domingo, 27 de julio de 2014

El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, de Jorge Bucay

     La corneja es un pajarraco de la familia del cuervo, como él, de plumas negras y poco vistosas. Cuentan que el dios Zeus cierta vez, supongo que de puro aburrido, pretendió elegir a la más bella de las aves que existían. Claramente la corneja tenía todas las de perder, por lo tanto se dedicó a buscar por el bosque las plumas más vistosas que hubieran perdido sus congéneres pájaros. Se vistió entonces con las plumas ajenas de modo que no se vieran sus anodinas plumas negras. Don Zeus quedó maravillado de la multiplicidad de colores, brillos y formas de las plumas de la corneja y a punto estaba de proclamarla la más bella de las aves cuando las demás se percataron de la estafa y le arrancaron el plumaje apócrifo. La corneja finalmente fue descalificada del concurso quedando tan falta de gracia como siempre. La historia mitológica no consigna quien fue la ganadora del certamen pero en cambio acuñó mediante este engaño un símbolo para aquel que roba la propiedad ajena y la presenta como propia. A partir de esta historia la corneja se ha convertido en el símbolo del plagio, copiar obras ajenas y presentarlas como propias según la definición del diccionario, y es casualmente el tema que Bombilla Tapada va a tratar hoy.

      A veces es muy difícil acusar a alguien abiertamente de plagio. Es que las ideas, las historias y los argumentos suelen parecerse con suma frecuencia. Cualquier amor contrariado es en el fondo Romeo y Julieta. Todos las historias épicas que incluyan un viaje lejano se parecen al Señor de los Anillos y todos los detectives literarios tienen parecido con Sherlock Holmes. Ocurre que otras veces, bueno, el parecido es tan visible que es difícil sostener que una historia no ha sido inspirada por la otra y aún lisa y llanamente robada. Pasen por aquí, pero antes lean la primera estrofa de un bonito poema que acabo de componer:




Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable
un imposible espacio de reflejos (*)

      Traducir suele ser un trabajo tedioso y caro. No es sólo trasladar las palabras de un idioma a otro sino lograr que lo escrito originalmente guarde el sentido, la carga dramática o poética mientras es leído por alguien que no comparte el idioma del autor. Por lo general a los costos de derechos, impresión y demás, en el caso de obras en idioma extranjero, es necesario agregarle el costo de la traducción, que no es poco. Y más aún si la obra original ha sido escrita hace algunos siglos con la consecuente corrección y anotaciones acerca de formas idiomáticas y comportamientos o costumbres sociales desaparecidas. Sin embargo, a principios del siglo XX (1915 - 1916) la española editorial Prometeo decidió poner a la venta las obras completas de Shakespeare a precios populares. 36 libros de la obra dramática del escritor inglés al alcance de cualquier bolsillo. La traducción estuvo a cargo de un tal R. Martinez Lafuente y todo estuvo en su lugar hasta 2010, año en que Inmaculada Serón, una profesora de Traducción Especializada se decidió a realizar su tesis doctoral. Inmaculada descubrió que las traducciones de editorial Prometeo se parecían sospechosamente a las ediciones de la colección Nacente del siglo XIX. Es decir: omitían las mismas partes del original, utilizaban los mismos sinónimos, explicaban con las mismas palabras los mismos pasajes que necesitaban anotaciones. La profesora Serón no tenía dudas de que estaba frente a un plagio, pero de traducción. Se puso a buscar entonces antecedentes (o consecuentes) del tal R. Martinez Lafuente. Y no encontró nada. Ni antes de eso, ni después de eso, el desconocido traductor Martinez Lafuente parecía haber trabajado en ningún texto que se hubiera publicado.

      Una casualidad la llevó a toparse con unas cartas que Vicente Blasco Ibáñez se había intercambiado con Francisco Sempere, dueño de la editorial Prometeo y editor principal de don Vicente. Vicente Blasco Ibáñes es autor de, entre otras obras, Sangre y Arena o Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, ambas llevadas a la pantalla grande como guiones de exitosas películas. La mención en las cartas de las traducciones de Shakespeare y ciertos llamativo datos recopilados por Inmaculada la llevaron a la conclusión de que el plagiador no era otro que don Blasco Ibáñez en la piel de un falso traductor Martinez Lafuente que nunca existió.



      Ana Rosa Quintana es una presentadora de la televisión de España muy exitosa. Su especialidad son los programas de primera hora de la tarde donde se presentan testimonios de personas que la están pasando mucho peor que uno. Por allí desfilan engañados, desdichados, agredidos y abandonados. En el año 2000 sorprendió con sus dotes de escritora, publicando un libro de relatos por intermedio de la prestigiosa editorial Planeta llamado Sabor a Hiel. La presentadora del libro, el día que salió a la venta, fue la misma esposa del por entonces presidente de España José María Aznar. Rápidamente se convirtió en un éxito con 100.000 ejemplares vendidos. Las alarmas comenzaron a sonar cuando alguien con buena memoria, descubrió que párrafos completos eran copia textual de sus homólogos del libro Álbum de Familia de Danielle Steel. Ana pidió disculpas y atribuyó la copia a un error involuntario. Planeta retiró los libros de las librerías y efectuó una nueva tirada con las correcciones del caso. Poco tiempo después, la revista Interviú descubrió párrafos y/o páginas enteras del libro copiadas de Mujeres de ojos grandes de Ángeles Mastretta y del famosísimo El pájaro canta hasta morir. La editorial Planeta retiró definitivamente el libro de la venta y Ana Quintana no volvió a reincidir en sus intentos literarios.

      Desde 1960 hasta 1970 un cuarteto de señoritas de color, negro (plagio de mi parte a Les Luthiers) formaron un grupo llamado The Chiffons. En 1963 un tal Ronnie Mack compuso para ellas un tema llamado He´s so fine que llegó al número uno de los rankings norteamericanos. Fue el único éxito que registra su carrera. Del otro lado del Atlántico, el inglés George Harrison componía en 1970 My Sweet Lord. El tema no sólo llegó al numero uno del ranking inglés sino también al australiano, al suizo, al alemán y al norteamericano, entre otros.



      Los parecidos entre ambos temas son tan evidentes que la compañía Bright Tunes, dueña de los derechos de The Chiffons le inició una demanda a Harrison por plagio. El británico adujo que sufrió lo que algunas escuelas psicológicas llaman Criptomnesia, es decir un recuerdo oculto que de repente aflora sin que uno supiera que lo tenía. La justicia no opinó lo mismo. Ronnie Mack recibió las 2 terceras partes de los derechos de autor de My Sweet Lord/ He´s so fine. Aquí debajo está el link que los conduce a un pequeño video donde se comparan ambos temas, como para que no queden dudas.


      Para terminar, un plagio que me molesta mucho y que quizá ha sido el disparador de la idea de escribir el presente post. Me molesta porque soy un gran admirador de la obra de ambos plagiados (si, se trata de un robo múltiple) y me ofusca que alguien con escaso o nulo talento goce del reconocimiento público tomando prestadas sin permiso (plagiando) las ideas ajenas.

      Uno de los damnificados es padre de una obra que ha sido traducida a 26 idiomas. El otro fue dibujante, humorista y escritor 3 novelas y 15 libros de cuentos. Ambos cuentan con mi mayor respeto y estima.

      El plagiador es un mediocre dibujante, amparado tras un único personaje sospechosamente parecido a otro creado en 1978 por otro dibujante llamado Jim Davis.

     El plagiador se llama Cristian Dzwonik y se hace llamar Nik. Los plagiados son el maestro Quino y su Mafalda y el genio de Roberto Fontanarrosa y su personaje Inodoro Pereyra. Lo que yo pueda escribir no agrega mucho a las imágenes que están aquí debajo.

     Me voy yendo. He quedado bastante enojado como para seguir con el post. Sólo les dejo una de mis frases al respecto:

"Un escritor original no es aquel que no imita a nadie sino aquel a quien nadie puede imitar"(**)

Que anden bien

(*)Debo admitirlo. La estrofa no es mía sino de un tal Borges
(**) La frase tampoco es mía sino de Francois Chateaubriand