viernes, 4 de octubre de 2013

De Austria a Monte Grande: Un chiflado en la Comisión de Energía Atómica

            Esta vez la historia tiene varios protagonistas. Uno excluyente y por ahí aparezco yo, como actor de reparto. Comienza en Austria y termina en Monte Grande. Acompáñenme por acá.

            A principios del siglo XX los físicos empezaron a experimentar con los núcleos de los átomos. Su mayor divertimento consistía en bombardear con neutrones (recientemente descubiertos) núcleos de átomos pesados a ver que pasaba. Enrico Fermi, un físico italiano mudado a los Estados Unidos, pasó bastante tiempo entretenido con eso, fastidiando a más de 60 elementos distintos y tomando nota de que era lo que ocurría. Las cosas se pusieron realmente interesantes cuando su objeto de estudio comenzó a ser el Uranio.

           
El Uranio es un elemento cuyo núcleo tiene 92 protones (si no te acordás que son, no importa, no es crucial para seguir con la historia) y más de 140 neutrones (la misma advertencia que en el caso de los protones). La cosa es que con semejante cantidad de partículas, una pequeña perturbación entre ellas, arma un lindo despelote. Es como cuando hay una reunión familiar y alguien empieza a hablar de política o religión. Si son 4, las cosas pueden arreglarse, ahora si son más de 20 el bolonqui está asegurado. Y eso es lo que pasa cuando se disparan neutrones sobre átomos de uranio. El núcleo no lo tolera y se rompe. Por cada átomo de Uranio se producen 2 átomos de Bario. Hasta acá nada demasiado destacable. Lo divertido, útil o catastrófico del asunto, según para que se use, es que de esa rotura (fisión nuclear) “sobra” energía. Y mucha. Muchísima.

            Con los procedimientos adecuados, puede aprovecharse esa energía para producir corriente eléctrica relativamente barata y relativamente limpia. Con otros procedimientos esa liberación de energía puede descontrolarse de manera deliberada y provocar una explosión de características gigantescas.

            Además de los problemas de seguridad (el manejo del Uranio y sus residuos es muy delicado. Recuerden Chernobyl y Fukushima) existe otra dificultad que es que el Uranio es escaso y necesita tediosos y carísimos procedimientos para purificarlo lo suficiente como para que sea útil.

         
      Por lo tanto, un camino posible para obtener la misma energía pero mucho más barato sería lograr el camino inverso. Construir átomos más pesados partiendo desde átomos más livianos. El físico Alemán Hans Bethe descubrió que esto ocurre en las estrellas. Allí los núcleos de Hidrógeno se fusionan para dar núcleos de Helio liberando gran cantidad de energía a cambio. Un pequeño inconveniente es que las temperaturas y presiones necesarias para que esto ocurra son difícilmente alcanzables aquí en la Tierra.

           


      La cuestión es que a mediados de la década del 40 los norteamericanos, alemanes, ingleses y rusos pusieron los recursos que no tenían para desarrollar lo que hoy conocemos como Energía Nuclear, llegando primero los norteamericanos con los resultados que los japoneses pudieron corroborar, lamentablemente. Terminada la Segunda Guerra Mundial los norteamericanos, ingleses y rusos siguieron trabajando en el tema. Alemania, destruida, no tenía ni recursos ni permisos para hacerlo. Sin embargo sus científicos resultaban una fuente muy valiosa de conocimientos y no solo en ese campo. Con el armisticio se desató una carrera para tentar a ingenieros, físicos y químicos alemanes a desarrollar sus actividades en alguno de los países ganadores de la contienda. Un ingeniero aeronáutico alemán llamado Kurt Tank, Director del departamento de Diseño de la Focke-Wulf, recaló en estas tierras durante el primer gobierno de Perón. La aventura salió bien, Tank traía consigo los planos de un desarrollo alemán para un avión a reacción que, una vez construido se convirtió en el Pulqui, primer aeronave de guerra construida en el país. Otros ingenieros migrados a Rusia, con el mismo diseño, desarrollaron un avión similar que se llamó Mig.


            
      Como en los paquetes de galletitas surtidas, las que primero se van son las rellenas y los cascotes quedan para lo último. Medraba por ahí un físico llamado Ronald Richter que había tenido cierto conocimiento con Kurt Tank por tener ambos amigos comunes. Decir la nacionalidad de Richter es medio complicado. Cuando nació, la localidad de Faklenau an der Eger pertenecía al imperio Austrohúngaro. Luego cayó bajo el dominio Alemán y hoy en día forma parte de la República Checa. La cuestión es que, enterado de que Tank trabajaba aquí, Richter le escribió una carta pidiéndole que intercediera ante el gobierno argentino para ver si tenía la oportunidad de llevar adelante investigaciones en energía nuclear aquí. Perón no lo pensó dos veces, si era científico, alemán y amigo de Kurt Tank tenía las puertas abiertas.

           
      Ronald Richter le propuso a Perón desarrollar el camino inverso al que estaban llevando adelante los norteamericanos y rusos, la fusión nuclear en lugar de la fisión. Este camino tenía múltiples inconvenientes pero si salía bien la materia prima era virtualmente inagotable y los costos de producción enormemente económicos, en contra de la imposibilidad técnica que existía (y existe actualmente) Richter decía tener un “secreto” que allanaría el camino.

            Primero se instaló con su laboratorio en un galpón cercano al de Tank en Córdoba. Luego denunció un supuesto sabotaje y pidió por un lugar más seguro. Entre otras opciones se le ofreció la Isla Huemul, cercana a Bariloche y aceptó.

           
Richter no permitía la presencia cercana de otros científicos o estudiosos alrededor de sus investigaciones por miedo a que le robaran su “secreto”. Por lo tanto, para llevar adelante sus experimentos contaba con la asistencia de un albañil. Tenía crédito abierto por parte del gobierno en la firma holandesa Phillips y a ellos les encargó espectrógrafos, ractancias gigantescas y transformadores, que luego conectaba y manejaba el albañil en cuestión. Hizo construir paredes de concreto que luego mandó a demoler. Mandó a cavar los cimientos de lo que sería hipotéticamente el reactor nuclear y luego ordenó tapar el pozo con cemento. Finalmente, ocurrió lo que el General Perón esperaba…

            El sábado 24 de marzo de 1951 Perón citó a los medios de comunicación a conferencia de prensa en la Casa de Gobierno y anunció lo siguiente: “El 16 de febrero de 1951 en la Planta Piloto de Energía Atómica de la Isla Huemul, de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control a escala técnica

            
       La prensa mundial se volvió loca. Los países vecinos alzaron la guardia. Los científicos del mundo miraron de costado con cierto escepticismo. Los diarios nacionales titulaban: ¡Tenemos la Atómica! Pero conforme pasaba el tiempo, Perón comenzó a exigir alguna prueba más tangible para exhibir, por ejemplo algún isótopo radiactivo, espectros de emisión de rayos o algo más para callar a la prensa extranjera que a esta altura comenzaba a mofarse del anuncio. Pero, nada. Excusas, promesas, pero resultados, lo que se dice resultados, nada.

           



        
 En septiembre de 1952 la paciencia del General Perón se agotó del todo. Echando mano de los pocos científicos en los que podía confiar, creó una comisión fiscalizadora integrada entre otros por el físico José Antonio Balseiro (¿Les suena? Si no les suena les comento que el actual Centro Atómico Bariloche, formador de Ingenieros y Físicos nucleares y reconocido por todo el mundo lleva por nombre Instituto Balseiro). Las conclusiones de la Comisión fueron lapidarias. En particular el informe del Doctor Balseiro. No existía ninguna posibilidad de que allí se hubiera producido reacción termonuclear alguna. Si lo quieren leer completo está acá: http://www2.ib.edu.ar/informes-huemul/informes-huemul-principal.html

            A todo esto, Richter ya era ciudadano argentino, ostentaba en su pecho la Medalla Peronista y llevaba gastados a la fecha del informe unos 300 millones de dólares de hoy, una bicoca si hubiera tenido éxito. De todos modos, este ominoso y vergonzoso fracaso impulsó la verdadera investigación en física nuclear y abrió la puerta para que la situación se revirtiera, utilizando los aparatos comprados y el crédito abierto en la Phillips para comenzar a desarrollar lo que es hoy la CNEA. Argentina cuenta hoy con 2 centrales nucleares funcionando, otra por terminarse y le ha vendido reactores fabricados aquí a Turquía y Australia, por ejemplo.

            La historia le pierde el rastro a Richter, puede suponerse que la mejor oferta que pudiera hacérsele en lugar de encarcelarlo o romperle la cabeza a patadas, era olvidarlo y en efecto eso pasó. Nunca más se habló de él.

           Ahora entro yo en la historia. Allá por el año 1990, cursando en  la Facultad de Ciencias Exactas, tuve la oportunidad de realizar un curso en la Comisión Nacional de Energía Atómica. Estuve en el Centro Atómico Constituyentes, en Ezeiza, en la Central de Atucha I y en el mismo edificio de la CNEA en la Avenida del Libertador compartiendo muchas horas con varios ingenieros y físicos nucleares. Allí me enteré de esta apasionante historia y junto con un amigo de esa época (Carlos Calviño) se nos dio por investigar un poco más. Supimos entonces que existía un libro llamado “El Secreto Atómico de Huemul” escrito por el ingeniero Mario Mariscotti, quien había trabajado algunos años en la CNEA y que para ese entonces se dedicaba a la actividad privada. Averiguamos donde tenía su empresa y allí fuimos. Charlamos con él un par de horas y nos animamos a preguntarle si sabía algo del presente de Ronald Richter. Nos dijo que si, pero que le había costado muchísimo encontrarlo para conseguir su testimonio para el libro y no iba a revelar su paradero actual así como así. Sólo accedió a comentarnos que Richter aún vivía y que tenía una casita en Monte Grande.


            A bordo de una Estanciera bastante desvencijada partimos un mediodía de calor sofocante rumbo a Monte Grande sin más datos que estos. Tomamos hacia la zona de quintas en lugar de hacerlo hacia el área más céntrica sin saber bien porqué. Doblamos por una calle cualquiera sin tener tampoco un buen motivo. En un jardín, un señor en pantalón de baño y ojotas regaba el pasto. A falta de nada mejor le preguntamos:

-         Señor. ¿No conoce por acá a un alemán llamado Richter?
-   ¿Richter? – nos pregunto a modo de confirmación mientras extendía el brazo con el dedo índice extendido – Ahí en frente…


Batimos palmas en una casa con un gran jardín al frente y desde el fondo surgió un anciano de escasos cabellos blancos e inconfundible acento teutón. Al oír, entre nuestras explicaciones de tan extraña visita la palabra Huemul, se vino hacia la reja de la casa todo lo rápido que le permitían sus 81 años.

Hablando algo en castellano y algo en inglés nos contó muchísimas historias sobre supuestos espionajes, sabotajes y aventuras durante el desarrollo del proyecto Huemul. Le nombré al Doctor Balseiro y su informe y me respondió que el informe era correcto, pero que no habían tomado en cuenta que él aún conservaba su “secreto”




Ronald Richter se llevó su “secreto” si es que realmente lo tuvo (y de seguro no lo tenía) literalmente a la tumba el 29 de diciembre de 1991. A mi modesto entender, o bien era un tipo con conocimientos académicos deficientes al que la tarea encomendada le quedó grande y no pudo o no supo como dar marcha atrás sea por orgullo o por vergüenza, o bien era un chiflado sin remedio.

No estaría mal tener como norma, desconfiar de los científicos alemanes nacidos en Faklenau an der Eger y que vengan a ofrecer sus servicios a cambio de que los saquen de Alemania.

Que anden bien, vayan por la sombra.