domingo, 17 de mayo de 2015

Un tío que te hace el cuento, más que tío es un estafador

      El lujo, las comodidades y la opulencia con la que son mantenidos los miembros del staff de Bombilla Tapada llaman la atención aún al lector menos curioso. Costosas maderas, antiguas obras de arte, artesanales muebles y invaluables alfombras son los elementos que rodean a diario a los profesores, licenciados y doctores que llevan adelante las investigaciones. Por supuesto que los catedráticos que trabajan para el blog también reciben importantes ingresos acordes con sus famas y capacidades. La fundación que sostiene semejante nivel de gastos no solo exige a sus contratados el nivel académico acorde sino una férrea rectitud moral. Aunque los controles a veces fallan.

      Departiendo amablemente luego de la cena, entre habanos y pocillos de exquisito café Illy, algunos de los miembros del staff relacionaban la rectitud moral con la dificultad para ser estafados. Sostenía uno de ellos que uno de los requisitos casi indispensables para ser víctima de una estafa son una ambición desmedida o la visión de sacar gran ventaja de una situación. En general el estafador tienta a su víctima con ganancias fáciles o desproporcionadas o ambas cosas al mismo tiempo. En los principios del siglo XX las víctimas para cierta estafa particular eran escogidas entre los inmigrantes europeos recién llegados a la ciudad de Buenos Aires, que eran muchos. Normalmente consistía en una persona que le refería al recién llegado que un tío suyo (del estafador) había muerto en Europa dejándole una suculenta herencia. El estafador necesitaba juntar algunos pesos para solventar el pasaje, los cuales serían devueltos con creces a su retorno una vez cobrada la abundante herencia del tío muerto. Tanto éxito tuvo el sistema que todos los timos en donde no se ejercía violencia recibieron el nombre genérico y popular de "Cuento del tío". Tan efectivo fue el método que los emigrantes italianos recibían antes de embarcar hacia aquí advertencias en contra de la "truffa all´americana" (estafa a la americana).

      Precisamente uno de los integrantes del Comité de Admisión del blog formaba parte de la charla razón por la cual la presente nota, a instancias de él y por unanimidad de los votos del Comité, consistirá en un catálogo breve pero contundente de los más ingeniosos cuentos del tío que hayamos podido recolectar. Dejen sus billeteras y tarjetas de crédito en sus casas, por precaución, y abran lo más posible los ojos que ya comenzamos.





      La escena en una calle concurrida, un día hábil en horario bancario. La víctima camina por la vereda. El Tío aún no se deja ver. Delante de la víctima camina una señorita. Esta mete la mano en su cartera para sacar algo (los cigarrillos, el celular) y en ese movimiento se le cae descuidadamente un grueso fajo de billetes. Esto ocurre frente a los ojos de nuestro futuro estafado. Cuando la víctima se va a agachar para levantarlo del suelo, quizá para devolverlo, aparece intempestivamente una tercera persona que le gana de mano.

- Acá debe haber como trancaycuatromil dólares - le dice el recién llegado con el fajo de billetes en la mano a nuestro próximo damnificado. El cálculo de la cifra es a ojo, ninguno de los dos tuvo tiempo ni oportunidad para contar el dinero pero se ven muchos billetes verdes - ¡Vamos a repartirlo entre los dos! - lo apura.
En eso, con cara de desesperación vuelve la señorita que ha perdido el dinero.

-¿No vieron un fajo de billetes que se me cayó? - pregunta nerviosa
-No, no, No vimos nada - toma rápidamente la palabra el Tío escondiendo el fajo en el bolsillo de la campera de la víctima. Ya está, el futuro estafado ha quedado involucrado en el lío. Si no dice nada es cómplice del robo. Si denuncia al Tío frente a la señorita va a tener problemas con él.
- Sin embargo- continúa la chica - un tipo por allá me dijo que ustedes lo habían agarrado. Voy a buscar a la policía.- informa y se va a paso vivo por donde vino.

     Hay que hacer algo rápido. Entonces el Tío tiene una idea genial.
- ¿Cuanto efectivo tenés? - le pregunta a su víctima en tono perentorio
Aturdido, el potencial estafado mira su billetera. Tiene ahí el dinero para su almuerzo, para recargar la SUBE y unos pesos extras por si acaso. Con suerte unos 300 pesos.
-Dámelos y quedate con todo vos - le dice el tío estrujando los billetes - Rajá antes de que vuelva la mina con la policía! - lo apura.

      Nervioso aún el estafado (que aún no ha reconocido su nueva condición) sospecha que ha hecho el negocio de su vida. Se aleja del lugar rápidamente, casi corriendo. Se está llevando un fajo de varios miles de dólares a cambio de 300 pesos. Camina a paso vivo hacia un lugar tranquilo donde poder verificar efectivamente que cantidad de billetes se ha llevado mientra los aprieta fuertemente dentro del bolsillo de su campera. Va imaginando que quizá le alcance para darse esas vacaciones que se adeuda y que siempre soñó. O quizá pueda cambiar el auto. O regalarle a su novia un año entero de gimnasio. Si la moral le cuestiona su accionar la respuesta será que, si no se lo llevaba él, el fajo estaría en manos del otro sujeto. Al fin y al cabo la descuidada fue la señorita que no prestó la atención debida a semejante cantidad de dinero. Y bueno, hay que ser piola. hay que ser avispado, la tonta fue ella que los perdió y el vivo es él que los consiguió por 300 pesos roñosos.

      Un zaguán hospitalario le da la posibilidad de extraer el fajo de su bolsillo y efectuar un recuento superficial de la cantidad. Luego en la oficina, o mejor aún en su casa, contaría con exactitud y guardaría su nueva fortuna en un lugar seguro. Mientras abre la mano en la que tenía los billetes siente un sudor frío corriéndole por la espalda. Una brutal bajada de presión sanguínea. Un leve desvanecimiento. Cortados del tamaño de los billetes auténticos nuestro amigo tenía en su mano un fajo de varios cientos de trozos de papel de diario. El tío metió en su bolsillo, justo en el momento en que la señorita volvió reclamando su dinero, el fajo falso en lugar de el paquete verdadero que había visto al principio.

      El origen del término "mocho" proviene del latín "mutilus" que se aplica a un animal que carece de alguna de las partes de su cuerpo. Principalmente un animal con cuernos a los que se los ha despuntado. Por añadidura toda aquella cosa a la que le falta una parte, se la llama mocha. Paralelamente una de las acepciones de la palabra italiana "tocco" es: mucha cantidad. Por lo tanto, el Tío ha bautizado a esta estafa como "Tocomocho" es decir el fajo de billetes al que le falta lo más importante; los billetes.

      Hubo una época donde las peluquerías tanto masculinas como femeninas abrían hasta los domingos. De ahí que continúe la costumbre en algunos locales del ramo de permanecer cerrado los lunes a modo de descanso. Las mujeres concurrían no solo a cortarse el pelo sino tan solo a hacerse peinar o pintar las uñas. Los hombres a retocarse la "pelusa" (esos pequeños pelos que crecen sobre la nuca) o a afeitarse a navaja. Las peluquerías eran casi sitios de reunión social y el peluquero (que no se llamaba coffieur ni nada parecido) oficiaba de amigo, consejero, confesor y psicólogo. Si bien el "cuento del Tío" a relatar es de resultados económicos magros, nos gusta por su elegancia.

      El hecho transcurre en una peluquería medianamente concurrida. Un caballero ingresa con un niño y se sientan ambos en las sillas dispuestas al rededor de una mesa ratona llena de revistas medianamente nuevas. Esperan a que les llegue su turno para cortarse y el primero que avanza es el caballero. Mientras el peluquero hace su trabajo charlan de trivialidades: el clima, el fútbol o algún acontecimiento reciente. Cuando el peluquero termina su tarea, previo reglamentario cepillado de las ropas del cliente para eliminar cualquier vestigio de cabello cortado, el caballero se pone de pié y llama al niño que había entrado con él:
- Nene, vení - le ordena

El muchacho se levanta y toma su lugar en el sillón de corte, frente al espejo.

-Vaya cortándole a él - le pide el cliente mirándose en el gran espejo y acomodándose el saco - Mientras tanto yo voy a comprar cigarrillos acá al lado y vengo. ¡Portate bien! - le deja como advertencia al niño mientras se retira.

      El peluquero realiza su corte y espera por el retorno del padre del muchacho. Debía abonarle tanto el corte de él como el del niño. Habían pasado más de 15 minutos, tiempo más que suficiente como para comprar los cigarrillos anunciados y hasta de haberse fumado un par. El peluquero comenzó a impacientarse.

-¿Tardará mucho tu papá? - le pregunta finalmente el peluquero al niño
-¿Mi papá? - se sorprende el muchacho - No es mi papá. Ni siquiera lo conozco. Es un tipo que pasó por la calle y me preguntó: Nene ¿Querés cortarte el pelo gratis?

      El último que vamos a presentar en cambio, tiene un resultado económico suculento como así también un procedimiento mucho más elaborado. La escena transcurre a mediados del siglo XX en pleno centro de la Capital Federal.

      Frente a las puertas de una de las joyerías más caras y lujosas de la ciudad estaciona un suntuoso automóvil negro conducido por un chofer de uniforme. En el asiento de atrás, una elegante dama ricamente vestida espera a que el chofer se apee del auto y le abra la puerta trasera. El conductor le tiende una mano enguantada a la dama quien se toma de ella para salir del vehículo y dirigirse hacia la puerta del local. Los empleados de la joyería se codean entre ellos y se relamen de antemano, saben que quien atienda a semejante clienta se ha de llevar una suculenta comisión por la venta. Alertado, el gerente del local les pincha rápidamente el globo. Él en persona atenderá a tan importante clienta. Aunque aún no saben a ciencia cierta, quién es.

La dama ingresa mientras que el chofer permanece a la espera dentro del vehículo estacionado.

- Buenas tardes - sonríe el gerente - Bienvenida ¿En que la podemos ayudar?
La dama le tiende su mano y la estrecha débilmente con la del empleado esbozando una sonrisa de mucha menor intensidad que la del vendedor.
- Vea - comienza la dama - soy la esposa del Doctor Fagundez (El nombre es ficticio pero hacía referencia en su momento al psiquiatra mas conocido y mejor pago de la ciudad) y resulta que la madre del doctor, mi suegra, cumple este fin de semana 80 años. Queremos hacerle un regalo que esté acorde a la situación, realmente mi marido no se fija en gastos cuando se trata de su madre.
- Comprendo - le brillaron los ojos al gerente - sígame por aquí - le dijo indicando el camino hacia una sala privada.

      El vendedor invitó a la dama a tomar asiento frente a un bello escritorio lustrado y abrió una caja fuerte que se encontraba empotrada en la pared. Desde dentro le respondió un brillo de metales bruñidos y piedras multicolores. Con ojo de conocedora, la dama fue descartando algunas piezas e interesándose en otras hasta que luego de unos minutos se decidió por una de ellas. Una gargantilla de platino y esmeraldas haciendo juego con aros y anillo del mismo metal y piedras. Su costo: una verdadera fortuna, pero como ella le había advertido al gerente de la joyería, el Doctor Fagundez no se fijaría en gastos a la hora de homenajear a su madre en su 80 aniversario.

- Comprenderá que una mujer como yo no puede andar con semejante suma de dinero encima - le confió la dama al gerente - Y al Doctor Fagundez no le gusta andar con cheques y trámites bancarios. Si se toma la molestia de acompañarme a su consultorio le pagará ahora mismo y en efectivo. Luego mi chofer, Antonio, lo traerá de nuevo aquí para que su dinero viaje seguro.

      Al gerente le pareció totalmente correcto. En una época en la que no existían comunicaciones digitales no había nada más seguro que el pago en efectivo. Por otra parte el gerente había decidido internamente no perder de vista a las joyas hasta no estar frente al Doctor reclamando el pago. Colocó las joyas en una caja de madera negra con goznes de bronce y forrada en terciopelo azul intenso que parecía hacer brillar al platino aún más. La cerró y la colocó en una caja de cartón blanco con el logo de la joyería impreso en dorado. Avisó a los empleados que se ausentaría por un rato y caminó detrás de la dama hacia la puerta conservando la caja en su mano.

      Subieron ambos al automóvil bajo la atenta mirada del chofer quien los esperaba con la puerta trasera abierta. Recorrieron las transitadas calles hacia el barrio de la Recoleta donde se encontraba el consultorio del doctor. Ingresaron al edificio traspasando las enormes puertas de roble labrado y manillares de bronce.

- Buenas tardes Martha - saludó la dama con familiar cortesía a la recepcionista del consultorio
-Buenas tardes señora - le respondió la secretaria del afamado médico - Pasen, pasen - agregó entusiasmada - el doctor los está esperando. Un gran diploma de elegante letra y algunos certificados adornaban la pared del consultorio del Doctor. Ambos ingresaron invitados por la amplia sonrisa del profesional. El doctor apartó del escritorio una elegante silla con brazos tapizada en cuero color cereza y realizó un gesto hacia el gerente de la joyería invitándolo a sentarse.

La dama entonces tomó la caja que el gerente había puesto delante de sí sobre el escritorio. - Los dejo - dijo - Ustedes tienen cosas de que hablar. Dijo la elegante señora y ambos, doctor y gerente, asintieron con una sonrisa. Eran épocas en las que involucrar a una mujer en conversaciones sobre temas de dinero era considerado de mal gusto. La dama salió y ambos hombres quedaron a solas.

- Bien, usted me dirá - comenzó abriendo el fuego el doctor.
- Si, por supuesto doctor - sonrió el gerente - a eso he venido. Son 312.000 pesos
- Caramba - dijo el médico - Parece que su esposa estaba en lo cierto...

El gerente no terminaba de comprender que estaba queriendo decir el psiquiatra pero comenzó a sospechar que algo no andaba como lo previsto.

-¿Mi esposa? - preguntó sorprendido el gerente - ¿Y que tiene que ver mi esposa con todo esto?
- Intentemos otra cosa - se acomodó el doctor en su asiento - ¿Desde cuando comenzó con estos síntomas?
-¿De que síntomas me habla? - comenzó a inquietarse el joyero pasando ya de la duda a la certeza de que las cosas no estaban saliendo bien - Son 312.000 pesos los que me tiene que pagar por la gargantilla, los aros y el anillo que se llevó su mujer. Sea tan amable de pagarme y me retiraré por donde vine.
- Hábleme de sus padres - trató de tranquilizarlo el psiquiatra - ¿Como era su relación entre el dinero y ellos?

     En la calle el lujoso vehículo con chofer avanzaba velozmente hacia la agencia de alquiler para ser devuelto a tiempo. Antonio (en realidad no se llamaba así), despojado ya de su disfraz de chofer lo conducía lo más rápidamente posible pero sin cometer ninguna imprudencia que llamara la atención. En el asiento del acompañante, su cómplice, aún con las lujosas ropas compradas ayer se miraba en el espejo retrovisor impactada por lo bien que le quedaban las esmeraldas. De todos modos no permanecerían mucho tiempo en sus manos, ya tenían comprador asignado.



      Unas semanas antes la "dama" había pedido un turno con el psiquiatra Fagundez. Actuando desesperación le contó que su marido sufría una molesta patología que lo llevaba a creer que todo el mundo le debía dinero. Esto le había traído problemas con su familia y convertido su vida social en insostenible. El doctor entonces, luego de la entrevista, le manifestó que si bien no era muy común alguna bibliografía hacía referencia a conductas por el estilo y que así como los paranoicos creían que todo el mundo los perseguía el caso de su marido tenía algún punto de contacto con esto. Le pidió entonces que consignara algunos comportamientos determinados, que hiciera con la mayor discreción posible algunas averiguaciones familiares y que volviera la semana próxima. En la siguiente visita llegaron a la conclusión de que lo único que provocaría algún avance en el caso sería una entrevista personal del psiquiatra con el enfermo. Cuando salió del consultorio y se encontró con la asistente del médico a fin de agendar una nueva consulta, se preocupó por averiguar el nombre de la secretaria: Martha.

El resto es solo unir estos últimos datos revelados con el inicio de la historia.

      Hace algunos años quien esto escribe tuvo la oportunidad de charlar durante la Feria del Libro de Buenos Aires con Alberto Thaler autor del libro titulado casualmente "Los Cuentos del Tío". Hoy es un material casi inconseguible pero si tienen la oportunidad de que alguien se los preste o cosa similar no dejen pasar la chance de leerlo. Es un material divertido, agradable y de muy fácil lectura.

      Thaler me contaba en esa ocasión sobre la dificultad de encontrar material documental al respecto ya que los museos y archivos policiales sobre criminalística son de acceso restringido. Así como hay un tipo que hurga en ellos para encontrar material para un libro, otro busca inspiración para cometer un delito de guante blanco. La charla con el autor fue por demás agradable y la terminó con una frase con la que vamos a cerrar la presente nota. Dice Alberto Thaler que "el tío" tiene un pequeño cuadro sobre la cabecera de su cama que dice:

"Todos los días nace un estúpido. La cuestión es encontrarlo"

Que anden bien