domingo, 13 de enero de 2013

Genes, perejil y soja. Bañado en Glifosato


Ante todo, buenas tardes.

                Lo primero que tengo para decirles es que este post es informativo. No pretendo abrir juicios de valor ni llegar a conclusiones categóricas. Ocurre que muchas veces cuando las cuestiones son de índole tecnológica uno no cuenta con la información suficiente y mi intención es recopilarla y brindarla de modo que las conclusiones corran por vuestra cuenta.

                Lo segundo es que, pasamos un rato por el laboratorio de química y después pónganse las bombachas batarazas y las botas de potro que nos vamos para el campo.

                Uno, a veces tiene esos arranques ecológicos naturistas y entonces va al vivero, compra un macetón plástico, una bolsa de tierra y un sobre de semillas de perejil y, sintiéndose todo un granjero se arma su propio almácigo con el propósito noble de que las próximas provenzales tengan auténtico sabor casero. Pero a los pocos días, mitad por impericia mitad por la propia perversidad de la Madre Naturaleza, comenzamos a verificar que aquello que comienza a crecer en nuestra maceta poco se parece al perejil y mucho a un yuyo cualesquiera. Y peor aún, a lo largo de la semana que tarda efectivamente en brotar nuestra siembra, un buen número de yuyos de porquería han colonizado buena parte de nuestra huerta de cabotaje. Paciencia en mano, es hora de quitar aquellos pastos informes para que nuestro perejil surja en todo su esplendor y no tenga competidores en el modesto ámbito de nuestro balcón. A lo largo de la vida de nuestra humilde plantación deberemos repetir esta operación varias veces porque, en cuanto uno se descuida, otra vez los pastos oportunistas nos usarán nuestra tierra abonada con sus pérfidos propósitos. Ahora bien. ¿Se pusieron a pensar el laburo que cuesta semejante cosa en un campo de varias hectáreas? ¿Imaginan lo dificultoso que habrá de ser mantener a raya otras especies para que nuestro esfuerzo se enfoque sólo en el crecimiento de nuestros tomates (o arándanos, o trigo o lo que fuere)?

                Los compuestos químicos de los que estamos construidos las plantas, los animales y obviamente también nosotros son realmente muy complejos. Y lo más penoso es que los animales (nosotros inclusive) solamente podemos armar algunos de ellos eso siempre y cuando contemos con las piezas fundamentales para ensamblarlos. Los únicos que pueden construir todo lo que necesitan a nivel químico para vivir  partiendo de algunos compuestos muy sencillos presentes en el suelo, son los vegetales. Una de las familias de moléculas más complejas y fascinantes son las proteínas. Ahí vamos…

                Las proteínas están compuestas así como las cadenas reales, de eslabones llamados aminoácidos. Hay unos 20 aminoácidos que, combinados, dan un número infinito de combinaciones posibles. Cada proteína cuenta con una precisa combinación de más de 100 (como mínimo) aminoácidos por cadena. Y para complicarla aún más, no solo es importante la secuencia sino que también y debido a ésta, la proteína se “retuerce” de una forma particular como consecuencia de la secuencia de aminoácidos con la que está construida. Un aminoácido incorrecto y chau, al demonio con la función de la proteína. El tema es que nosotros animales no podemos fabricar aminoácidos. Sólo podemos ensamblar las cadenas comiendo proteínas, cortándolas convenientemente y volviendo a ensamblar la cadena que nos hace falta. Un humano necesita de unas 30.000 proteínas distintas para funcionar, algunas tan esenciales como la hemoglobina, encargada de transportar el oxígeno al interior de nuestros cuerpos y llevarse el dióxido de carbono de camino a la nariz.  Los únicos seres vivos con capacidad para fabricar los aminoácidos son los vegetales. Aun los que miran con desdén un bol de ensalada, dependen de que una vaca, un cordero o lo que fuere que nos comamos, haya fabricado sus propias proteínas comiéndose previamente a algún vegetal y previo despanzurre de las proteínas de la planta, haya fabricado sus propias cadenas.

                Tan lejos como 1970, se descubrió una sustancia llamada aminofosfonato. Como es de la familia de la glicina (uno de los aminoácidos naturales) tomaron un par de sílabas de cada parte y le pusieron un nuevo nombre: Gli (por glicina), fos  (por fosfato) y ato (por la terminación que le corresponde por nomenclatura química) y así nació lo que conocemos como glifosato. Pero ¿Por qué es tan famoso? ¿Qué es lo que hace el dichoso glifosato? En resumidas cuentas, el glifosato impide que las plantas puedan sintetizar tres de los 20 aminoácidos. Cuando en el medio interno de una planta hay glifosato, ésta no puede fabricar ni fenilalanina ni tirosina ni triptófano. Al carecer de esos tres aminoácidos la planta está imposibilitada, como ya sospecharán, de construir cualquiera de las proteínas que los llevan como componentes y entonces, como también sospecharán, la planta procede a morirse. Para ponerle un broche de oro a lo devastador de los efectos del glifosato en un vegetal, no es necesario forzar mucho a una planta para que lo deje entrar. Ni siquiera hace falta regar el suelo con él. Los vegetales absorben el glifosato por sus hojas. Una fumigada y listo el pollo.

                Entonces ¿Si fumigo con glifosato mi maceta de perejil me evito tener que sacar los yuyos a mano? En principio sí, pero también me quedo sin perejil. Si fumigo con glifosato no crece nada, pero nada de nada.

                Un momento ¿Entonces los que lo usan para fumigar sus campos están locos o qué? Les pido paciencia, es que hay algo que aún no les dije.

                A principios de los años 90, algunos científicos se cruzaron con un microorganismo de nombre agrobacterium CP4 que era capaz de hacer funcionar la enzima que se “traba” con el glifosato y en consecuencia sintetizar esos tres aminoácidos como si el aminofosfonato no estuviese ahí.  Les llevó algún tiempo aislar el gen responsable de esta característica tan conveniente y otro tiempo clonarlo y encajárselo de prepo a la soja.  Consecuencia final, las semillas de esa planta “transgénica” (es decir, la soja tiene un gen que no le pertenece, un Frankenstein vegetal) brotan, crecen y dan más semillas de soja que a su vez son resistentes al glifosato. Círculo cerrado.

                Es decir, un campo fumigado con glifosato y sembrado con soja transgénica no necesita de mayores tareas de mantenimiento que las de mirar cómo crece y subirse al tractor para cosecharla. Como el injerto les salió bien, les trasplantaron el dichoso gen a semillas de maíz, alfalfa, algodón y un largo etcétera. Los perspicaces lectores del Bombilla Tapada que intuyen un formidable negocio detrás de esto han pensado en la dirección correcta: tanto la patente del glifosato (de nombre comercial Roundup) como de las semillas de soja transgénicas pertenecen a la multinacional francesa Monsanto.

                ¿El glifosato es altamente tóxico para el hombre? ¿El consumo de cereales transgénicos trae alguna consecuencia? ¿Hay relación entre la cantidad de enfermedades de origen genético y la cercanía a áreas fumigadas con aminofosfonato? ¿Si ocurre que hay que dejar de sembrar semillas transgénicas, brotará alguna otra cosa en esos campos? ¿Cuánto habrá que esperar para que ese suelo vuelva a ser normal?

                Todas estas preguntas esperan respuesta. Las disponibles actualmente están sospechadas de parcialidad tanto de un lado como del otro. Como dije al principio del post:  les pongo a disposición algo de información de la que la mayoría de nosotros habitualmente carece. Las conclusiones corren por su cuenta.

                Buenas tardes, vayan por la sombra.