domingo, 5 de abril de 2015

Grandes desastres provocados al tratar de solucionar pequeños problemas

      De repente usted resulta víctima de un ataque de bricollage y decide que ya es hora (o mes) de que esa canilla deje de gotear. Entonces, con toda su impericia a cuestas arremete contra el grifo y aquello que era una imperceptible gota se trasforma en un chorro indisimulable. Cual emulo de  Mario Bros quita la canilla del todo y entonces una torsión indebida sobre el caño lo rompe directamente convirtiendo a su baño en una improvisada laguna. Pinza pico de loro en mano, sentado al borde del bidet se pregunta a si mismo por que se le ocurrió meter mano en donde no sabe y como llegó a hacer semejante desastre cuando el problema original era una pequeña gota que se desprendía de vez en cuando sobre el desagüe. La situación argumental puede reproducirse con la colgadura de un cuadro, la colocación de una alfombra o el reemplazo de una manguera del motor del auto.

     Pero los más peligrosos e imprevisibles desastres han ocurrido cuando los hombres en general (con independencia de cuánto y qué hayan estudiado) tratan de corregir el camino que la naturaleza ha elegido. El Comité de Desastres Ambientales de Bombilla Tapada ha seleccionado dos ejemplos de estas historias donde un pequeño cambio, aparentemente inocente, desencadena un desastre que nadie previó antes. Nuestra aventura de hoy comienza en el Caribe y luego se traslada a Perú así que, al menos esta vez, nos vamos a quedar relativamente cerca. Aunque como siempre, arrancaremos en cualquier parte.

      Saccharum Officinarum no es el nombre de un coro de canto gregoriano sino el de un vegetal. Es originario de oriente y sus tallos crecen en forma de cañas fibrosas. Si se las machaca con el entusiasmo suficiente libera un jugo extremadamente dulce. Los árabes, durante su invasión a la península ibérica la llevaron consigo a Europa. Luego los españoles la trajeron para América tan temprano como en el segundo viaje de Colón. El clima americano le sentó de maravillas y prosperó, mayormente en los países del Caribe y Centroamérica. Los persas llamaban al jugo de la planta Sakar. Luego de las vueltas europeas y americanas alteró ligeramente su nombre conociéndose actualmente como azúcar. Las colonias americanas la producían en cantidad y los opulentos países colonialistas europeos de ese entonces la consumían del mismo modo. Por lo tanto la caña de azúcar sostuvo la economía de varios estados caribeños y en algunos de ellos la sigue sosteniendo hoy en día. Una importante dificultad es que el sabor dulce del azúcar es tan atractivo para los humanos como para las ratas. Durante los siglos XVII y XVIII varios de estos estados azucareros perdieron hasta el 25% de sus cosechas en manos de los roedores.

Mangosta
      En 1872 un tal H. B. Espeut, productor de azúcar jamaiquino tuvo una "brillante" idea. Existe en la India un pequeño mamífero vorazmente carnívoro. Mide unos 50 centímetros de largo y es tan ágil y veloz que le hace frente (y vence) a la serpiente cobra. Se trata de la mangosta. Y la brillante idea de Espeut fue mudar a algunas parejas de ellas a su plantación con el objeto de que se alimentaran de las numerosísimas ratas que diezmaban su plantación. Al notar el éxito que Espeut había obtenido (si bien las ratas no habían desaparecido, habían disminuido sensiblemente su número) varios otros productores jamaiquinos, portorriqueños y cubanos siguieron su ejemplo e importaron mangostas indias.

      En principio y como se esperaba, las mangostas atacaron a la población de ratas. Probablemente se salvaron solo las ratas más veloces o prudentes. De todos modos las mangostas seguían teniendo hambre por lo que la emprendieron contra todo otro bicho al que pudieran dar caza. Sapos, lagartijas, aves de corral, culebras, ranas y numerosos insectos comenzaron a ser parte de su dieta. El Caribe les ponía a disposición una opípara alacena y la mangosta no la despreciaba. Y para mejor (o peor de acuerdo a de que lado del mostrador se evalúe la historia) la naturaleza no había dispuesto ningún depredador autóctono para la mangosta por estas tierras americanas. Con enormes cantidades de comida y sin nadie que la moleste el número de mangostas se fue de las manos.

Guabairo
      Con extremada facilidad la mangosta se trepaba a los árboles y vaciaba a los nidos de huevos. El invasor hindú hizo desaparecer al búho de los túneles, al guabairo pequeño (una especie de gorrión) y al halcón nocturno de Jamaica, cuanto menos, entre las aves por las que de su desaparición se la acusa. Ocho especies de lagartijas se extinguieron bajo las mandíbulas de las mangostas. A pesar de los intentos por deshacerse del mamífero, la cantidad de individuos es aún enorme. Sumado a todos los daños causados, la mangosta también puede transmitir la rabia, la leptospirosis y la peste.




     Actualmente se están desarrollando estudios científicos tendientes en principio a conocer lo más exactamente posible la cantidad, ubicación y hábitos de las mangostas en Puerto Rico de modo de desarrollar la mejor estrategia para reducir su número y evitar que acabe con todos los animales menudos de la isla.

Islas Chincha
      El próximo caso tiene un aspecto político que será objeto seguramente de algún nuevo post de Bombilla Tapada en un futuro no muy lejano. Pero hoy nos vamos a centrar en sus aspectos ecológicos. Ocurrió en Perú, a unas 11 millas de sus costas frente a la ciudad de Pisco. Nos vamos a visitar las islas Chincha, en realidad no hay mucho para ver ahora, pero en los 1800 resultaban muy atractivas. Es un bote pequeño el que tenemos disponible, pero suban que hay lugar para todos.


      Hoy la industria química nos dispone un producto para cada necesidad pero un par de siglos atrás había que arreglarse con lo que hubiera. La ciencia estaba dando sus primeros pasos y la síntesis química era apenas un juguete nuevo con el que los investigadores del siglo XIX se entretenían en sus laboratorios, lejos aún de la explotación industrial. Al abrigo de mejores condiciones de vida y mayor longevidad de las personas, la demanda europea de alimentos no hacía más que crecer. Sin mayores conocimientos técnicos que la experiencia, los agricultores sabían que, si a un campo lo dejaban "descansar" por un periodo permitiendo que crecieran pasturas naturales y, principalmente, dejando que el ganado pastara ahí el suelo del mismo recuperaba su fertilidad. El secreto está en las deposiciones de los animales que se alimentan en él. Con sabio equilibrio la naturaleza a logrado que los productos procesados por los herbívoros le devuelvan a la tierra aquello que las plantas le quitan en función a sus necesidades de crecimiento. Particularmente las tierras ricas en sales nitrogenadas, urea y fosfatos son mucho más fértiles que aquellas que carecen de estos compuestos, pero como dijimos antes, la ciencia no estaba preparada aún para sintetizarlos a escala industrial. Quien encontrara una fuente natural de estos productos tendría en sus manos la llave de la fertilidad casi eterna de la tierra.

Alexander Von Humboldt
      Friedrich Wilhelm Heinrich Alexander Freiherr Von Humboldt era, entre otras muchas cosas un alemán con un nombre excesivamente largo. Por lo tanto la historia lo recuerda como Alexander Von Humboldt a secas y entre sus muchas inquietudes fue un destacado naturalista. Cuando el siglo XVIII se terminaba, junto con un francés, poseedor también de una calle con su nombre el el barrio de Palermo, Aimé Bonpland, se vinieron para las Américas en viaje de investigación y recorrieron unos 10.000 kilómetros por el norte de Sudamérica y el Caribe. Recopiló luego sus observaciones en una monumental obra llamada Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, publicada en 30 tomos (comento este dato solo para los que se quejan de que a veces los post de Bombilla Tapada son un poco largos).


      Humboldt llegó hasta las islas Chincha. Para ser claros, tres grandes cascotes de granito enclavados a unos 20 kilómetros de las costas peruanas frente a Pisco en el departamento de Ica, el más grande de ellos de 1.300 metros de largo y 500 de ancho. Lo interesante de las Chincha es que durante miles y miles de años las aves acuáticas las usaron como base de pesca marina. Es decir, volando desde la costa, pescaban en mar abierto desde esos peñascos, posándose luego sobre ellos a descasar de sus expediciones de caza. Miles de aves, miles de años, miles de deposiciones (para el conocimiento de quienes no lo sepan y les llegue a interesar, las aves no orinan sino que eliminan los residuos renales e intestinales en un solo trámite). Para no usar nombres vergonzantes las excreciones secas de los pájaros reciben el nombre de guano. Por lo tanto las islas Chincha (y muchas otras) estaban cubiertas de una capa de varios metros (hasta 70 en algunos lugares) de espesor de guano. Además de observar las aves de las islas, Humboldt envió a Francia en 1802 muestras del guano que las cubría. La respuesta que recibió a vuelta de correo despertó la fiebre por la explotación del recurso natural. Su contenido de sales fertilizantes era tan concentrado que no podía aplicarse tal como venía "de fábrica" sino que debía mezclarse con arena.

      Como dijimos más arriba; dejaremos para otro post las implicancias políticas (y militares porque hubo una guerra por culpa de la caca de pájaro) del caso, pero sepan que en 1840 se comenzó a exportar guano de Chincha hacia Inglaterra y en 1845 hacia Estados Unidos y tan bien lo hicieron que para 1909 los islotes exhibían nuevamente su alma de piedra sin restos de guano...ni de pájaros. Durante el medio siglo que duró la explotación salvaje de las islas las aves marinas buscaron otros horizontes huyendo de Chincha.

      El resto de la historia transcurre debajo del agua. Las aves (miles de ellas) se encargaban de mantener a raya la población de ciertos peces, comiéndoselos. Al no haber ni pelícanos, ni pingüinos de Humboldt, ni potoyuncos ni guanayes, todas aves de las islas, nadie se comía a las anchoas (Anchoveta es el nombre que se le da en la zona) que se reprodujeron durante varios años a sus anchas aumentando grandemente en su número. Se preguntará ¿Que tengo yo contra las anchoas? Obviamente nada, querido lector, pero si tengo algo en contra del depredador natural (aparte de los pájaros) de la anchoveta del pacífico.

      La super abundancia de anchoas alimentó a un numero cada vez mayor de tiburones. Estos al tener disponibilidad de comida, se reprodujeron más allá de lo habitual, a la sombra de la bonanza alimentaria. Las costas peruanas alojan unas 60 especies diferentes de estos selacimorfos (incluyendo el peligrosísimo para los humanos Tiburón Blanco) y si bien hoy se los está protegiendo dado que, a pesar de la peligrosidad de alguna de ellas, se reconoce la importancia del tiburón en el ecosistema marino, en su momento constituyó un enorme problema para las costas de Pisco. En definitiva, sin que nadie lo hubiera pensado con anterioridad, Europa y Estados Unidos se quedaron con los fertilizantes y Perú con los tiburones. Mal negocio para Latinoamérica, otra vez.

      El responsable de la Gerencia de Moralejas y Finales Moralizantes de Bombilla Tapada se ha tomado unos días de descanso aprovechando la Semana Santa, por tanto este humilde redactor, con permiso del Supremo Consejo ha recibido el permiso correspondiente para cerrar el presente post con alguna frase que reúna lo expuesto en sus numerosos párrafos. En definitiva, hacer llegar a los lectores y porque no a las generaciones venideras algunas palabras que adviertan sobre lo imprevisible de modificar los ecosistemas y sus consecuencias no deseadas. Luego de cavilar unos días al respecto se ha llegado a la conclusión que el mejor modo de poner un colofón a la presente nota es con una frase que quien esto redacta repite a sus pequeños hijos toda vez que ingresan a un bazar: No toquen nada!

Que anden bien!