domingo, 17 de agosto de 2014

Usted proporcione las imagenes. Yo proporcionaré la guerra

      El oficio de difundir noticias es casi tan viejo como el lenguaje mismo. Las primeras referencias de profesionalización de la actividad tienen como protagonistas a los juglares o heraldos. Estos últimos, al referir las novedades de los caballeros andantes de pueblo en pueblo lo hacían nombrándolos por el dibujo de sus escudos (El Caballero de la Blanca Luna, El Caballero del Unicornio Carmesí) convirtiéndose de a poco en especialistas en el arte de los blasones. De hecho, el estudio e investigación acerca de los escudos lleva el nombre de heráldica a causa del arte de los heraldos. Desde el vamos no se esperaba que un heraldo que trabajara contratado por un caballero en particular fuera objetivo con respecto a los logros del mismo ni con las derrotas ajenas. Se sabía de antemano que si el Caballero de las Torres Rotas contrataba a un heraldo era con el objeto que, al llegar este a una aldea, contara maravillas de él y soslayara sus costados menos virtuosos.

Como se ve, a poco de hacerse profesional el trabajo de difundir noticias el asunto se vició de parcialidad. 

      Hoy hablaremos de un tipo que llevó el caso a extremos que esperemos que nunca se repitan. La historia transcurre entre Nueva York y Cuba. El protagonista nació en 1863 así que le pido a los caballeros que se calcen las polainas y a las damas que hagan lo propio con la capelina para no despertar sospechas y me sigan.

      Se llamó William Randolph Hearst y fue el fundador de unos de los imperios de medios más grandes del mundo para su época. En su momento de gloria 28 diarios eran de su propiedad en los Estados Unidos. Sin embargo su estandarte era el New York Journal. Mantenía una pelea abierta con otro grande de los medios de comunicación Joseph Pulitzer (Joe, para los amigos) ya que este era dueño del New York World. Dos tipos ambiciosos, dos tipos millonarios, dos diarios enfrentados. Todo listo para tener una gran batalla frente a nuestros ojos.



      Pulitzer tuvo una idea genial que hoy nos resulta común pero que en su momento fue un soberbio golpe de efecto. Incluyó en el diario una sección de tiras cómicas. Las tiras eran toda una novedad, pero incluirlas en un diario fue todo un acto de arrojo. La apuesta no le salió mal en absoluto. De hecho, el New York World pasó a vender de 15.000 a 600.000 ejemplares. La estrella del diario era The Yellow Kid un muchachito pelado de dientes desparejos y camisón de dormir amarillo. Hearst no pudo aguantar el éxito de su competidor e inmediatamente contrató a Richard Outcault, su dibujante, para que trabajara en el New York Journal. Despojado de su creador, Pulitzer encomendó una nueva versión de la tira a George Luks. Durante un tiempo, el New York Journal y su competidor New York World tuvieron en sus páginas simultáneamente al Yellow Kid. Las acusaciones de uno a otro, la falta de escrúpulos de ambos para mentir en detrimento de la posición del otro y la coexistencia en ambos del niño amarilo les valió el término de "prensa amarilla" que aún nos acompaña como sinónimo de periodismo inescrupuloso.

      Haciendo un pequeño párrafo aparte, Hearst intuyó que detrás de las tiras cómicas se ocultaba un formidable negocio razón por la cual fundó la King Features Syndicate que aún hoy provee a diarios de todo el mundo más de 150 productos entre tiras cómicas, pasatiempos y demás. Es el responsable de recopilar y editar en forma de libro las historietas por primera vez. De allí salieron El Gato Felix, Betty Boop, Popeye y Flash Gordon entre otros.


       Hasta acá parece un tipo de lo más simpático. Un empresario que sólo quiere aumentar sus ventas. Pero don William Hearst no conocía límites y si los conocía no le importaba ir más allá. Y fue.

       Sobre fin del siglo XIX se estaba terminando la era colonial tal como se la había conocido desde el descubrimiento de América para acá. Sea porque les habían agotado los recursos. Sea porque mantener las colonias salía más caro que los beneficios que se podían extraer. Sea como en nuestro caso, porque un movimiento patriótico nacionalista tomaba fuerza y vencía a los colonos, las potencias coloniales se batían en franca retirada de las tierras ocupadas. Sin embargo sobre fin de los 1800 Cuba seguía estando bajo dominio español. Y Estados Unidos le había echado el ojo a ese paraíso tropical.

       A decir verdad las cosas se habían empezado a pudrir por si solas en la Cuba de esa época. Para que se den una idea, el Puerto de La Habana por ese entonces movía tantas mercaderías como el de Barcelona. Cuatro presidentes norteamericanos le propusieron a España la compra de la isla. Para la península Cuba era una cuestión de honor. Durante ese siglo había perdido casi todas las posesiones de ultramar y no estaba dispuesta a resignarla ni por cuestiones comerciales ni por cuestiones políticas. El movimiento independentista cubano venía ganando adeptos (en parte por las restricciones al comercio que España les imponía) y los Estados Unidos estaban a la espera de una señal para tender su mano a los rebeldes en contra de España a cambio de ciertas concesiones posteriores. Todo esto claramente favorecido por los 170 escasos kilómetros que separan La Habana de Key West en EEUU y claramente entorpecido por los 7.500 km que la separan de Madrid.

      Bajo estas circunstancias geográficas el tráfico marítimo de mercaderías y personas era habitual entre EEUU y Cuba. En 1897 se encontraba anclado en el puerto de La Habana el buque norteamericano Olivette. El mismo se encontraba próximo a zarpar cuando ascendió una pasajera cubana, de nombre Clemencia Arango, Las autoridades Españolas sospechaban, por alguna razón, que Clemencia llevaba cartas de los rebeldes cubanos hacia los Estados Unidos y por lo tanto decidió requisarla. Dispuso para ello un camarote aislado y la presencia de una matrona que trabajaba para la policía. La requisa arrojó resultados negativos y Clemencia fue autorizada a partir a bordo del Olivette. Un incidente absolutamente menor y sin mayores consecuencias. Pero, del otro lado estaba William Hearst...

      "Indignidades practicadas por funcionarios españoles a bordo de barcos americanos". "¿Protege nuestra bandera a las mujeres?". "Una refinada mujer joven desnudada y registrada brutalmente por españoles bajo nuestra bandera en el Olivette" tituló sucesivamente el New York Journal acompañado con la imagen que ven aquí. Esto enardeció al público lector a pesar de que Clemencia explicó que nada de lo que Hearst publicó había sucedido. De todas maneras el escándalo duró poco. Al fin y al cabo Clemencia Arango era una cubana. Hearst necesitaba algo que afectara directamente intereses norteamericanos de modo que la guerra fuera un hecho.

      Envió a Frederic Remington, un artista que había tomado numerosos bocetos y pinturas durante la conquista del oeste a La Habana para que lo proveyera de imágenes sobre los supuestos excesos a los que eran sometidos los ciudadanos estadounidenses por parte de la administración española. La soga se había tensado un poco mas y Estados Unidos había enviado sin aviso un barco de guerra hacia Cuba, el USS Maine. Protocolarmente se suele avisar con anterioridad, pero EEUU no lo hizo, por lo cual España (o mejor dicho la administración española de Cuba) envió el crucero Vizcaya hacia Nueva York en señal de molestia.

En enero de 1897 Remigton envió un telegrama a Hearst con el siguiente texto:

Todo está tranquilo. No hay problemas. No habrá guerra. Deseo volver

A lo que William respondió:

Por favor, manténgase ahí. Usted proporcione las imágenes y yo proporcionaré la guerra.

      Y así ocurrió. La noche del 15 de febrero de 1898 el Maine vuela por los aires. Mueren 256 hombres. Se destinan 2 comisiones independientes (una Yankee y otra Española) para determinar las causas de la explosión. Sin esperar los resultados de la investigación, The New York Journal publica: "El barco de guerra  Maine fue partido en dos por un arma secreta infernal del enemigo". Todos los medios de Hearst (recordemos que eran 28 a lo largo de todo el país) repitieron la mentira. Los lectores se soliviantaron pidiendo venganza. Al gobierno Norteamericano de Mc Kinley le fue imposible contener a la población enardecida por las notas de Hearst. Los cronistas de los diarios de Hearst comenzaron a inventar historias cada vez más escabrosas acerca de supuestas escaramuzas y combates. Mujeres y niños muertos que nunca existieron. Robos y violaciones cometidas por los españoles sobre la indefensa población civil cubana. Las investigaciones no fueron concluyentes pero existen indicios muy fuertes (ausencia de columna de agua, inexistencia de peces muertos en la costa) que indican que el incidente del Maine se debió a una explosión interna y accidental, probablemente en la santabárbara del barco.

      Finalmente el peso de la opinión pública llevó a los norteamericanos a entablar batalla en el mar. En dos acciones decisivas (las batallas de Cavite y Santiago de Cuba) Estados Unidos termina con el control de Cuba por parte de España....y se lo queda él. Y ya que estamos el de las Filipinas y Puerto Rico. Pero eso es parte de otra historia.

      William Randolph Hearst fue en definitiva el impulsor de la guerra en Cuba al solo efecto de vender más periódicos. Luego la crisis del 29 le hizo perder algo de su poder. Posteriormente las leyes anti monopolio norteamericanas limitaron su radio de acción. Murió en 1951.

      10 años antes de su muerte, el director y actor Orson Welles filmó un fantástico film llamado "El Ciudadano Kane" inspirado indudablemente en la vida de Hearst. Enterado Hearst de que Welles estaba filmando una especie de biografía no autorizada y que ésta no lo dejaba del todo bien parado intentó impedirlo. Tan difícil se la puso Hearst a Welles que mereció otra película, llamada RKO 281, donde se cuenta la historia de la filmación de El Ciudadano. Hoy, en cualquier votación que se realice entre cinéfilos de cualquier parte del mundo, El Ciudadano Kane figura como la mejor película jamás filmada.




      Los despropósitos de Hearst no solo sirvieron como argumento para una película. También fueron la primera voz de alarma que puso el alerta sobre el enorme poder de los medios de comunicación capaces en ese entonces de llevar a un país a la guerra por un interés económico.

Afortunadamente esto ya no es posible que vuelva a pasar.....

Ponele

Que anden bien!