jueves, 26 de septiembre de 2013

Guía turística para estas vacaciones: ¿Qué ofrecen las diversas religiones en ocasion de irse al Infierno?

El promedio de vida de un cavernícola del paleolítico era de unos 30 años. Las cosas no habían cambiado mucho durante la Grecia y Roma clásicas. Para el caso habían empeorado bajando la expectativa de vida a unos 28 años. A principios del siglo XIX las cosas comienzan a mejorar ligeramente. Se podía esperar llegar a los 40 años con alguna  razonablildad. Hay que esperar a los inicios del siglo XX para sumar una década al promedio y llegar con alguna comodidad a los 50. Recién a partir de mediados del siglo pasado y hasta llegar a la actualidad, con el desarrollo de los antibióticos y las cirugías se suman casi 2 décadas y media y de no mediar nada raro se pueden tener esperanzas fundadas en alcanzar los ¾ de siglo.


            No caben dudas de que, como las cosas sigan avanzando así la longevidad en las próximas décadas seguirá creciendo, pero desafortunadamente por mucho que nos pongamos beligerantes, en algún momento más tarde o más temprano habrá que devolver el equipo. Nada hay más democrático que la muerte, todos tenemos una asignada. Ahora bien, si una de las preocupaciones mayores de la humanidad ha sido y es prolongar lo más posible la vida, no es menos preocupante para el hombre saber que cuernos pasa con uno después de dar el paso al mas allá. Por supuesto que la respuesta no queda en este caso en manos de la ciencia sino que depende de la religión, las cosmogonías y mitologías que hayamos elegido para solventar nuestras inquietudes místicas.

           
El mío está lejos de ser un espíritu virtuoso y los de mis amigos menos. Por lo general la presencia de unos cuantos pecados hace a la gente más atractiva. Por lo tanto ni yo ni mis conocidos directos hemos de tener la puerta abierta al paraíso. Vale, entonces la pena en esta oportunidad y de la mano de Bombilla Tapada hacer un recorrido por los espantosos lugares que las diferentes religiones y mitologías tienen reservadas para los pecadores como nosotros. Pónganse el casco de minero y las botas, agarren un rollo de soga que bajamos a los infiernos.

            

Para los cristianos hay mucho fuego reservado. Regenteado por Satanás el infierno de los católicos es un lugar de sufrimiento eterno. La Biblia no es muy profusa en detalles pero hay mucha literatura al respecto, principalmente la Divina Comedia que es como una Guía Michelín del averno. Aparentemente el infierno cristiano tiene hasta capital que se llama Pandemonium. Mucho azufre y nueve círculos concéntricos donde se acomodan los pecadores de acuerdo con la gravedad de sus faltas. En el centro mismo de los círculos, el fuego eterno. El pecado que te garantiza el ring side es la traición. Los traidores son los que arden más cerca del mismísimo Belcebú acompañando al más famoso de los desleales: Judas. Tranquilos, eventualmente los lujuriosos y los que comenten pecado de gula tienen lugar en el 2º y 3º círculo respectivamente, bastante lejos de las estufas infernales (personalmente no deja de ser una tranquilidad).

           
Las menciones del infierno en el Antiguo Testamento, libro en el que se basa la religión judaica, son escasas. Los pecadores pasaban una temporada en su sitio llamado Gehena y después todos, justos y pecadores, terminaban en el Sheol. El infierno, o mejor dicho el lugar de castigo para los injustos, quedaba bien cerca de Jerusalén en el valle de Hinom. Saliendo de las murallas de la ciudad por la puerta del sur se encontraba este valle. En algún momento, alrededor del año 600 antes de Cristo ese lugar comenzó a utilizarse para incinerar la basura de la ciudad. También podían encontrarse cuerpos de animales y hasta cadáveres de ajusticiados. Ciertamente debería de ser una imagen espantosa estar ahí.

           
El Budismo tiene unas opciones más pintorescas para elegir. En principio sus infiernos tienen diversas temperaturas que van de lo frío a lo caliente. El infierno budista se llama naraka. La presencia de un alma en él no tiene que ver con los pecados sino con el karma. Ocho de los narakas son helados y otros tantos ardientes. En los narakas helados los cuerpos van desnudos y sufren grandísimos padecimientos a causa del frío. Desde el castañeteo permanente de los dientes del desdichado hasta la exposición de los órganos internos por la quebradura de la piel congelada. El tiempo que dura la estancia de un tipo ahí dentro debe compararse con el tiempo necesario para vaciar un barril lleno de semillas de sésamo sacando una de ellas cada 100 años. Los narakas ardientes, como dijimos, también son ocho. Su piso es de chapa y por debajo hay fuego, con lo cual invariablemente el budista condenado se quema las patas todo el tiempo. En cada uno de ellos los tormentos son crecientes. Los penitentes sufren enormemente las quemaduras, aplastamientos, lanzazos y demás torturas hasta que mueren, reviviendo al instante para comenzar todo nuevamente.

           
Los egipcios también tenían su zona oscura llamada Duat. El establecimiento estaba regenteado por Osiris y quedaba en el cielo de abajo. Es decir en la parte del cielo que los egipcios (correctamente) sospechaban que el sol recorría durante la noche. Que el sol fuera un dios, que viajara en una barca, que la serpiente Apep intentara impedir todas las noches que llegue al amanecer del otro lado y demás incidentes poco astronómicos son apenas detalles. Cuando un ñato moría, luego de un par de vueltas en la barca de Ra pasando por puertas, montañas, cavernas, monstruos y demás bestias hostiles se llegaba en la presencia de Anubis (a los que los maledicientes llamaban “cabeza de perro”). Allí se colocaba el corazón del finado en el platillo de una balanza y una pluma en el otro. Si la balanza estaba equilibrada el tipo se iba al, digamos, paraíso. Convivía con los dioses y hasta adquiría algunas características divinas. Para el caso en que la balanza presentara desequilibrio, debajo de ella descansaba Ammyt. Este bicho era una extrañísima combinación de cabeza de cocodrilo, cuartos delanteros de león y cuartos traseros de hipopótamo. El bicho procedía a morfarse ipso facto al impío y ahí se acababa el cuento.

           
Cuando muere uno dentro de la fe musulmana deberá someterse al control de lo suscripto por dos ángeles escribanos. Uno anota las malas acciones y el otro las buenas de cada uno. Llegados a este punto, el finado debe intentar pasar por un punte llamado Sirat. Este es delgado como un pelo, los injustos caen en el intento y, desde el vamos, los espera el fuego. De acuerdo con Las mil y una Noches, allí donde caen los que no se hubieron arrepentido de sus pecados antes de morir, existe un edificio de siete pisos, cada uno de ellos con una altura que requiere de mil años escalar. Las montañas son de fuego al igual que los lagos. Dentro de ese infierno hay ciudades de fuego compuestas por castillos de fuego. Dentro de los castillos hay casas (adivinen) de fuego y dentro de ellas camas de fuego. Sobre estas se torturan las almas de los injustos.

           
Cuando se moría un griego de la antigüedad, sus deudos debían colocarle en la boca una moneda. Es que el Tártaro estaba separado del reino de los vivos por el río Aqueronte y un tal Caronte era el piloto de la barca que cruzaba el río cobrando con esa moneda el ticket de embarque. El infierno de los griegos tenía una interesante hidrografía que constaba e 5 ríos y dos lagos. Al llegar al patio del palacio de Hades, regente del Tártaro, el finado era esperado por Minos, Radamantis y Éaco. No se trataba de la delantera del Olimpiakos sino de los tres jueces del infierno. Si estos determinaban que el occiso era impío, el único camino posible era el del infierno. Una vez dentro era imposible salir. Mitad por el celo que Hades y sus colaboradores ponen en el cuidado de las almas condenadas, mitad por dos gigantescas puertas de bronce que cierran la entrada. En contra de los criterios decorativos generales que amueblan los diversos infiernos mitológicos, el Tártaro no tiene fuego. Es oscuro y húmedo y es tan profundo que no parece tener piso, siempre se puede seguir bajando. Todo el tiempo hay tempestades que lo convierten en un lugar deleznable. Los castigos eran función de la falta cometida y eran bastante ingeniosos. Sísifo se había mandado unas cuantas en vida, pero la última fue demasiado: cuando Tánatos lo fue a buscar para conducirlo al reino de los muertos, Sísifo lo engañó y lo encadenó provocando que nadie muriera en Grecia hasta que fue liberado. Su castigo en el Tártaro era empujar una roca por la ladera de una montaña para que, al llegar a la cima, invariablemente cayera y Sísifo tuviera que comenzar todos los días de nuevo. Cosa similar le pasó a un tal Tántalo aunque fue algo más osado que Sísifo. Mató, descuartizó, robó y demás. Al tipo lo condenaron a estar parado con el agua a la pera y una rama con frutos colgando sobre su cabeza. Muerto de sed, cuando se agachaba a beber el nivel del agua bajaba. Cuando se estiraba a comer, la rama subía de modo que nunca podía saciar ni su hambre ni su sed.

           
Terminamos en el Diyú, que no es un boliche de Bariloche sino el infierno chino. Allí manda Yama que es el rey del infierno. Las prestaciones incluyen laberintos y mazmorras para mejor tormento de los impíos. Al llegar el muerto lo recibe un tribunal de 10 jueces. Cada uno de ellos se encarga de un aspecto del currículo vitae del finado. Uno se encarga de los posibles robos, otro del adulterio y así. Con el veredicto en mano, el condenado es destinado a uno de los 18 niveles del Diyú donde es convenientemente torturado siendo cortado a la mitad u obligado a navegar en líquidos inmundos. Lo bueno es que el castigo, alguna vez, termina. Concluido el período de penitencia los ex convictos pasan a manos de Meng Pol. Se trata de una vieja dama que prepara con hierbas un té que se llama “de los cinco sabores del olvido”. Condición para salir del Diyú es beber una taza, obligación a la que nadie se niega con tal de egresar el infierno donde fueron torturados. Limpio de ayeres el espíritu está listo para ser envasado en el cuerpo de un bebé sin recordar nada de su vida pasada.

            Hay quienes transitan una vida recta y virtuosa con el propósito de pasar la eternidad en el Paraíso. No dejan de ser unos miserables que se dejan sobornar por una recompensa, grande es verdad, pero soborno al fin. Prefiero obrar bien porque es correcto que a cambio de una promesa de vida eterna.

           
De todos modos nunca cruzo una avenida ni me voy a dormir sin colocarme una moneda debajo de la lengua, no sea cosa que, además de ir al infierno, le tenga que firmar un pagaré a Caronte

¡Que haiga suerte!