domingo, 10 de mayo de 2015

Preferir la vida al honor. El caso de La Rosales

      Hombres de letras y de ciencias, los miembros del blog tienen un gran respeto por el mar. Es que grandes obras literarias han tenido al océano como protagonista, o sus autores han sido marineros. De la misma manera los viajes por mar han contribuido grandemente a la ciencia, aportando descubrimientos, transportando de un lado al otro nuevas ideas o utilizando y mejorando disciplinas existentes como la astronomía, la trigonometría o la geografía. El viaje por mar tiene también sus costados románticos que los modernos vuelos han hecho desvanecer en manos de la velocidad. La prolongación de las travesías, los peligros de las tempestades, las malas condiciones de alojamiento durante los viajes, las privaciones y carencias a las que los marinos se ven sometidos le dan tono heroico a casi todo desplazamiento oceánico. Varios miembros del staff han pasado por esas experiencias por diversas motivaciones: sed de aventuras, amores, placer u oportuno escape de la  justicia.

      Es por eso que varias veces, habanos y cognac mediante las charlas frente a la imponente estufa del salón principal tienen a las travesías marinas como tópico dominante. En ocasiones alguno de los eruditos relata un viaje que sirvió para olvidar un amor imposible. En otras el relato se refiere a tifones y tormentas que han puesto en riesgo sus vidas y el lego tendrá dificultades para comprender completamente la historia si no está habituado a los términos jarcias, trinquete, cofa o vergas (con el debido respeto a las damas presentes). Cierta vez la charla se convirtió en discusión debido a que algunos postulaban que el marino regular (a diferencia de los piratas, corsarios y demás delincuentes marinos) tenía un acrisolado sentido del honor y la disciplina sin la cual la actividad sería imposible de ser llevada adelante. Otro grupo, menos numeroso por cierto, postulaba que si bien había marinos honorables, también los había canallas como en cualquier otra actividad humana.


      Quien llevaba la voz cantante en el segundo grupo, un geólogo calvo y menudo, ponía como ejemplo del comportamiento canallesco al caso de La Rosales una torpedera de la Armada Argentina hundida en 1892. La conversación fue subiendo de tono y si no llegó a mayores fue por la oportuna aparición de una de las novicias con una botella de Holunderblüeteliqueur, un licor de flores de sauco fabricado artesanalmente por la hermana Helga. La camaradería ganó la partida pero el acalorado tono de la discusión previa impidió que los acontecimientos relatados en torno al naufragio mencionado y más aún, el supuesto comportamiento reprobable de los marinos a bordo quedaran claros. Es por eso que el presente post de Bombilla Tapada relatará los acontecimientos que rodearon al naufragio de la torpedera mencionada y tratará de echar luz sobre el tema, seguramente sin éxito.

Gemela de La Rosales: Espora
      Se acercaba el 12 de octubre de 1892 y España se aprestaba para celebrar los 400 años del Descubrimiento de América. Argentina envía una delegación oficial para el desfile naval que iba a realizarse durante los festejos compuesta por el acorazado Almirante Brown, el crucero 25 de Mayo y la torpedera La Rosales. El 7 de julio de ese año el Presidente de la Nación Don Carlos Pellegrini pasa revista y despide a los 3 buques que zarpan rumbo a España. 


      Ya a la madrugada del día siguiente las cosas no pintaban del todo bien. Los vientos provocaban olas de hasta 9 metros que bamboleaban a la torpedera a escasas 200 millas de la costa. Para las 6 de la mañana el Almirante Brown pierde contacto visual con La Rosales. Su capitán (el de la Almirante Brown) cree que el de la Rosales ha puesto proa nuevamente hacia Buenos Aires y sigue adelante rumbo a Europa. La realidad era que la torpedera hacía lo que podía contra la tempestad, que era bastante poco. Al anochecer choca contra una roca que no figuraba en las cartas de navegación. El agua que barría constantemente la cubierta, junto con la que empieza a ingresar por la abolladura del casco terminan apagando las calderas de las máquinas del buque. Para el 9 de julio la situación era dramática. Los oficiales se reúnen en consejo y deciden abandonar el barco. La torpedera La Rosales contaba con dos lanchas de salvamento con capacidad para unos 10 a 12 hombres cada una, un bote a cargo del comandante con disposición para 6 a 8 hombres y un chinchorro (del tamaño de los que se usan en las lagunas para pescar) con capacidad solo para 4. Con mucha buena voluntad podían rescatarse unas 35 personas. El problema era que la tripulación de La Rosales excedía las 70 personas.

Faro de Cabo Polonio
      El 11 de julio a las 19:30 las olas destrozan lo que queda de la única lancha que arribó a la costa contra los arrecifes de Punta Diablo desde la que se podía divisar el faro de Cabo Polonio. El alférez Julián Irizar (mas tarde Vicealmirante Irizar) en mejor forma física acaso por su juventud, se ofrece para caminar hasta el faro y pedir auxilio. De los más de 70 tripulantes sobreviven sólo 19....todos oficiales. Inmediatamente la prensa (literalmente La Prensa y La Nación) comienza a conjeturar sobre aspectos poco claros del naufragio. A todas luces no cabían todos en los 4 botes salvavidas. ¿Se construyó una balsa? ¿Por que todos los oficiales superiores embarcaron en la misma lancha? ¿El buque se había hundido efectivamente al abandonarlo el capitán o aún flotaba? ¿Se comportaron los oficiales con honor y valor o solo intentaron salvar sus pellejos a costa de la vida de los tripulantes "inferiores"? 

Carlos Pellegrini
      El 15 de julio los sobrevivientes arribaron a Buenos Aires y quedaron detenidos e incomunicados. Dos días más tarde retorna a puerto una expedición de un remolcador uruguayo llamado Emperor que partió a la zona en busca de posibles sobrevivientes. No solo no encontró a nadie sino que no encontró ni un solo vestigio que pudiera abonar la historia de la balsa que supuestamente se había construido, a decir de los oficiales, para salvar a los tripulantes que no cabían en los botes. Ni un listón, ni una tabla, nada que pudiera servir como prueba. La Armada dispuso el enjuiciamiento de toda la oficialidad tripulante de La Rosales y designó al Capitán de Fragata Jorge Hobson Lowry hombre de justificada fama de rectitud y severidad como fiscal acusador. Luego de algunas demoras debido al inoportuno fallecimiento del Contralmirante Cordero, Jede de Estado Mayor de la Armada, en setiembre de 1892 comienzan las diligencias del juicio. Hobson Lowry se muestra enérgico al ordenar viarias medidas de prueba pero la Armada se mueve con velocidad paquidérmica. Carlos Pellegrini, en honor a su cargo de Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas en tanto Presidente de la Nación, pide el expediente para leerlo. El diario La Nación comienza a sembrar serias dudas en la opinión pública sobre la versión oficial de los hechos. Hábilmente el fiscal formula preguntas que provocan contradicciones entre los oficiales. ¿A que hora fue reunido el consejo de oficiales para decidir la evacuación del buque? El comandante de la nave Capitán de Fragata Leopoldo Funes  respondió que a las 5 de la tarde mientras que su segundo, Teniente de Navío Jorge Victorica sostenía que tal cosa había ocurrido a las 6. La diferencia de una hora en la apreciación de uno y otro hombre en semejantes condiciones extremas es entendible. Pero luego 3 oficiales indican que el horario de la asamblea fue a las 4, un alférez sostiene que a las 3, un maquinista de apellido Vilavoy a la una de la tarde y para finalizar el alférez Goulú declara que tal reunión se llevó adelante a las 4 de la mañana. En la cabeza del fiscal se formaba con fuerza la idea de que no había habido ningún consejo de oficiales.

      La supuesta balsa fue también motivo de interés por parte de Hobson. La versión oficial indicaba que el Capitán Funes había instruido al Teniente Victorica para que dirigiera la construcción de una balsa. Consultados los acusados ninguno coincidió al respecto de los materiales utilizados (que palos o mástiles se habían dispuesto como largueros o con qué se los había revestido) a la cantidad de hombres que pretendieron salvarse flotando sobre ella (los números varían tanto como 24 o 7) o el sistema usado para botar la balsa; es decir cómo la bajaron al agua desde la cubierta de la torpedera. Dentro de la misma versión oficial, la balsa fue atada a una de las lanchas pero en algún momento el cabo se soltó y quedó a la deriva perdiéndose de vista. Ni uno solo de los consultados dice haber visto con sus propios ojos la balsa armada y flotando. De modo que el tema de la balsa tiene para el fiscal el mismo valor que el caso del horario de la asamblea. Todo igual de falso.

Monitor El Plata
      Pero si alguna cosa le faltaba a esta historia para agregarle un poco más de sordidez la policía detiene en una cervecería a un italiano, un tal Pascual Battaglia que trabajaba ahí de cocinero. ¿Por que lo detienen? Por desertor. ¿De donde desertó?  Del monitor El Plata un barco artillado de la Armada en el que era maquinista ¿Y que tiene que ver Battaglia con todo esto? Pascual Battaglia había sido uno de los maquinistas de La Rosales al momento del naufragio. Cuando llegó a la costa lo detuvieron junto con los demás pero a diferencia de los oficiales que fueron conducidos a juicio, Battaglia fue embarcado nuevamente. Según sus palabras, la Armada lo había sacado de sus listas y no le pagaba el sueldo por lo que se escapó del barco y se buscó un medio de vida. Battaglia declaró que la balsa nunca existió y que al momento de abordar las lanchas el Capitán Funes ordenó al contramaestre, el alférez Giralt, a que encerrara al resto de los tripulantes en la bodega del barco a punta de pistola. Cuando Giralt intentó subir a la lancha para ocupar su lugar entre los salvados, el mismo Funes se lo impidió de un tiro. Pascual Battaglia saltó oportunamente del barco cuando la lancha partía y se agarró fuertemente de la borda salvándose de ese modo.

      El Capitán Jorge Hobson Lowry desarrolló una acusación lapidaria. Los oficiales, contra todos los códigos de honor de las Fuerzas Armadas habían abandonado al resto de los tripulantes a su suerte. Habían mentido sobre la construcción de la balsa. El capitán había abandonado el barco mientras este se hallaba a flote. Según pudo recoger el fiscal de varios testimonios, el comandante en los momentos iniciales de la zozobra ordenó repartir raciones inusualmente grandes de alcohol entre la tropa. En principio para entonar el espíritu en la adversidad pero luego las raciones continuaron repitiéndose de modo que, a decir de Hobson Lowry varios fueron encerrados en las bodegas del barco en total estado de inconciencia. En su mayoría reclutas oriundos de la provincia de Córdoba sin experiencia previa (ni posterior, por cierto) en viajes marítimos. En definitiva, el Capitán Jorge Hobson Lowry acusaba al Capitán Leopoldo Funes de haber abandonado tanto al barco como a la tripulación, y de haber dejado el navío mientras éste flotaba aún, con marineros dentro, cuando los códigos militares indican que en una situación así, el capitán ha de ser la última persona en abandonar el barco. Continuaba Hobson, por si ya no fuera suficiente, que todo esto había sido hecho con premeditación y astucia abusando tanto de la confianza que su tropa depositó en él como de la autoridad que el Estado le había conferido. Pedía entonces lisa y llanamente el fusilamiento para Funes. Diez años de prisión para su segundo, otros diez para un oficial que se declaró falsamente enfermo para no hacerse cargo de otro de los botes y seis años para los restantes oficiales sobrevivientes.

Manuel García Mansilla
      El Capitán de Fragata Manuel García Mansilla tomó la defensa de todos los acusados. Su alegato se basó en que si bien había discrepancias entre los testimonios de los acusados en cuanto a cantidades, medidas y horarios, estas podían fácilmente atribuirse al nerviosismo de la situación y no a la falsedad. Por otra parte, sostuvo Mansilla, buques más grandes que La Rosales se han ido a pique durante tormentas como la del 9 de julio sin que nadie dude de la honorabilidad de su tripulación. Pero el defensor tenía una carta más para jugar frente al tribunal. Hobson Lowry tenía una historia consistente pero solo basada en indicios. No había ninguna prueba material de que lo que él relataba sea lo que efectivamente había pasado y por lo tanto el tribunal debía absolver a todos en beneficio de la duda.

      Y eso fue lo que ocurrió. El tribunal absolvió a los acusados y rápidamente la Armada archivó la causa. Nadie quiso volver a hablar del tema.

Rompehielos Irizar
      El único de los sobrevivientes que tuvo una carrera descollante en la Armada Argentina fue Julián Irizar, quien como contamos más arriba tuvo una carrera destacada y hoy mismo un rompehielos afectado a la campaña antártica lleva su nombre. El resto fue pasando rápidamente a retiro y sus nombres olvidados sin pena ni gloria. Nadie puede tener certezas sobre lo que pasó porque como bien dijo Mansilla en su alegato, pruebas, lo que se dice pruebas, no hubo.


      De cualquier manera si alguna duda cupo sobre la honorabilidad de ciertos hombres de mar, la Armada Argentina tuvo todas las posibilidades de despejarlas participando activamente de los sangrientos golpes de estado de 1955 y particularmente del de 1976 donde quedó clara que la suposición de que una persona es honorable por el sólo hecho de ser marino pertenece únicamente al terreno del mito

Que anden bien.