domingo, 14 de septiembre de 2014

Discúlpeme. ¿Podría indicarme donde está el baño?

Normalmente toda tanda publicitaria contiene uno o más avisos dedicados a favorecer la compra de artículos que tienen que ver con la higiene personal o la limpieza de la casa. Las publicidades de papel higiénico, principalmente, tienen la poesía de una película romántica, con los rollos rebotando en cámara lenta demostrando así lo flexible y esponjoso de su constitución. Hacen referencia también a su condición de suave como si se pusiera uno a comparar suavidades al momento de proporcionarle al trozo de papel, su habitual innoble fin. Del mismo modo, por un extraño fenómeno odoro-luminoso toda vez que la protagonista de la publicidad pulsa de algún modo el mecanismo para que el ingenio aromatizante realice su cometido, la casa misma luce distinta. Hay mas flores en los floreros y la luz entra copiosamente por la ventana de un living que antes de usar el aerosol o enchufar el gel contenido en un marquito de plástico lucía opaco y gris. Los nombres de las fragancias son también un desafío al entendimiento y un reto a la imaginación. ¿Caricia de bebé? ¿Amanecer Campestre? Quizá vengan con olor a leche cortada derramada sobre el babero y bosta de caballo recién deyectada, respectivamente.

De algún modo u otro la humanidad debió tomar medidas y consideraciones a la hora de eliminar sus deshechos y hoy Bombilla Tapada los invita a pasar por el elegante y aristocrático Palacio de Versalles pero no para visitar sus fastuosos salones sino para conocer como se las ingenió la nobleza (en especial la Corte de Luis XIV) a la hora de deshacerse de sus humanos desperdicios. 

Vengan por acá que todo huele aún a agua florida.

Una vez acomodados en París, tomando el Rèsau Express Régional C y bajándonos en la estación Versailles Rive Gouche vamos a encontrarnos con el impresionante Palacio de Versalles. El terreno sobre el que se dispone el complejo ocupa 800 hectáreas. En su momento de esplendor (hacia fines del siglo XVII ) llegaron a vivir en él unas 20.000 personas que miraron los imponentes jardines a través de alguna de sus 2.513 ventanas o subieron por cualquiera de sus 67 escaleras o se acomodaron sus lujosos ropajes frente a alguno de sus 483 espejos. 

Ahora bien. En algún momento (en realidad con frecuencia diaria) los 20.000 habitantes del palacio sentían el llamado de la naturaleza y Versalles tenía que responder. El palacio contaba con 100 urinarios (un ámbito con una suerte de palangana para hacer pis. Digámoslo sin tapujos) y al rededor de 300 Chaises d´affaires cuya traducción sería Asiento de asuntos. Podría leerse el término asuntos como un lejano eufemismo de ir de cuerpo o ir de aguas mayores. Sin embargo este nombre tiene una explicación por demás razonable. Y es que, por ejemplo el Cardenal Mazarino, sucesor del no menos célebre Richelieu, contaba con 3 chaises d´affaires para su exculsivo uso personal. Uno de ellos de vidrio y dos de plata. A sus Chaises d´affaires se les podía adosar un escritorio para escribir o leer mientras tanto se exoneraba el vientre. Imaginen que si el co-regente de Francia (junto con Ana de Austria. Luis XIV heredó el trono con tan solo 5 años de edad) tenía excusados de vidrio y plata, el oro era entonces lo adecuado para la silla real. Y no solo eso; Sus Reales Posaderas estaban flanqueadas por el escudo de armas de la casa real.  Desde allí podía recibir funcionarios en audiencia, redactar órdenes o jugar a los naipes.

La corte de Luis XIV tenía un ceremonial realmente complejo y los permisos y restricciones alcanzaban al real acto de la defecación. A las ocho y media de la mañana el Rey se sentaba en su chaise d´affaire tuviera o no ganas y desde allí atendía a los funcionarios que habían requerido audiencia. A un gesto del Rey indicando que, digamos, podía comenzar a utilizar una silla convencional se acercaba el Chevalier porta-coton. Quienes sepan algo de frances lo entenderán y quienes no, lo sospecharán. El Chevalier porta-coton era quien le facilitaba al Rey un elemento con que borrar los rastros del acto que se había desarrollado momentos antes. Luis XIV prefería como indica el nombre del cargo, el algodón. Pero había quien solicitaba trapos de lino, hojas de papel o vellón de lana.

Además del Chevalier porta-coton otro cargo reservado a nobles de alto rango era el que se encargaba de disponer propiamente de la silla protagonista de la presente nota. se trataba del Porta Chaises d´affaires. En ausencia de instalación de agua tal como la conocemos hoy, la silla tenía debajo un recipiente en donde...bueno ¿Como decirlo de manera elegante? Un recipiente que podía quitarse para ser vaciado y lavado para su posterior uso. Esta función la cumplía el Porta Chaises d´affaires quien además antes de proceder a la disposición final de las miserias reales las exhibía al médico de la corte, quien verificaba de ese modo el correcto funcionamiento del tracto digestivo de su alteza. El cargo era tan importante que se vendía y aún se heredaba.

Imaginen ustedes, sentados en living de nuestras modestas viviendas de 100 metros cuadrados más de una vez dando zancadas desesperadas para alcanzar el baño antes de que sea demasiado tarde por habernos entretenido con una película o un espectáculo deportivo. Versalles tiene 11 hectáreas cubiertas de modo que, un baile en uno de los salones implicaba una generosa lejanía del baño más próximo. Para ello, la ingeniosa burocracia parisina disponía de pajes cuya función era arrimar los pots à pisser, unos cacharros de cerámica popularmente conocidos como Bourdaloue. El Rey, obviamente, para diferenciar su real orina contaba con uno de plata. Resulta curioso el origen del nombre de esta especie de salsera. Por esos días el jesuita Louis Bourdaloue era el confesor de la corte y en quien los habitantes de Versalles "descargaban" sus pecados. La analogía entre la descarga moral y la física llevó a bautizar al recipiente del mismo modo que al sacerdote.


De cualquier manera no todos eran tan respetuosos de las formas y siendo que la iluminación a vela y faroles de aceite es bastante deficiente y habiendo, como dijimos 67 escaleras en palacio, siempre era posible encontrar amparado en las sombras un descanso hospitalario donde liberar las aguas servidas sin ser visto.

Aún habiendo costado 80 millones de libras de la época nuestras modestas viviendas tienen más comodidades que las que disfrutaba el Rey Sol. Por otra parte, me siento mucho más tranquilo sin la presencia de un paje que me corte un trozo de papel higiénico a mi requerimiento y personalmente prefiero no atender a ningún funcionario que venga en audiencia cuando estoy concentrado en otras cosas.

Vayan por la sombra y nos encontramos luego

Que anden bien