domingo, 29 de junio de 2014

Dicen que dijo lo que digo. Pero en realidad lo dijo otro o más aún nadie lo dijo

      Un pájaro, un perro, un francés, un mapuche o un nativo filipino, todos e acurrucan cuando tienen frío. Sólo alguno de ellos, los humanos, pueden llegar a tener conciencia de que este acto, lo que en realidad hace es reducir la superficie de contacto con el medio ambiente ayudando a conservar el calor corporal. Sin embargo todos los bichos de sangre caliente lo realizan como acto instintivo aún sin tener la más peregrina idea de porque lo hacen. El hombre, en cambio, ha desarrollado enormes cantidades de comportamientos que sobre raíces biológicas se aprecian como culturales. Así quienes tienen una jerarquía social inferior saludan al considerado superior inclinándose ante él (el Rey, el Papa y demás dignatarios) del mismo modo que los monos lo hacen frente al jefe de su manada. 

      A mi entender (obtuso e incompleto) existe un acto cultural humano que no tiene parangón en ningún resabio  natural o biológico y es la lectura. Nada se parece a leer. Alguien podrá decir que una huella se lee como el paso de una animal por ahí o unas nubes se leen como el presagio de una lluvia. Pero la transmisión de nociones, conocimientos y acontecimientos reales o ficticios por medio de unos símbolos completamente arbitrarios no se parece en nada al acto de leer una huella o las nubes. 


      De todos modos hay un acto más humano hoy en día que el leer. Es el simular haber leído. Consiste en repetir sentencias, situaciones o frases que supuestamente se encuentran alojadas en algún libro que el dicente ha tenido la precaución de no leer. Así encontramos personas que repiten incisos con cara de suficiencia, haciendo referencia a obras de teatro o libros en los que se supone que se alojan y que jamás han pasado por sus manos o si lo han hecho, no lo han abierto. Bombilla Tapada trae esta vez una discreta colección de sentencias por ese estilo demostrando que el Departamento de Investigaciones Literarias del blog tampoco ha leído nada que sea de provecho. Comencemos, esta oscuro pero ya saben: "Lo esencial es invisible a los ojos"

      Luego de una serie de infidelidades el rey Schariar, decepcionado de la conducta del género femenino en general, propone a su visir una solución tan drástica como efectiva. Debía este último conseguirle esposas para que le duraran un solo día. Al amanecer del día siguiente, el mismo rey las decapitaría impidiendo cualquier forma de infidelidad posible. Un poco violento, pero categóricamente eficiente. Todo funciona correctamente (por lo menos para el rey) cuando una mañana, la candidata que se presenta le propone contarle un cuento. El rey accede pero su eventual esposa no culmina el relato sino hasta la noche. Luego de la cena, repite la estrategia. Comienza un relato que deja trunco lo cual le permite seguir con vida. Desarrolla esa táctica durante muchísimas noches hasta que el rey Schariar abandona sus políticas femicidas y se casa formalmente con ella. La princesa se llama Sherezade y el libro es Las 1000 y una noches.

Uno de los relatos más famosos de la colección es el de Alí Babá y los 40 ladrones

      Y aquí es donde empezamos a desenmascarar al falso lector. Comunmente se menciona a Alí Babá como jefe de una banda de 40 ladrones. Con asombrosa frecuencia se compara a alguien que se ha enriquecido de manera poco clara con "Alí Babá y los 40 ladrones" (así, todos juntos) o mejor aún; hallado el rico botín de algún delincuente y en función a su riqueza, se lo compara con "La cueva de Alí Babá" como si a él perteneciera. 

      En el relato de las Mil y una Noches Alí Babá es un leñador. Por casualidad escucha a un miembro de una banda de ladrones (formada por 39 más) comentar que la enorme roca encantada que obtura la entrada de la cueva donde almacenan el producto de sus ilícitos se abra de manera mágica ante las palabras "Ábrete Sésamo". Si quieren saber como sigue, léanlo. Pero lo que es claro es que Alí Babá no pertenece a la banda de ladrones sino todo lo contrario. Es un error enorme el asociarlo a los 40 ladrones como miembro o peor aún como jefe de la gavilla. Un error que sólo puede cometer alguien que jamás ha leído el clásico de la literatura árabe.  

     Por lo que insinúan los expertos, Don Miguel de Cervantes Saavedra ya había escrito un entremés (una obra de teatro corta en un solo acto) con un tema parecido al que tendría luego como argumento su obra maestra. Un tipo que pierde la cabeza y cree ser un héroe medieval. Lo cierto es que en 1605 y luego en 1615 (convenientemente primero la primera y luego la segunda) se publicaron las 2 partes que componen "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha". Es realmente una novela deliciosa donde el humor está presente en cada página. Tiene una estructura en donde los capítulos casi pueden leerse desordenados puesto que casi nunca lo que ocurrió en el anterior tiene consecuencias en el siguiente. A pesar de tener más de 400 años de escrita y contar con buena cantidad de términos y sintaxis antigua se deja leer con facilidad. Salvo para algunos que no la han leído y sin embargo presumen de ello.

      Cuando alguien recibe críticas por haber hecho algo, no falta el que sentencie: "Ladran, Sancho. Señal que cabalgamos"  en elíptica referencia a que los envidiosos siempre hablarán y que sus comentarios son demostración de que uno está haciendo bien las cosas. Suponen los comentaristas que andando Don Quijote y Sancho Panza sobre sus cabalgaduras, les salieron a ladrar unos perros a lo que el Ingenioso Hidalgo acuñó dicha frase. 

      Y por supuesto, levantan el dedo acusador a los cielos y repiten una oración que no figura en ninguna de las páginas de la novela de Cervantes. 

     Puede usted leerlo desde "En un lugar de la Mancha..." hasta la propia muerte de Alonso Quijano (espero no haberle revelado el final a nadie) que no va a encontrar ni una sola vez la frase en cuestión. Mientras la busca, puede aprovechar para disfrutar de un excelente libro.

      Todo actor que se precie de ser serio y cultivado no ha de llegar al pináculo de su carrera sin antes encarnar una obra de Shakespeare. Particularmente será muy bien visto por las revistas de espectáculos y los programas de chimentos, que el actor se ponga en la piel de Hamlet. Ahí si que se convertirá en una celebridad y evitará que los fotógrafos lo persigan durante el verano a ver donde decidió ir a refrescarse las patas. Mientras tanto, puede ensayar, calavera en mano, a decir el famoso monólogo que comienza con la famosísima pregunta: "¿Ser o no ser? He ahí la cuestión".

     Ocurre que, para facilitar los cambios de decorados y la división dramática de las obras de teatro, así como las novelas tienen capítulos, los dramas tienen actos. El universalmente reconocido monólogo del príncipe Hamlet (Ser o no ser) transcurre en la primera escena del tercer acto y el actor nada lleva en sus manos. Dos actos más adelante, en el quinto, y en ocasión de pasar por un cementerio, Hamlet levanta del piso el cráneo de quien en vida había sido el bufón de la corte y su amigo de la infancia Yorick y recita otras líneas que nada tienen que ver con Ser o no ser ( ¡Ay! Pobre Yorick. ¿Que se hicieron de tus burlas, tus brincos, tus cantares y aquellos chistes que animaban la mesa con alegre estrépito?)

      Es decir. Quien recita el "Ser o no ser" calavera en mano, nunca leyó Hamlet.

      Vamos cerrando que es tarde. Durante el siglo XIX se tomó real conciencia de que la razón sería lo que llevaría al hombre todo lo lejos que quisiera. Con el avance de las décadas se descubrían las bacterias, la corriente eléctrica y los rayos X, por poner algunos ejemplos. En ese contexto no era de extrañar que surgiera un personaje ficcional que hiciera del razonamiento su herramienta fundamental. En 1887 aparece por primera vez en Inglaterra el personaje del detective Sherlock Holmes. Su autor, el escocés Arthur Conan Doyle (a quien le dedicamos un post completo en Bombilla Tapada hace un tiempo http://bombillatapada.blogspot.com.ar/2013/05/en-casa-de-herrero-mediums-y-hadas.html) hace que sus aventuras sean contadas por un médico que lo acompaña en sus investigaciones y que vive con él compartiendo el departamento del 221 B de Baker Street, el Dr. Watson.

Es común entonces que se escuchen diálogos por el estilo:

- ¿Vos decís que Alfonso está saliendo con la hija de la panadera? - pregunta uno de los personajes
- Elemental, Watson! - responderá el otro, con gesto de suficiencia. Como preguntándose si la otra persona puede no haberse dado cuenta de una verdad tan evidente. Parafraseando al genial detective

¿Parafraseando?

      En 4 novelas y 5 libros de relatos cortos que se publicaron entre 1887 y 1927 nunca, pero nunca nunca se dice la frase de marras. Es decir, nunca Sherlock responde a Watson con un "Elemental".

      Aunque en este caso merezca, en honor a la verdad, hacer una salvedad. A la muerte de Sir Arthur, su hijo Adrian (obviamente Conan Doyle) pretendió seguir montado en la fama del personaje de su padre, sin éxito. Escribió un libro llamado "Las Hazañas de Sherlock Holmes" en el que se notaba que faltaba el genio de su padre. En uno de los relatos de dicho libro (La aventura de la Viuda Roja) Sherlock finalmente dice sus "famosas" líneas: Elementary, my dear Watson. Pero se trata de una burda copia y no del Holmes original. 





      La mejor manera, creemos, de juntar frases para deslumbrar señoritas en los casamientos es leyendo los libros completos. De ese modo es probable que nos crucemos estadísticamente con más sentencias que almacenar y, quien les dice, quizá uno aprenda algo provechoso en el camino.

Elemental, Watson!

Que anden bien!