domingo, 21 de septiembre de 2014

La maldición del Diamante o las ventajas de la Bijouterie de fantasía

      Rara vez en la historia los objetos toman mayor protagonismo que las personas. Es evidentemente más importante San Martín que su sable corvo, el Cid que su espada Tizona, Colón que la Santa María. Sin embargo en el mundo de la literatura los objetos suelen tener mucho protagonismo. De hecho hay historias que han sido contadas de varias maneras distintas cambiando las épocas y los protagonistas. Así el Santo Grial o la espada Excálibur han aparecido en múltiples novelas atravesando los tiempos y en manos de muchísimos dueños y usuarios distintos. Es muy difícil hallar cosas semejantes en el mundo real. Los objetos que han pertenecido a alguien o bien se guardan o bien se pierden. La espada de William Wallace se luce en el castillo escocés de Stirling, la de Alejandro Magno se ha perdido y Excálibur nunca existió. 

      Los protagonistas de nuestras historias preferidas portan amuletos, anillos, espadas y demás cacharros que a veces los vuelven invencibles, a veces poderosos y a veces desdichados. Después de una ardua investigación conjunta entre el Departamento de Geología de Bombilla Tapada y la División Objetos Perdidos del Banco Nacional de Zimbabwe este blog se enorgullece en presentar la extraña y real historia de una joya. Un diamante que, a pesar de nuestro natural escepticismo, pareciera atraer la desgracia sobre quien lo posee. Comenzaremos la historia pero no por el principio sino un capítulo más adelante, como para poder reservar el origen de la gema para el final. Todos a bordo que empieza el viaje.

      Un 10% de nuestro peso es carbono. Este elemento es fundamental en la estructura de todos los seres vivos. Pero además de ser una pieza fundamental en nuestras proteínas y demás elementos estructurales, el carbono forma también parte de nuestras vidas fuera de nuestro cuerpo. En principio sería imposible hacer un asado sin él (obviamente sin carbón no hay fuego y fundamentalmente, sin carbono no hay vaca). Los lápices carecerían de mina lo que complicaría mucho el desarrollo de las artes pictóricas. Las centrales nucleares se verían reducidas en sus elementos de control dado que las barras de grafito trabajan como reguladores de la reacción atómica en algunos modelos de reactor. Pero la variedad del carbono que más hubiera extrañado la humanidad hubieran sido los diamantes. Muestras de carbono, lo suficientemente puras, sometidas a altísimas temperaturas y presiones dan como resultado, en lugar de toscos cascotes negros, transparentes y durísimas piezas que le han quitado el sueño tanto a sus buscadores como a sus usuarios. Las condiciones para que se forme un diamante son extremadamente raras, por lo tanto hay pocos y de tamaño pequeño. 

      Pero de vez en cuando se dan condiciones más raras aún y el diamante es enorme (en comparación con los demás) o incluye en su estructura cristalina algún elemento que lo hace particular tenemos una pieza curiosísima. Y una de ellas es la protagonista de nuestra historia. 

      La historia comienza con el diamante en manos de Jean Baptiste Tavernier. El tipo, un comerciante que alcanzó los 80 años y pasó la mitad de su vida viajando. De uno de esos viajes en 1660 se trajo consigo desde la India un diamante de 115 quilates y extrañamente azulado. Hoy la cristalografía nos indica que ese color es debido a la presencia de átomos de boro precisamente intercalados en la estructura de la piedra. El valor de la misma era tan alto que sólo un monarca podía darse el lujo de pagar por él. Y eso fue lo que ocurrió.



     Jean Baptiste le vendió entonces el diamante (que para ese entonces se conocía como Tavernier Blue) a Luis XIV. Lo dejamos en sus manos y seguimos por un instante a Tavernier. La historia no registra cuanto pagó Luis XIV por la piedra pero se sospecha que fue mucho. De todos modos las finanzas de Jean Baptiste decrecen hasta dejarlo en quiebra. Hombre acostumbrado a viajar parte rumbo a Rusia quizá escapando de los acreedores parisinos. Había visitado durante su vida la India, Persia y hasta los territorios del Gran Khan. Hoy cualquier abombado con el dinero suficiente puede sacar un pasaje de avión y pasearse como si nada por Mongolia. Pero en el siglo XVII semejante empresa estaba reservada únicamente a viajeros experimentados, y Jean Baptiste lo era. Alguien comenzó a echar de menos a Tavernier en Moscú donde se suponía que debía haber llegado hacía días. Finalmente lo encontraron. Muerto. De hambre y congelado. Parcialmente devorado por los lobos de camino a su destino. Es la primer víctima que se encuentra involucrada en el camino del Tavernier Blue, que a partir de ahora y como posesión de Luis XIV pasa a llamarse French Blue

      Don Luis le encomendó a Sieur Pitau, uno de sus joyeros reales que cortara en diamante en dos. Una parte fue a dar a la Corona Real y la otra a un colgante que el Rey exhibía en algunas ceremonias. En la corte de Luis XIV, entre otras, vivía Francisca Athenais de Rochechouart de Mortemart. A pesar de estar casada legalmente con Luis Enrique de Pardaillan de Gondrin, marques de Montespan, Francisca, conocida como Madame de Montespan era la amante favorita del rey. Sabiendo de la preferencia real por ella, le pidió al rey que le regalara la joya colgante con la otra mitad del French Blue. Luis XIV accedió pero poco después, y aún luego de haberle dado 7 hijos (obviamente bastardos pero recompensados con títulos de nobleza) Madame de Montespan cayó en desgracia reemplazada por la Marquesa de Maitenon. Madame de Monespan debió abandonar la corte (y dejar en diamante entre otras cosas) y murió en el olvido en 1707. Podemos entonces contarla como una víctima más, la segunda en este caso, que malogró su vida luego de poseer el diamante.

     Había comenzado a correr el rumor de cierta maldición sobre el French Blue. El mismo Luis XIV fue consultado al respecto por el Sha de Persia en una visita a Francia. Luis desestimó los miedos del Sha haciendo traer a su presencia el estuche que contenía a la gema. Poco tiempo después una gangrena terminaba con su vida (la de Luis, no la del Sha). 

     Luis XV, su sucesor, no tuvo ningún interés sobre el diamante. Lo dejó en su caja durante todo su reinado. Me dirá usted: Bueno, al fin y al cabo Luis XV también murió. Es verdad, diré yo y seguiré como si nada en el párrafo de abajo.

Arriba a la izquierda la cabeza de Lamballe
      Luis XVI y María Antonieta si tuvieron interés en la piedra. María Antonieta Josefa Juana de Habsburgo adoraba el collar con el diamante azul. Tanto le gustaba que hasta se lo prestó unas cuantas veces a su íntima amiga María Luisa de Saboya princesa de Lamballe. No hace falta decir que ni Luis XVI ni María Antonieta conservaron cuello donde lucir la gema. La muerte de la Princesa de Lamballe constituye uno de los hechos más sangrientos y brutales que tuvo la desde ya sangrienta Revolución Francesa. Encarcelada en la prisión de Forcé, María Luisa de Saboya sufrió la invasión de la misma por parte de la turba enardecida. El cuerpo de la Princesa de Lamballe fue decapitado, despellejado, vejado y descuartizado. La cabeza de la Princesa fue luego peinada, maquillada y clavada en una pica. De ese modo pasearon delante de las ventanas de la Concergerie donde María Antonieta esperaba para ser ajusticiada con la intención de que ésta se enterara de la suerte corrida por su amiga. Ya ven, en un solo párrafo el diamante de ha cargado 3 personajes.

Palacio de Brunswick
      Los saqueos posteriores a la Revolución hacen perder de vista al diamante, por un tiempo. Sea quien fuere que lo conservara, en 1820 se lo vendió a Wilhelm Falls, un joyero holandés. Este decide cortar el diamante nuevamente en 2. Una parte es vendida a Carlos Federico Guillermo Duque de Brunswick. Para continuar con la serie de hechos desafortunados al rededor del diamante, Carlos debió abdicar acusado de impericia y corrupción y su palacio (para que no queden dudas) fue destruido. La otra mitad del diamante se la quedó Falls con el objeto de venderla en un futuro. Lo que Wilhelm no esperaba era que su propio hijo le robara la joya. Falls junior vende el diamante restante a un francés de apellido Beaulieu. El padre se entera y muere de un ataque. El hijo se entera que su padre ha muerto por su culpa y procede a suicidarse. Dos más para la lista.

      El diamante en posesión de Beaulieu pasa a manos de un joyero inglés llamado David Eliason quien se lo presenta a Jorge IV de Inglaterra. El diamante pasa inmediatamente a ser engarzado en la corona real. Jorge IV sufría, como su padre, de porfiria, una enfermedad hereditaria que, entre otras cosas tiene como síntomas las alucinaciones y convulsiones. Jorge se hizo adicto al láudano, una droga opiacea. Jorge IV murió poco menos que loco en 1830.

Henry Hope
      La parte que estuvo en poder del Duque de Brunswik vuelve a aparecer en la historia. De algún modo llega a manos de Henry Phillip Hope y cuanto menos esa porción del diamante original pasa a ser llamada Diamante Hope. Henry tenía una gran colección de gemas y el diamante fue exhibido sin mayores consecuencias en la Gran Exposición de Londres de 1851 y en la Exposición Mundial de París en 1855. Henry Hope murió en 1862 y el diamante pasó de mano en mano, de hijos a sobrinos, con alguna controversia judicial en medio. De hecho el último heredero de la familia Hope, Francis, aún poseedor del diamante fue declarado en bancarrota dado que no podía venderlo sin orden judicial.

      Lo compra entonces el Príncipe ruso Iván Kanitowsky para obsequiarlo a una vedette amante eventual. Al Príncipe lo mata la revolución. A la amante del Príncipe su marido despechado. Dos más y van...

Pierre Cartier
      Luego de tantas vueltas, el diamante cae en manos del famoso joyero francés Pierre Cartier quien la compra por 550.000 francos. Carier se lo vende al comerciante Evalyn Walsh McLean. Cuando este muere en 1947 deja expresamente en su testamento que el dueño de la piedra preciosa era su nieto y que podía hacer uso y disponer del mismo al alcanzar la edad de 25 años. El problema era que el nieto de Walsh McLean tenía al momento de fallecer su abuelo tan solo 5 años y la familia (como misteriosamente casi todos los participantes de esta historia) estaba pasando dificultades económicas. La corte le dio permiso a la familia y finalmente lo pudieron vender y saldar sus deudas. De últimas lo compra Harry Winston un empresario norteamericano coleccionista de joyas. 

      Por alguna razón desconocida Winston dona la piedra al Museo Smithsoniano de Historia Natural quien todavía la conserva. Lo extraño del caso, si algún dato extraño más le faltara a esta historia, es que el 10 de noviembre de 1958 el diamante llegó al museo en un sobre de papel madera por correo común, como si Winston quisiera deshacerse de él en lugar de donarlo.


Dijimos que nos íbamos a guardar el inicio de la historia para el final y estamos a punto de cumplir.

      Esta historia comienza con el diamante azul en manos de Jean Baptiste Tavernier pero cabe preguntarse (y si no cabe haremos fuerza para que quepa) ¿De donde lo sacó?

      Hasta donde se sabe, el diamante era el tercer ojo de la estatua de la diosa hindú Sita, esposa de uno de los avatares de Rama. Según la leyenda, el diamante original había sido esculpido por la mismísima deidad y de allí la supuesta maldición para todos aquellos que hubieron entrado en contacto con él.




      Un último comentario al respecto del French Blue. Se trata de una licencia poética y cinematográfica sin ningún rigor histórico, pero el diamante que la anciana Rose echa por la popa del barco en Titanic al final de la película, simula ser el Hope.

    El equipo de investigación de Bombilla Tapada está constituido exclusivamente por profesionales racionalistas incapaces de dejarse asustar por leyendas sin sentido de maldiciones y abominaciones. Queremos aclarar que si los presentes que entregamos a modo de regalos de cumpleaños y demás atenciones no contienen ningún legítimo diamante azul (ni de ningún otro tipo) no debe tomarse este comportamiento como muestra de superstición sino de profunda pobreza.

Que anden bien.