volver sanos y salvos. Ahí hay un cajón con las palas y los picos de arqueología. Tomen uno por persona y sígan por el sendero. 






      La Universidad de Wurzburg fue fundada en 1402 y para el 1700 era de las más prestigiosas de toda Alemania. En su facultad de medicina dictaba cátedra su decano el Dr. Johann Bartholomeus Adam Beringer. La historia no lo registra de manera oficial pero al parecer el Dr Beringer era un sujeto muy arrogante que despreciaba las ideas ajenas con cierto desprecio. Recién durante el siglo siguiente se estableció una teoría comprobable y sistemática sobre el origen de los fósiles, con un libro llamado Principios de Geología del británico Charles Lyell, pero para la época de Beringer cada quien tenía sus propias ideas al respecto. Y las del Dr Johann eran particularmente curiosas vistas desde nuestra época.

      Según nuestro protagonista de hoy los fósiles no eran el registro de organismos atrapados en la roca caliza ni nada por el estilo sino "bromas divinas". Caprichos de Dios puestos ahí por Él mismo para poner a prueba la fe del hombre. Cerca de Wuzburg se encuentra el Monte Eibelstadt. Allí, en la abundante roca caliza de la zona, Beringer encontraba rocas con improntas de lagartijas, caracoles y arañas perfectamente identificables, pero además organismos que el Dr Beringer no conocía como trilobites y otros artrópodos extinguidos. Para un ferviente (y poco crítico de sus propias ideas) creyente esto tenía la explicación dada al principio del párrafo. No podía ser que esos bichos hoy no existieran. Dios había puesto a todos los seres vivos a la vez en la Tierra y no había razón para que alguna especie existente en un momento desapareciera en otro. Se trataba entonces de caprichosos diseños hechos por la mano misma del creador para divertimento propio. 

     Por alguna razón que los biógrafos no apuntan, el Dr Johann Beringer se ganó la enemistad de dos profesores de la universidad. El ex sacerdote jesuita Ignatz Roderick y el profesor de matemáticas Johann Von Eckhart. Estos, viendo el entusiasmo que ponía Beringer en una teoría que también a ellos en esa época les parecía descabellada decidieron hacerle una broma. Tomaron lajas de piedra caliza y tallaron el dibujo de supuestos fósiles en ellas. Luego, sabiendo por donde solía buscar sus piezas, Roderick y Von Eckhart sembraron de falsos fósiles la zona a fin de que Beringer los encontrara. 

     Y funcionó, y a la perfección, Beringer no solo no sospechó el engaño sino que se entusiasmó con los resultados de sus pesquisas. Ignatz y Johann, los falsificadores bromistas llevaron la cosa más allá. Colocaron piedras con grabados de soles, lunas y estrellas. Esto, lejos de hacer dudar a Beringer lo envalentonó aún mas. Convencido de que los grabados en las piedras eran objetos divinos la presencia de estos nuevos dibujos no podían ser otra cosa que una confirmación de sus descabelladas teorías. O bien porque se les había pasado el encono inicial o bien porque les estaba comenzando a dar algo de lástima, pretendieron hacer algo tan ridículo que Beringer no dudara de que se encontraba frente a un fraude o una broma. Escribieron Jehova en una de las piedras y otra vez la sembraron en la calera. 

      Esta jugada, que pensaban sería determinante, no hizo más que fortalecer el enceguecimiento de Beringer al punto de llevarlo a escribir Lithographiae Wirceburguencis en 1726 un libro donde el Dr Beringer se explayaba a sus anchas sobre sus "descubrimientos". La broma de Roderick y Eckhart había llegado a un punto de no retorno. Decidieron hacer algo desesperado a fin de que Beringer notara su error aunque fuera demasiado tarde. Días después el doctor encontraba una laja que tenía la siguiente inscripción: Johann Beringer


      El Dr Johann Beringer quedó desconcertado. ¿Dios mismo había tallado una laja con su nombre? El desconcierto y la duda se apoderaron de él. Roderick y Eckhart se le acercaron y, sin confesar, trataron de convencerlo de que estaba siendo estafado. Beringer no les creyó pensando que, como estaban enojados con él intentaban desmerecer sus hallazgos. Así las cosas no les quedó otra solución que confesar todo. 

     De ahí en adelante el descrédito y la burla fueron las características de la vida del otrora respetado decano de la Universidad de Wuzburg. Ignatz Roderick y Johann Von Eckhart no la pasaron mejor. La comunidad universitaria los segregó de modo que tuvieron que dedicarse a cualquier otra cosa fuera del ámbito académico. 

     Se cuenta que Beringer gastó sus ahorros y lo que le quedaba de vida en intentar recuperar todas las copias de su libro que estaban distribuidas por las librerías alemanas para ese entonces. 

      El museo de la Universidad de Teylers en Haarlem, Holanda guarda algunos ejemplares de las piedras que sirvieron para el engaño. Beringer murió en 1740 y los libros lo recuerdan como la victima de uno de los fraudes científicos más escandalosos de la historia.







Que anden bien!