lunes, 22 de octubre de 2012

Más que un post; un re-post


El magnífico bailarín argentino Virulazo, admirado por el mismísimo Mikhail Baryshnikov, pasó varios meses consecutivos de su vida viviendo en New York, como consecuencia del éxito del musical Tango Argentino en Broadway. Hombre de poco conocimiento académico pero brillante tanguero, oriundo de Mataderos, desconocía pertinazmente el idioma ingles. A su regreso a Buenos Aires, contaba como anécdota que muchas veces, al terminar la función, debía agenciarse algún alimento encontrándose sin la compañía de ningún miembro del elenco de la obra; tarea dificil para quien desconociera el idioma. En esas ocasiones don Jorge Martín Orcaizaguirre (tal el nombre real del bailarín) se sentaba a la mesa de algún restaurant noctámbulo y emitía la palabra "chicken" sintiéndose tranquilo de que a vuelta de mozo le iban a alanzar un conocido plato de pollo. De ese modo se pasó varios meses comiendo pollo pero por lo menos pudo arreglárselas para no pasar hambre.

De la misma manera que Virulazo, los niños pequeños aprenden a hablar utilizando vocablos que le permitan, en principio, satisfacer sus necesidades más básicas. "Pan" o "papa" para saciar el hambre; "agua" para combatir la sed; "upa" ante la necesidad de cariño; "mamá" en busca de contención y una variada gama de llantos para todo lo demás.

Pero a poco de crecer, nuestro sujeto de estudio nota que con esos pocos recursos no va a llegar muy lejos. Y el verdadero inconveniente que tiene es que su cerebro se va haciendo cada vez más complejo. Y un cerebro complejo genera pensamientos complejos. Y los pensamientos complejos requieren de un lenguaje generoso en reucursos. Y en definitiva de eso trata esta nota. De la angustiante austeridad de palabras que se utilizan para comunicarse entre nosotros. De la económica lista de recursos idiomáticos que se emplean en nuestras charlas habituales. Podría creerse que mi tristeza y asombro por lo escaso del lenguaje utilizado comunmente puede deberse a mi inminente paso al club de los "Viejos Cascarabias" (cosa que no niego) pero mi razonamiento, en esta ocasión va un poco más allá de la mera tirada de bronca por lo "mal que se habla".

El punto es el que sigue. Si nos encontramos en situación de turistas en un pais cuyo idioma nos es desconocido, se supone que con unas 100 palabras podemos zafar un fin de semana sin mayores sobresaltos cubriendo nuestras necesidades básicas. Para mantener una conversacion más o menos digna ya es necesario contar con una colecciòn de unas 1.500 a 2.000 palabras. Ahora, manejar un idioma rico, riquísimo, como el castellano implica contar con un léxico de unas 20.000 palabras activas y, según se estima, unas 40.000 pasivas (es decir, palabras que no utilizamos usualmente, del estilo "desoxiribonucléico" o "descontracturante"  pero que están ahí para cuando haga falta).

Resultaría divertido, si no fuera patético, el extraño proceso de desaparición forzada al que están siendo sometidos los adjetivos. Pongamos como ejemplo una lata de tomates común y corriente. ¿Como podríamos describir su contenido adjetivando solamente?. Bien, desde pésimo (para declararlo el último de la lista, la peor lata de tomates que podríamos imaginar)  hasta el mejor, soberbio, excelente u óptimo y hasta un sutil bonísimo, pasando por pasable, regular, bueno y demás. La función de estas palabras es comunicar alguna cualidad del sustantivo en cuestión de modo que nuestra apreciación llegue al oyente del modo más preciso posible.

Pues resulta que lo que uno oye con más frecuencia es que sólo se cuenta con los adjetivos bueno o malo, y se le agrega un grado más con el incalificable modificador "re". Con lo cual se multiplica por dos la gama de adjetivaciones posibles haciendo aparecer dos nuevos e inexistentes calificativos como lo son rebueno y remalo ubicados convenientemente en ambos extremos de la escala. Este módulo también se aplica al resto de los adjetivos existentes como ser relindo y refeo, rerico, repetizo y un inquietante etcétera.

Cuando parecía que nada podría ya empeorar la carnicería con que se descuartiza a nuestro idioma, los abanderados del lenguaje bajas calorías le asestan su golpe mortal. La surrealista versatilidad del "re" se aplica también a los sustantivos, así como así. Y entonces, un nuevo par de zapatillas dejaron de ser lindas zapatillas, zapatillas modernas, zapatillas caras o zapatillas buenas, se han convertido en un ente idiomático abstracto conocido como las re-zapatillas.

Puede uno creer que el hecho de hablar bien y con un lenguaje florido es sólo decorativo y que la exigencia para con los demás de usar una amplia gama de términos es una demanda excéntrica. Pero lamentablemente no es así. Y vuelvo a la idea esbozada en el tercer párrafo de esta nota. Para elaborar pensamientos complejos y expresarlos correctamente hace falta un lenguaje complejo. Quien dice que con un léxico limitado alcanza para comunicarse sin necesidad de demás agregados sólo conseguirá manifestar pensamientos pedestres. La ecuación es casi matemática: lenguaje básico - pensamientos básicos / lenguaje complejo - pensamientos complejos.

Volviendo a la infancia. Los que tuvimos un Rasti o un Mis Ladrillos conocimos esta limitación. Con ladrillos rectangulares estamos atrapados en un universo rectangular. Contar con piezas variadas permite construir creaciones variadas. Cuanta más variedad de ladrillos distintos tengamos (curvos, transparentes, cortos, largos) mayor será la variedad de construcciones que podamos generar. Cuanto más rico sea nuestro lenguaje más amplia será la gama de pensamientos que podamos expresar y con mayor exactitud.

Se los digo yo, que les leí este artículo a unos amigos y les re-cabió.