domingo, 7 de diciembre de 2014

Un Baile de Máscaras de Giuseppe Verdi. La censu.... no exis....

      Hay quienes gustan del cine de acción de Tarantino. Otros del humor intelectual y psicológico de Woody Allen. En otros casos la magia y fantasía de Spielberg o George Lucas. Quienes gustan del cine en general tienen sin dudas un director preferido o en todo caso tienen bien claro con que se van a encontrar de acuerdo al director que haya realizado la película a la que se van a enfrentar. Conocen que argumentos y temáticas son las preferidas de cada realizador y como suelen encararlos. Hay directores que prefieren los guiones originales y otros que toman como argumento historias ya escritas. En este último caso se debe realizar un arduo trabajo de adaptación dado que no es raro encontrar escenas que funcionan maravillosamente bien en el libro que son imposibles de llevar a la práctica en una película. Sea por que la idea literaria no se puede plasmar en imágenes, sea por costos, o porque es demasiado violenta o la razón que fuere, el director modifica el argumento original a fin de que su idea pueda llegar a buen puerto.

      Con las óperas pasa y pasó lo mismo. Wagner, Verdi, Puccini, Mozart fueron los Spielberg o Tarantinos durante los siglos pasados. Escribieron óperas cómicas, históricas, melodramáticas. A veces contrataron guionistas para sus guiones originales y otras tomaron historias ya existentes y adaptaron su longitud, personajes  y situaciones para hacerlas atractivas cantadas sobre el escenario. Hoy Bombilla Tapada trae el caso de una de ellas en las que las modificaciones al guión original se debieron a razones de censura política. Pasen y vean. No se permiten sacar fotos con flash ni ingresar a la sala con comestibles o bebidas.

Primero la historia verdadera:

Adolfo Federico
      A mediados del siglo XVIII dos partidos se disputaban el poder en la gélida Suecia. Aunque parezca raro uno de ellos se autodenominaba partido de los Sombreros (dado que sus miembros de identificaban con el sombrero tricorne de uso claramente militar). Y el otro era apodado por los "Sombreristas" como el partido de los Gorros (aunque sus propios miembros no le ponían nombre) en alusión a la flaccidez de los típicos gorros de dormir, esos cónicos con pompón. La cuestión es que entre ambos manejaban a todo el estado sueco, dejándole poco y nada para hacer al rey de ese momento Adolfo Federico de Suecia. 




Gustavo III
      Cuestión que el 12 de febrero de 1771 don Adolfo pasa a mejor vida y su lugar lo toma Gustavo III, su hijo. Gustavo no tenía ganas de ceder el poder real a la nobleza como lo había hecho su padre e intenta negociar con ambos partidos. A poco de andar se desayuna con que una reconciliación o coalición que lo ayude a gobernar era imposible. Por lo tanto metió presos a la mayoría de los integrantes del partido de los Gorros y a la totalidad de los consejeros del reino. El 21 de agosto de 1772 el parlamento votaba dócilmente una nueva Constitución Nacional que establecía poderes casi absolutos para el rey. 




      Como bien se sabe y pocas veces se recuerda: El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Conclusión: el gobierno de Gustavo se llenó de actos de corrupción y de denuncias de despilfarro económico. Para intentar revertir su mala imagen frente a sus súbditos intentó hacer la que hacen casi todos los gobernantes que están en esa situación: generó una situación bélica. Provocar la cohesión interna mediante la amenaza de un enemigo común, sea real o ficticio suele funcionar. Aprovechando que los rusos andaban a los sablazos contra los turcos, se le dio invadir Rusia dado que estos últimos no habían apoyado el viejo reclamo que Suecia tenía sobre territorios Daneses. Luego de batallas ganadas y perdidas, se firma la paz con Rusia en 1790. El rey era mucho más popular que antes ante su pueblo pero sus arcas públicas estaban debilitadas como nunca y los parlamentarios suecos lo sabían.

      Los acontecimientos revolucionarios en Francia, por esos días, le dan a Gustavo una nueva idea para ser aún más popular y lograr que Suecia tenga un papel central en la política europea. Encabezar una reconquista de los poderes reales en Francia. Habló al respecto con su reciente enemiga Catalina II de Rusia pero la idea no la sedujo demasiado. Hizo algún que otro intento con otras monarquías europeas pero tampoco tuvo éxito. Lo que el parlamento y los nobles suecos sabían claramente era que una nueva aventura bélica dejaría a Suecia directamente en bancarrota. Gustavo III se presentó ante ellos mostrando una actitud moderada y comprensiva cuanto menos de palabra. Algunos nobles muy radicalizados no lograron ser convencidos y comenzaron a tramar una conspiración que terminaría con Gustavo III fuera del gobierno...y de todo. Muerto, digamos.

      El 16 de marzo de 1792 se realizó un Baile de Máscaras en la Ópera de Estocolmo, una situación inmejorable para, amparados en los disfraces, atentar contra el rey manteniendo el anonimato. Y así ocurrió. Durante el baile, cinco figuras vestidas de negro rodearon al rey. Una de ellas, Jacob Anckarström , le disparó por la espalda y a quemarropa. El rey no murió en el acto sino que se tomó unos días previos de agonía. Diez y nueve días mas tarde entregaba la corona y el envase. Hasta acá la historia sueca que nos interesa.


Pasamos un rato por Italia (donde vive y trabaja la víctima de la futura censura) y vemos como está la cosa.

Giuseppe Garibaldi
      La Italia que hoy conocemos no era ni parecida a mediados de los 1800. Lombardía, Venecia, Parma, Módena, la Toscana, Los Estados Pontificios, Nápoles y Sicilia eran estados separados. Luego de una dificultosa serie de negociaciones que llevaron muchos años y mucha sangre, podría decirse que para 1870 las cosas, salvo algunas disidencias, estaba encaminada a que Italia tuviera la unidad territorial que todos conocemos hoy. Dentro de esa agitación política y militar, con Giuseppe Garibaldi (que supo pasearse por nuestras tierras e intervenir desde Montevideo en batallas nuestras) como héroe nacional  aparece nuestro protagonista de hoy.

Y ahora la historia de la ópera en cuestión:

Giuseppe Verdi
      Giuseppe Verdi era para ese entonces un tipo famoso como los directores de cine que nombramos al principio. Ya en 1842, en medio de la efervescencia nacionalista, había estrenado la ópera Nabucco, basada en Nabucodonosor, gobernante de Babilonia. Allí, durante el tercer acto, los judíos esclavos de Nabucodonosor cantan un himno que ha sido bautizado con las dos primeras palabras de su primer verso: Va, pensiero (Va, pensiero, sull`alli dorate/ Vuela, pensamiento, sobre alas doradas). Quienes buscaban la unidad nacional tomaron el tema como himno propio en referencia a la libertad y lo llenaron de una carga política que originalmente no tenía. Por otra parte en muchos rincones de Italia, a modo de graffiti aparecía escrito el apellido de don Giuseppe: VERDI como acrónimo secreto de Vittorio Emmanuele Re D`Italia utilizado por los partidarios del Resurgimiento, como se llamó a la unificación en memoria de los viejos tiempos del imperio romano. Por voluntad propia o por casualidad las óperas de Verdi eran interpretadas con segundas lecturas.

      La cosa es que a mediados de 1857 como dijimos antes, el Teatro San Carlos de Nápoles le encarga a Verdi una ópera para ser estrenada en los carnavales del año siguiente. La intención de Giuseppe era trabajar en un libreto de Antonio Somma sobre El Rey Lear de Shakespeare. El libreto, si bien le gustaba a Verdi, era larguísimo. No creía poder cumplir con los tiempos para componer la música antes de la fecha límite. Por lo tanto Verdi le preguntó a Somma si no tenía por ahí traspapelado algún otro libreto disponible pero más corto. Somma le dijo que sí y le alcanzó la carpeta con el argumento de Gustavo III, que trataba ni más ni menos que de la historia más arriba desarrollada. Agregaba algunos elementos de fantasía como un amigo que sabía de la conspiración para matar al rey y trata de alertarlo sin éxito, un amor prohibido del mismo Gustavo (enamorado de la mujer del amigo que lo advierte), una adivina que ve el futuro, pero esencialmente el libreto trata del asesinato de Gustavo III de Suecia. De hecho ese era el nombre inicial escogido para la obra.

      Verdi se puso a trabajar de inmediato en la música. Uno de los pasos previos para que la ópera pudiera estrenarse era el visto bueno de los censores de Nápoles, ya que ahí se iba a ejecutar. Pero, los censores no  se lo dieron. ¿Por que?

Stettin
     La primera objeción era que no se podía poner un rey en escena y mucho menos matarlo en el contexto político de la Italia de ese momento. Había que cambiar nombres, para que no se notara que se estaba hablando de un hecho real y obviamente situar la acción en otro lugar geográfico. Para empezar Gustavo III de Suecia se convirtió en el Duque de Pomerania, una región al norte de Alemania. Su asesino Jacob Anckarström pasó a ser el Conde Renato, perdiendo así su claro sabor nórdico. El lugar donde la acción se desarrollaba al fin, no era Estocolmo como en el libreto original sino la ciudad de Stettin en la actual Polonia. 

      Verdi, a regañadientes siguió adelante con la obra, trabajando ahora codo a codo con Somma quien debía corregir y revisar todos los textos. En principio se convino que la opera pasara a llamarse Una venganza en Dominó (Una Vendetta in Domino) en reemplazo de su nombre original que ya no significaba nada. Para la Navidad de 1857 la partitura estaba completa y se disponían a comenzar los ensayos, pero...

Napoleón III
      Napoleón III, emperador de Francia y último monarca de ese país apoyaba en principio al movimiento nacionalista italiano pero tuvo reparos en cuanto a los Estados Pontificios. Es que el Papa no quería perder la autonomía de los territorios que gobernaba a manos del nuevo gobierno italiano y para no enfrentarse a los católicos franceses, Napoleón se puso del lado pontificio. Algunos italianos toman esto como una traición y 3 de ellos pretendieron demostrárselo matándolo en París. Afortunadamente para Napoleón III, no lo lograron.





Boston

      Los censores napolitanos llaman entonces nuevamente a Verdi para sugerir nuevas correcciones. La opera no puede contener ninguna referencia a ningún lugar del territorio europeo. A Giuseppe se le sube la tanada y rompe el contrato con el Teatro San Carlos. El empresario amenaza con demandarlo. Al poco tiempo todos se tranquilizan. Verdi acepta que Gustavo III no solo no transcurra en Suecia sino que ni siquiera se sitúe en Europa. Así el rey de Suecia pasa de ser el Duque de Pomerania a ser el gobernador británico del estado de Boston en los Estados Unidos llamado Riccardo, Conde de Warwick. La adivina que advierte originalmente al rey del peligro que corre deja de llamarse con un nórdico Ulrica y es rebautizada Madamme Arvidson. La única que conserva el nombre original es Amelia, la enamorada de Gustavo que continúa llamándose así aún cuando termina siéndolo de Riccardo. Finalmente el nombre elegido para la ópera es "Un Baile de Máscaras".

      Después de tantísimas vueltas y con las relaciones entre Verdi y el teatro de Nápoles bastante averiadas, Un baile de máscaras se estrena el 17 de febrero de 1859 en el teatro Apollo de Roma

      A modo de revancha contra la censura, en 2002 se reconstruyó mediante un delicado trabajo, lo que se cree que es la partitura y libretos originales de la ópera con la que empezó esta historia. Se representó bajo el nombre original de Gustavo III en la Ópera de Gotemburgo en Suecia. 

     Para los que nunca se acercaron a la ópera, para ir terminando y a modo de vermouth les dejo el pedacito de Nabucco al que hacíamos referencia por ahí (Y más aún para los que le gusta la ópera). El 27 de enero de 1901 Verdi murió en Milan. La gente se congregó en las calles al paso del cortejo. Espontáneamente, allí por donde pasaba, sonaba este coro que está por aquí abajo:




Que anden bien