domingo, 2 de agosto de 2015

Sírvase un café o háblele a la cafetera

      Casi no se produce ninguna reunión de carácter social en la Sede del Blog durante la hora del almuerzo, pero sí suelen juntarse varios catedráticos a cenar al mismo tiempo. Es que la luz del día invita a la alimentación frugal mientras que el horario de la cena se presta para una comida (y bebida) más copiosa a modo de reparación del desgaste de la jornada. A los postres se impone casi religiosamente una vuelta de café y unos Partagás o Cohíba. Con respecto a los habanos hay menos controversia que con el café. Casi todos están de acuerdo en que la una o la otra de las marcas de puros son las mejores del mundo, en cambio con el café hay más discusiones. Es que desde el molido y tostado de sus semillas al método de preparación, cada cual tiene sus gustos y preferencias personales.

      Los hay que lo prefieren a la turca, echando los granos molidos sobre el agua caliente. Los hay que prefieren el express, haciendo pasar agua casi en estado de vapor a presión por entre el polvo de café. Otros deliran por un Caifé Gaelach o café irlandés mientras que unos pocos prefieren un Amareccino con crema y amaretto. Las hermanas que se encargan del servicio gastronómico de la sede del blog casi conocen de manera personalizada los gustos de cada uno de los miembros (hablo de las preferencias por el café, no me malinterpreten) pero sin embargo van preguntado a cada uno, cada noche, que variedad de café se van a servir esta vez. Los espíritus inquisidores de los científicos no solo son curiosos a nivel intelectual sino que también salen a veces a la caza de nuevos sabores y placeres. El especialista en Cultura Egipcia del blog, un anciano caballero pero entusiasta de las modernas tecnologías, soñaba en voz alta con una cafetera que, a una sola instrucción de la voz, preparara el café de la variedad solicitada. Terció entonces nuestro catedrático de Arquitectura Medieval Británica a despertarlo de su ensueño comentándole que dicha máquina había sido ya inventada hace unos 15 años aquí en nuestro país....o algo así. Ya verán el porque de la duda a partir del próximo párrafo.

     Marcos Castagno era un estudiante de ingeniería electrónica de la Universidad Tecnológica Nacional regional Córdoba. Con 22 años y excelentes notas en su colegio secundario en Las Varillas, distante a unos 150 kilómetros de la capital provincial, lo único que posibilita que siga avanzando con sus estudios es una beca que la municipalidad le entregó al momento de egresar de la escuela media como premio a su destacado desempeño. Sus padres son modestos productores agropecuarios que luchan como pueden sin posibilidad de exportar su producción e invadidos por productos importados a precios subsidiados. La crisis económica durante el año 2000 golpea cruelmente sobre todos los hogares de la clase media argentina y de no ser por esos ingresos, Marcos debería abandonar sus estudios universitarios. Los jubilados no reciben sus medicamentos, los trabajadores no pueden retirar sus salarios de sus cuentas bancarias...todo indica que, en cualquier momento puede llegarle la noticia de que su beca había pasado a la historia.

      De visita en Las Varillas, Marcos se cruza con el Director de su ex colegio y le pregunta como iban las cosas con su carrera universitaria. Marcos le comenta que de maravillas, al punto que merced a su aprendizaje de nuevas técnicas digitales, ha logrado desarrollar una novedosa cafetera que se comanda por la voz del usuario. Es más, siendo que el procesador que la hace funcionar tenía capacidad de sobra para esa tarea, le había sido cargado el plano de la ciudad de Córdoba con el recorrido de todas las líneas de colectivos de modo que, a requerimiento del usuario, diciendo los puntos de origen y destino, la cafetera entregaba la información de qué transporte debería tomarse para arribar al lugar deseado.


      Pero Marcos tenía aún mas novedades para con su antiguo director. La Fundación Motorola lo había nombrado "Estudiante del Siglo" (todo fue "del siglo" durante el año 2000 o más aún "del milenio") y en poco tiempo más viajaría a Tokio, Japón a recibir su premio y presentar su invento ante el público nipón. Además de los honores a la japonesa lo esperaba una beca para estudiar durante dos años en el Imperio del Sol Naciente.



      Las Varillas es una localidad de unos 18.000 habitantes, algo así como la cantidad de espectadores que caben en media cancha de fútbol de tamaño regular. Casi todo en mundo se conoce entre sí y el director del secundario y el Intendente municipal no son la excepción. A la primera oportunidad, la noticia del ilustre estudiante llega a oídos de Fernando Coicet, intendente de la ciudad. La época no es demasiado pródiga en buenas noticias sino más bien todo lo contrario. Los diarios se llenan de quiebras, despidos y hechos violentos. La historia de Marcos aparece como un diamante en el barro. Los habitantes de Las Varillas encuentran en el joven Castagno un motivo de esperanza y se ven reflejados en él. El intendente Coicet comenta el feliz acontecimiento al diputado provincial Omar Basso y la notoriedad del joven inventor comienza a crecer. Sus rulos hasta los hombros y su sonrisa es paseada sobre el camión de los bomberos de Las Varillas y al son de las estridentes sirenas la población sale a la calle para verlo pasar cual héroe que retorna de la guerra.

De la Sota recibe a Castagno
      Tanto alboroto hace que el gobernador de la provincia de Córdoba se interese en el tema. Basso lo informa al respecto y Marcos Castagno es recibido en la residencia de José Manuel de la Sota en compañía del diputado, el intendente de su ciudad y por supuesto, el orgulloso director de su escuela. Al día siguiente la foto del encuentro ilustra todos los diarios locales. Frente a los medios, Castagno amplía los detalles del diseño de la cafetera. Los 8 meses que le insumió a él y a otros dos compañeros de estudio el desarrollo del software de reconocimiento de voz y la carga de los datos del transporte público cordobés, los alcances de la beca de la Fundación Motorola y el viaje que emprendería pocos días después. Allí mismo, frente a los medios, De la Sota anuncia la entrega de un subsidio de $500 (o su equivalente de U$S 500 de la fecha) para solventar gastos menores dado que, en apariencia, la Fundación Motorola se estaba haciendo cargo de pasajes, estadías y demás gastos generales.

     Finalmente una semana después, martes para ser más exactos, mientras todos en Las Varillas imaginaban a Marcos y su cafetera arribando al Japón, los vecinos se sorprendieron de verlo nuevamente en las calles del pueblo. ¿Que pasó? El relato es el que sigue:

     El vuelo hace escala para comenzar desde ahí el tramo más prolongado de su viaje hacia Tokio: San Pablo - París. Marcos y el representante de la empresa Motorola designado para acompañarlo durante todo el vuelo bajan del avión y caminan por el aeropuerto, cafetera en mano. Luego de pasear un rato por las instalaciones a la espera del horario de partida del vuelo siguiente ambos se dirigen al baño público de la aeroestación. Allí, mientras liberaban sus vejigas son abordados por entre 15 y 20 sujetos de aspecto oriental. Le exigen la entrega tanto de la cafetera como del código que permite el ingreso al software que la hace funcionar. Marcos ensaya una defensa pero es claramente superado en número. El representante de Motorola es más enérgico en sus pretensiones de recuperar la cafetera y se traba en lucha con los chinos o japoneses o coreanos (¿Quién sabe?) Se escucha apenas un silbido agudo y corto que ni siquiera retumba entre las paredes azulejadas del baño. Un arma con silenciador ha sido disparada y el empleado de Motorola cae al piso, herido. Los miembros de la mafia china o de la Yakuzza japonesa (¿Quien sabe?) huyen cafetera al hombro mientras Marcos socorre a su eventual compañero herido, afortunadamente solo en el brazo. Ambos shockeados por semejante acto de violencia deciden abortar el viaje y retornar a la Argentina.

¿La historia del aeropuerto de San Pablo les sonó increíble? A los funcionarios cordobeses también...

      Lo primero que hicieron los funcionarios de la gobernación al enterarse fue llamar a la Dirección Nacional de Migraciones, repartición que les confirmó que Marcos Castagno nunca había abandonado el país rumbo a San Pablo ni a ninguna otra parte. Acto seguido se comunicaron con Carlos Zárate, director de la firma Motorola en la Argentina. Personalmente desconocía la existencia de la beca pero prometió averiguar. Al rato confirmó lo que todos (y ustedes también) estaban sospechando: No existía tal beca, ni el premio al "Estudiante del Siglo", ni el viaje ni mucho menos un empleado de la Fundación Motorola herido de bala durante la valerosa defensa de una cafetera parlante. El gobernador, diputados, intendente y director de la escuela así como decenas de periodistas y miles de habitantes de Las Varillas habían sido engañados redondamente por un joven de 22 años. ¿Es que acaso a nadie se le ocurrió pedirle sacar una foto a la cafetera o verla en funcionamiento? No. ¿Nadie quiso ver, aunque sea para ilustrar la nota publicada, un plano de la misma? No ¿Nadie quiso conocer la identidad de los otros dos estudiantes que, según Castagno, habían desarrollado la cafetera con él? No ¿Y llamar a Motorola para conocer detalles de la beca y el premio? Tampoco ¿Y pedirle que muestre algún papel o documento que acredite su nombramiento como "Estudiante del Siglo"? Menos aún.

     Entonces ¿Que fue lo ocurrió? ¿Era acaso Marcos Castagno un maestro de la impostura? ¿Era un actor formidable que logró engañar a todos? ¿Los funcionarios y los medios tenían tantas ganas de creer que era cierto que nadie chequeó nada? ¿Que demonios pasó por la cabeza de Castagno para urdir semejante mentira? La respuesta parece ser la siguiente:

     Como dijimos más arriba, los padres de Castagno eran modestos productores agropecuarios que, como la mayoría del país estaban pasando unas gravísimas dificultades financieras. El único vínculo entre Marcos y la Universidad era la beca que aún cobraba. Pero el empobrecido estado iba recortando una a una las prestaciones aplicando la ineficaz fórmula de "achicar el gasto público". Su evaluación, confesó después, era que más temprano que tarde iba a perder el beneficio. El encuentro fortuito con el director de su ex escuela secundaria y un comentario al pasar desencadenaron la avalancha de mentiras que terminó tal como contamos.

     Marcos Castagno se encerró bajo siete llaves y la gobernación prometió proveerlo de asistencia psicológica y aún psiquiátrica. Nunca se volvió a saber de él. No se sabe si también fue obligado a devolver los $500 del subsidio. Los funcionarios involucrados también hicieron lo posible por que nadie les pregunte cómo suscribieron a la historia de Marcos sin ningún tipo de mínima verificación previa.

     Y ahora los dejo. Tengo que terminar de alistar una re carozadora de aceitunas para arrepentidos que le vuelve a poner el carozo a las olivas que lo han perdido a la vez que da los resultados de las carreras de los Hipódromos de San Isidro y Palermo.

Que anden bien