domingo, 10 de marzo de 2013

Chavez, gatos huérfanos y Kretinas

      Hace unos días, falleció finalmente el Presidente de Venezuela Hugo Chavez Frias. Entre las nuevas costumbres que algunos frecuentan, tales como Halloween o Saint Patrick Day, se verifica la presencia de una bastante más molesta que consiste en que cualquier acontecimiento (la muerte de un presidente extranjero, la caída de un meteorito en Rusia o la victoria de un maratonista en Pekín) es convertida en un motivo para pegarle palos al gobierno nacional. Algunos lo llaman "tiro por elevación". Yo me niego. El tiro por elevación, sea de carácter bélico o futbolístico, tiene cierta gracia matemática y hasta alguna pretensión estética, condición de la que estos torpes mandobles carecen por completo.

        Y es que los comentarios y peor aún, los cartelitos, hábilmente confeccionados por algunos e ingenua y cándidamente reproducido por muchos, Facebook mediante, tienen un hilo conductor que se repite en su matriz profunda desde hace algún tiempo. El odio.

     Primo hermano del miedo, el odio posee una categórica componente irracional. Digamos para diferenciar, que hay alguna gente que teme, por ejemplo al agua como consecuencia de haber tenido alguna experiencia traumática con el líquido elemento en el pasado. Ahí tenemos un miedo justificado. En cambio quien teme a las cucarachas, por poner un ejemplo, no podrá encontrar en la vasta literatura (a excepción honrosa de la Metamorfosis de Kafka) ningún ejemplo de daño causado a nadie por uno de estos desagradables insectos. Sin embargo allá van, a los saltos y gritos, escapando mientras chocan contra las sillas a la sola vista de la intempestiva aparición de uno de estos bichos contra un zócalo. 

      Supóngase Ud. por un instante, un importador, digamos, de gárgolas de bronce búlgaras. Debido a ciertas medidas de protección a la industria nacional, de buenas a primeras, los eventuales compradores de gárgolas comienzan a preferir los productos fabricados en el país en detrimento de su próspero negocio. Déjeme decirle, que si Ud no ve con simpatía semejantes medidas, lo entiendo. No justificaría de ningún modo el odio pero sí el enojo o la ofuscación. 

     Del mismo modo si usted es de los que tiene ingresos suficientes como para generar un ahorro mensual y estaba acostumbrado a comprar divisa extranjera (aunque sea éticamente objetable) los controles cambiarios deberían generarle alguna o mucha molestia. Nuevamente de ahí al odio hay un abismo, pero sus sentimientos de contrariedad contra tales medidas tienen de donde aferrarse.

      La posición inexplicable es la de los sujetos de clase media, compañeros de trabajo, amigos del barrio y demás deudos, que comparten con uno no sólo ámbitos comunes sino posición social. Tipos que vieron como paritaria tras paritaria sus ingresos mejoraban. Cuentapropistas que comienzan a no dar a basto con los pedidos de trabajo. Comerciantes a los que los supera la demanda. Estudiantes becados, jubilados que gozan de un PAMI que ahora les sirve, beneficiarios indirectos de las asignaciones por hijo y demás planes (los beneficiarios directos gastan el dinero en algún lado, por ejemplo en el almacén, lo cual beneficia al almacenero). Uno lee, escucha y ve y no puede creerlo. Esa gente está poseída por un disconformismo crónico vecino lindero del odio.

     ¿De donde viene? ¿Como puede ser que, por ejemplo, durante la etapa de YPF privada se generaran interminables colas para cargar combustible y ahora, con la YPF en manos del Estado Nacional ello ya no ocurra y no tengan la decencia de reconocerle ningún mérito al gobierno? ¿A que se debe que, como otro ejemplo, hoy en día el 100% de los equipos de aire acondicionado que se venden sean fabricados en el país cuando antes teníamos una participación minoritaria y a esta gente no se les mueva un pelo?

      Me voy a meter en un terreno pantanoso. Es una teoría que involucra una rama del conocimiento de la que se poco. De cualquier si debiera remitirme solo a hablar de lo que se, rápidamente quedaría mudo. Creo que la respuesta a este comportamiento tan extraño tiene que ver con la psicología (con perdón y debido respeto a los psicólogos que eventualmente puedan leer este artículo).

      Hace algún tiempo, mi suegra tenía una gatita, que por esas razones de la vida había quedado huérfana antes aún de abrir los ojos. La pobre mascota fué alimentada con una mamadera de cotillón (con las que juegan las nenas a alimentar a sus muñecos) con un gomín de bicicleta en la punta (para los que no lo saben por ser demasiado jóvenes, las bicicletas tenían en las válvulas de sus neumáticos un pequeño cilindro de goma que dejaba entrar el aire pero no lo dejaba salir). Como consecuencia de esta condición anómala en su vida, la gata al crecer no se reconocía como tal. No era una gata. No se relacionaba con los demás gatos. Estaba convencida que no era uno de ellos a pesar de que, visto por un ojo imparcial, su fisonomía externa coincidía con la de cualquier gato, su psiquis negaba esa realidad tan evidente.

      Creo que ya van imaginando a donde quiero llegar.
  
   Dos de las revistas más vendidas en la Argentina, luego de Pronto y Paparazzi (dedicadas al intrascendente boludeo farandulario) son Caras y Hola. Estas últimas retratan la vida, obra y hacienda de personas cuyas vidas tienen en común con las nuestras el solo hecho de que ambos respiramos. Mansiones, vehículos, fiestas y lujos que nunca alcanzaremos (ni siquiera estamos seguros de querer alcanzar) son obscenamente expuestos semana tras semana en las tapas y páginas interiores de las citadas revistas para solaz que quienes las compran y leen. ¿Que es lo que les puede interesar de la vida u opiniones de quienes tan lejos están social y económicamente de uno? ¿Que mecanismo funciona para que semejante porquería sea un éxito editorial? Arriesgo una respuesta:

       Arrimarse al exitoso o al famoso, aunque sea por la ventana contagia de celebridad. Supongamos que un muchacho que ha vivido a la vuelta de nuestra casa se ha convertido en un exitoso actor, pintor, músico o lo que fuere. Siempre estaremos tentados de decir, cuando se lo nombre: "Ese vivía a la vuelta de casa" como si haber compartido verdulería nos salpicara de fama. Y en este caso sucede el milagro de la transferencia de odio.

      Como dijo Arturo Jauretche: "Ignoran que la multitud no odia, odian las minorías. Porque conquistar derechos provoca alegría mientras que perder privilegios provoca rencor". Y es entonces, cuando el humano/gato huérfano deja de reconocerse gato y cree pertenecer a la minoría que perdió los privilegios cuando en realidad conquistó derechos mimetizándose con la clase social perjudicada tan sólo en el orden de los reclamos. No se le parece en nada, los verdaderos damnificados gastan en una cena lo que él en un mes de supermercado, sin embargo, tanto ansía parecerse que montado en un Renault 12 modelo 85 grita por que no puede comprar dólares. Desde detrás del mostrador de la zapatería despotrica contra la supuesta inseguridad jurídica que impide el ingreso de inversiones extranjeras, mientras el salón de ventas no tiene sillas suficientes para albergar a sus clientes (un pie con zapato y el otro solo con media a la espera del mocasín marrón número 41). Publica en Facebook desde su Smartphone que la cornuda viuda yegua podrida de Kretina atenta contra la libertad de expresión mientras postea una foto del cuerpo de un chancho con la cabeza de la Presidenta.

       Las imágenes de las exequias de Chavez son impresionantes como lo fueron las de Néstor y anteriormente las del General Perón o las de Eva. De todos modos, el odiante no se conmueve. No cree ser parte de ese pueblo dolido. No se reconoce ni beneficiario directo ni tangencial de ninguna de las políticas implementadas. Como en la anécdota del gato, uno lo mira y ve un minino, pero ellos por dentro creen ser otra cosa. Si la masa de votantes es morocha y de ojos negros, él cree ser rubio y de ojos celestes aunque, quien lo mira desde la vereda de enfrente lo confunda con Ceferino Namuncurá.

      Es una batalla perdida. No habrá nunca forma de convencerlos. Aunque uno les muestre un sobretodo, ellos insistirán que es un chaleco, bastante holgado y de mangas largas. Aunque uno se empeñe en mostrarles el brillo de la Luna, se quedarán criticando el largo de la uña del dedo que se las señala.

     Buenas tardes