domingo, 7 de junio de 2015

¿Usted cree tener mala suerte? Conozca entonces la historia de Felicitas Guerrero

      El recoleto clima de trabajo en la sede central de Bombilla Tapada solo se ve alterado con habitual frecuencia por el bullicio de los banquetes que se celebran a título de casi cualquier cosa. Calmados los ánimos y recuperadas las resacas todo vuelve al sosiego y calma normales dignos de un recinto donde se desarrollan actividades académicas de alto nivel. Sin embargo, por estos días, sollozos, ayes y llantos interrumpieron la tradicional serenidad que reina en pasillos y salones. Es que nuestro experto en temas medievales, un doctor ruso alto y robusto, bien parecido aunque de edad más que madura, había recibido la confirmación de que un viejo amor finalmente contrajo matrimonio en la lejana Ekaterinburgo, a orillas del río Iset. Se trataba de una dama noble (Duquesa o Condesa según quien contara la historia) con quien el ruso había tenido un amor adolescente. Al llegar a la mayoría de edad, nuestro especialista había partido hacia la Universidad Politécnica Estatal de San Petersburgo a realizar sus estudios mientras que la Duquesa (o Condesa) lo hizo hacia Europa Occidental con el supuesto fin de estudiar arte en París. Sus caminos se separaron definitivamente no sin antes hacerse mutuamente una promesa formal de casamiento para cuando ambos se hubiesen recibido.Por lo visto la Condesa (o Duquesa) no tomó muy en serio el compromiso juvenil y, si bien es cierto que muchos años después, contrajo matrimonio con un caballero (Barón o Duque según quien contara la historia) distinto de nuestro doctor ruso.

      Sus camaradas (no los rusos sino sus colegas de Bombilla Tapada) en pos de ofrecerle consuelo, le referían historias en donde los protagonistas se habían esperado durante años y esa espera, luego, no había valido la pena. Hicieron el recorrido, entre soviéticas lágrimas y mocos, desde la mítica Penélope y Ulises pasando por Florentino Ariza y Fermina Daza de El amor en los tiempos del cólera. Cada quien aportaba alguna historia a modo de consuelo y lentamente el ruso fue retomando su aspecto habitual. Alguien propuso un banquete a modo de desagravio (aunque en realidad nadie lo había agraviado) compuesto por comidas de su patria, de manera que el doctor recordara su lejana tierra y evocara momentos más felices, moción que fue aprobada por la aclamación más entusiasta. Entre platos de borsch y suculentos golubtsi uno de los comensales advirtió que nadie había nombrado en la lista una de las más trágicas y desdichadas historias de amor que ocurrió en Buenos Aires a fines del siglo XIX. Andaremos por Barracas, San Telmo y el camino a Mar del Plata, pero vengan con calzado sin tacos porque el Buenos Aires de ese entonces no era lo que es hoy.

Felicitas Guerrero
     Felicia Antonia Guadalupe Guerrero y Cueto, conocida comúnmente como Felicitas Guerrero era una joven hermosísima, según cuentan las crónicas de la época (aunque su daguerrotipo lo desmienta). Al parecer, miraba con buenos ojos a un joven llamado Enrique Ocampo Regueira que tenía apenas 7 años más que ella. Una diferencia de edades por demás aceptable. Sin embargo la familia Guerrero tenía otros planes. Carlos José Guerrero y Reissig, su padre y administrador de uno de los campos de la familia Álzaga, consideró que antes que el amor primaran los negocios (no era el único que pensaba así en esa época, y aún en esta). Escogió como marido para su hija a Martín Gregorio de Álzaga y Perez Llorente quien tenía un apellido bastante más largo que el de Ocampo y muchísimo más dinero. Pero lo que peor le caía a Felcitas era la enorme diferencia de edad entre ambos. Ella de apenas 18, él de aplomados 50. Sostuvo toda la resistencia que le fue posible a la boda pero el feminismo no estaba lo suficientemente maduro como para permitir que una mujer escogiera con quien casarse. El 2 de junio de 1864 se consumó la unión de ambas familias para beneplácito de Don Carlos Guerrero y horror de Felicitas.

      Justo es aclarar que las 5 décadas de esa época, más de 150 años atrás, no eran lo mismo que lo que son ahora. Una mujer de 50 años de hoy, en su gran mayoría, resulta aún atractiva y un hombre de 50, salvo contadas excepciones está aún en la plenitud de sus fuerzas. En cambio los múltiples embarazos y la ausencia de los tratamientos médicos y concepto de vida sana, hacían que en esa época, tanto mujeres como hombres, si no habían fallecido antes por causas perfectamente evitables hoy se encontraran a las puertas de ser ancianos. La vida no se ensañaba solo con los veteranos sino que la mortalidad infantil era penosamente alta comparada con la nuestra. Así las cosas el matrimonio de Martín con Felicitas tuvo dos años después del casamiento un niño al que pusieron Félix Francisco de nombre quien apenas superó los 3 años de edad y sucumbió de fiebre amarilla. Seis meses después, embarazada de su segundo hijo, quien fallece es su marido Martín y al día siguiente también lo hace el bebé nonato. Es decir: entre el 3 de octubre de 1869 y el 2 de marzo de 1870 Felicitas pasó de estar casada y casi con dos hijos a viuda y sola. Con un extra nada despreciable de haber heredado una más que suculenta fortuna en dinero y tierras.

      Repartía sus días entre su casa de Barracas (Sobre la actual calle Brandsen) y su estancia preferida "Laguna de Juancho" en General Madariaga, con salida al mar propia. Heredera de 71.000 hectáreas tenía para elegir donde vivir. Pasados los rigurosos 6 meses de luto Enrique Ocampo comenzó a frecuentar nuevamente a Felicitas. Ahora sin el escollo de Martín de Álzaga en medio. Una vez pasado un tiempo prudencial, todo indicaba que Enrique y Felicitas contraerían matrimonio.

Saenz Valiente - Anciano
     En noviembre de 1871, un año y medio después de quedar viuda, Felicitas comienza a tener una vida social un poco más libre. Un matrimonio amigo la acompaña a la estancia "Laguna de Juancho". Pero en el camino, en ausencia de reportes del servicio meteorológico, se desata un violento temporal sin darles tiempo a buscar cobijo. El cochero pierde el rumbo a causa de la tormenta y siendo que el camino no era pavimentado sino un sendero de tierra, deciden esperar a que aclare detenidos en el lugar más seguro posible. Providencialmente, un jinete solitario se les acerca y los guía hasta la estancia más cercana. El rescatista llevaba por nombre Samuel Saenz Valiente y la estancia a la que arriban era la de él. "Es mi estancia, que es la suya, señora" ofreció cortés Saenz Valiente a Felicitas. Sus actitudes galantes deslumbraron a la viuda quien contra todos los pronósticos terminó enamorándose de su eventual salvador. Y tan enamorada quedó que olvidó a Ocampo y decidió comprometerse con Saenz Valiente.

Ing. Huergo
      El 3 de febrero de 1852 ocurrió la Batalla de Caseros y usted se preguntará que demonios tendrá que ver con todo esto. Ocurre que los vencedores, cuyos apellidos adornan numerosas calles de la Capital Federal querían demostrar que de sus manos iba a llegar el progreso. Su intención era que para el vigésimo aniversario de la batalla se inaugurara un moderno puente de acero cruzando el Río Salado para que pudieran cruzar sobre él las formaciones del moderno Ferrocarril Sud. Allí se reuniría casi toda la Guia Peuser. Para muestra un botón basta: la obra (en realidad la importación del puente completo desde Inglaterra) y su instalación estuvo a cargo de Luis Huergo (el Ingeniero Huergo de la avenida) y el puente llevaría el nombre de Ambrosio Crámer (víctima de los Federales y dueño de otra avenida). La cercanía del nuevo puente con la estancia Laguna de Juancho le garantizaba a Felicitas una distinguida presencia en la fiesta que organizaría en ella, con el pretexto de la inauguración pero con el real motivo de anunciar su compromiso con Samuel Saenz Valiente.

      Nadie lo confirmaba, pero los rumores corrían en la ciudad de Buenos Aires. Y esos rumores también alcanzaron los oidos de Enrique Ocampo Regueira. Y las sospechas comenzaron a tomar cuerpo cuando también la Alta Sociedad porteña se enteró de que Felicitas había encargado un nuevo vestido para la ocasión a una casa de París. Fue demasiado para Ocampo, estaba a punto de quedarse sin la misma mujer dos veces en 8 años.

Confitería del Gas
     En la esquina de las actuales calles Rivadavia y Esmeralda funcionaba un bar. Estaba alumbrado con 11 modernas y brillantes lámparas de gas (a diferencia de los demás que lo hacían con lámparas de aceite o sebo). Era conocido por tanto como "Confitería del Gas". El 29 de enero de 1872 durante la tarde Enrique Ocampo fue uno de sus parroquianos. Se tomó unos cuantos tragos para darse valor. Cuando Felicitas Guerrero llegó a su casona de Barracas proveniente del centro de la ciudad su tía le comunicó que desde hacía un buen rato la estaba esperando el señor Enrique. Luego de unas dudas Felilcitas se decidió a ir a verlo, pero le pidió a uno de sus hermanos y a un primo (Antonio Guerrero y Cristian Demaría) que merodearan cerca de la puerta de la habitación del estudio donde se produciría el encuentro.

Enrique Ocampo
      Sin demasiado prolegómeno, en parte por lo sencillo de la duda y en parte por los efectos del alcohol, Enrique Ocampo le preguntó directamente a Felicitas si se casaría con él o con Samuel Saenz Valiente. La respuesta de Felicitas fue clara y contundente. Se desató una discusión tan violenta como corta dado que Enrique Ocampo la dio por terminada extrayendo un arma de fuego de entre sus ropas y apuntándole a Felicitas al grito de "Si no eres mía, no serás de nadie". Felcitas intentó escapar logrando salir de la habitación pero cuando pasaba frente a la pequeña capilla que tenía la mansión cayó herida por un disparo en la espalda. La bala calibre 48 rebotó en su omóplato y se dirigió hacia abajo, bordeando la columna vertebral y atravesando varios órganos a su paso. La medicina de la época no tenía muchas respuestas en estos casos y luego de una breve agonía, con jóvenes 26 años Felicitas fallecía. La misma suerte corrió Enrique Ocampo aunque nunca quedó claro si se disparó sucidándose, si forcejeó con algún pariente de Felicitas y se disparó por error o si lisa y llanamente un familiar cobró venganza de su crimen disparándole. La justicia cerró la causa como suicidio y nadie se preocupó por averiguar nada más.

Iglesia Santa Felicitas
      No habiendo descendientes ni marido, la fortuna que Felicitas había heredado de Martín de Álzaga ascendió por la línea sucesoria hacia sus padres. Estos destinaron un importante porcentaje de ese dinero a la construcción no ya de una capilla, que la mansión ya tenía, sino de una iglesia hecha y derecha (estuve tentado de escribir "como Dios manda" pero en caso de una iglesia hubiera sido algo redundante). El diseño le fue encargado al arquitecto Ernesto Bunge (quien tiene el honor de haber sido el primer profesional del área recibido en el país) e incluye mosaicos españoles, vitrales y arañas francesas, un reloj con carillón inglés y un órgano de tubos alemán. Como fue construida para uso privado de la familia Guerrero la misma carece de pila bautismal y los bancos donde se sientan los feligreses para asistir a la misa son enterizos, lo que hace que la misma no tenga pasillo central. Ambas particularidades le impiden la posibilidad tanto de bautizar como de dispensar el sacramento del casamiento religioso. La leyenda urbana sin embargo, atribuye la ausencia de estos dos ritos en la iglesia (consagrada a Santa Felicitas, una mártir cristiana del sigo II) a la mala suerte que persigue a quienes se casaran o fueran bautizados en esa iglesia. Nadie se ha casado ni ha sido bautizado nunca en esa iglesia. Del mismo modo, es el único templo cristiano del país que contiene dos estatuas no religiosas. A la derecha de la entrada, esculpido en mármol nos vigila don Martín de Álzaga, quien al fin y al cabo era el dueño original de la fortuna que solventó los gastos. A la izquierda nos recibe la imagen de Felicitas y su pequeño hijo Félix, también hechos en mármol. Sobre su estatua también se han tejido leyendas desafortunadas y corre el rumor de que quien la toca es perseguido por la mala suerte. En cambio las señoritas carentes de marido pueden pedirle a Felicitas que les gestione la obtención de uno mediante el anudado de un pañuelo en la reja de la iglesia. No se conocen estadísticas sobre la efectividad o calidad de los encargos encomendados a la Sra. Guerrero.

Interior de la Iglesia
      La iglesia se inauguró el 30 de enero de 1876 en coincidencia con el cuarto aniversario de la muerte de Felcitas. La leyenda también sostiene que durante las noches de todos los 30 de enero su alma en pena vaga por la iglesia llorando su enorme desdicha. En fecha tan cercana como 1993, los descendientes de la familia Guerrero cedieron el terreno que contiene la iglesia (y la iglesia misma) a la Ciudad de Buenos Aires y esta se tomó 3 años para llegar a la conclusión de que lo más lógico era que el Arzobispado de Buenos Aires se hiciera cargo de ella.





México 524
      Si tienen la intención de conocer por sus propios ojos esta parte de la historia, la Iglesia de Santa Felicitas los espera en Isabel la Católica al 500 en Capital Federal, en el barrio de Barracas. Si sus intenciones son aún más lúgubres pueden acercarse a la calle México 524 en San Telmo, donde funciona la Sociedad Argentina de Escritores. En esa casa, que aún se mantiene en pié gracias a las restauraciones, fue velado el cadáver de nuestra protagonista de hoy. En alguna de las habitaciones de la casona de la calle México  funciona un restaurant. No existe, documentada, alguna leyenda que asocie al espíritu de Felicitas Guerrero con dicha casa, pero la prudencia sugiere no concurrir allí a cenar la noche del 30 de enero.

Que anden bien.