domingo, 2 de noviembre de 2014

Un Ford viaja a Brasil pero Alemania se le pone en medio y debe volver a Detroit

      Muy a pesar de que grandes civilizaciones de la humanidad alcanzaron un alto grado de desarrollo sin haberla conocido, sin dudas la rueda es el invento que más ha impulsado la tecnología del hombre hacia adelante. Sin embargo su real importancia no solo radicó en ella sino en su amplia familia. Es cierto que cualquier cosa pesada montada sobre por lo menos un par de ellas se mueve de un modo mucho más sencillo que siendo alzada en andas o empujada arrastrando por la fuerza humana. Pero la tecnología debe mas a su hermano lungo, el rodillo; su primo dientudo, el engranaje y su amiga acanalada, la polea. Las máquinas que nos independizaron de la fuerza humana para el trabajo contienen normalmente a toda la familia completa de la rueda.  

      A inicios del siglo XX con la llegada de los automóviles las ruedas pasaron a ser las protagonistas de la historia, por lo menos de esta que estamos a punto de comenzar a contar. Más pesados y veloces que los carros tirados por caballos, las ruedas de madera con fleje de acero eran completamente insatisfactorias cuando no inútiles. A alguien se le ocurrió revestir el acero de la banda de rodamiento con caucho que si bien mejoraba el rodaje no hacía del andar en auto la agradable experiencia de hoy en día. 




       En Belfast, Irlanda del Norte, vivía un veterinario cuyo hijo utilizaba un triciclo para ir a la escuela. Las calles de la ciudad tenían un pavimento deficiente (no se si habrá mejorado. De hecho nunca estuve en Belfast) lo que hacía que el pequeño se quejara de lo duro que era conducir su vehículo. Su padre entonces tuvo la brillante idea de hacer un tubo de caucho inflable y cubrir con él el contorno de las ruedas. El nombre del veterinario irlandés era John Dunlop y se lo reconoce como el inventor del neumático. Sin ninguna intención de evitar el chiste fácil, de ahí en más todo comenzó a andar sobre ruedas.



      Conforme la fabricación de automóviles dejó de ser un divertimento de ingenieros excéntricos y se convirtió en una real industria, la demanda de caucho (la materia prima de los neumáticos) comenzó a crecer. El caucho, al menos el natural como sabrán proviene de un árbol. Su nombre científico es Havea Brasiliensis pero los aborígenes del Brasil, de donde es originario, le llamaban Cautchouc que en su idioma quiere decir: "árbol que llora". Luego de recolectar la savia del árbol mediante un corte en V el menjunje gomoso debe cocerse hasta espesarse para obtener una "bala" de caucho. De ahí en más debe someterse a un proceso llamado vulcanización que lo endurece (del que hablamos alguna vez en otro post de Bombilla Tapadahttp://bombillatapada.blogspot.com.ar/2013/09/samuel-gladstone-el-tipo-mas-equivocado.html) y más adelante, con el agregado de una malla de acero y demás complejidades obtendrá uno un neumático digno de ser aprovechado.

      Como decíamos al principio del párrafo ut supra (o sea el de acá arriba pero dicho en difícil) la fabricación de automóviles, en un momento dejó de ser un hobbie para pasar a ser una importantísima industria de miles de millones de dólares. Uno de sus pioneros sin dudas fue Henry Ford. Fundador de la Ford Motor Company es también el inventor de la fabricación de productos en serie. Cada obrero de su fábrica se encargaba de solo una tarea lo cual le otorgaba una notable habilidad para realizar la misma con la consecuente caída de los tiempos de producción. A cambio el pobre tipo sufría una terrible alienación laboral. Pasaba ocho, doce, diez y seis horas apretando el mismo tornillo, ajustando la misma tuerca o soldando el mismo rulemán. Ganaban buenos salarios para la época (U$S 5 por día, el doble que en cualquier otra automotriz) pero a cambio quedaban poco menos que locos. Dormían, comían, vivían y soñaban con la actividad laboral iterativa y rutinaria que desarrollaban todos los días en la fábrica. El caso es que Henry Ford estaba orgulloso de sus métodos y sus buenas razones tenía. En 1908 un Ford modelo T  0 Km. tenía un valor de mercado de 825 dólares. Para 1916 el mismo automóvil salía de la fábrica a 360 dólares. Los motivos eran la altísima especialización de sus operarios y el dominio por parte de Ford Motor Company de toda la producción. A su planta de Detroit solo ingresaban materias primas y salían automóviles terminados. A excepción de un solo detalle: los neumáticos. Si Ford quería dominar todos los elementos que conformaban un modelo T debía lanzarse al mercado del caucho y eso hizo.

Eso si, lo hizo a lo Ford.

Henry Wickham
      Muy a pesar del gobierno brasileño que con mucho celo controlaba que nadie sacara del país semillas del árbol de caucho, para controlar que nadie pudiera robarles el negocio, un tal Henry Wickham, inglés por supuesto, se convirtió en el primer bio pirata de que se tenga memoria al robar una barcaza llena de semillas de Havea Brasiliensis con destino Inglaterra. Los Reales Jardineros de su Majestad, famosos por sus orquídeas, determinaron que el lugar del mundo con clima más parecido al norte del Brasil eran Malasia y Ceilán, casualmente colonias británicas. Y tuvieron éxito; los arboles plantados y cultivados  de manera sistemática por botánicos profesionales eran más eficientes que sus colegas silvestres del Brasil. La zona de Amazonia, en el norte del Brasil, que había vivido unos años de fulgor a la sombra del caucho comenzaba a decaer a manos de los productores ingleses.

      Viendo que el negocio se esfumaba el gobierno de Brasil vio con beneplácito un proyecto de Ford. Comprar  1.000.000 de hectáreas en las riberas del río Tapajós cerca de la actual Manaos libre de impuestos durante 12 años a cambio de darle trabajo a obreros de la zona. En 1927 Fordlandia estaba en marcha.

     El proyecto de Ford pretendía trasplantar una ciudad norteamericana completa desde los Estados Unidos hacia el Brasil, de hecho la superficie de Fordlandia era similar a la del estado de Connecticut. Instaló en medio de la selva una ciudad con calles pavimentadas, usina eléctrica (para 1927 toda una excentricidad por esas tierras), planta potabilizadora de agua, hospital, escuela, cine y teatro, múltiples negocios, restaurantes, zapaterías, salón de baile y hasta campo de golf. La intención final de Henry Ford no solo era producir caucho sino re-crear el estilo de vida yankee en el Amazonas que tan buen resultado le había dado en Detroit, convencido de que esto era lo mejor que podía pasarles a los nativos. Supongo que no estaré desilusionándolos con un final sorprendente si les adelanto que el proyecto no prosperó y terminó realmente mal.

      Para empezar, no hubo manera de que los nativos apreciaran las hamburguesas, el arroz integral o los cereales para el desayuno. Tampoco fue posible, por rigurosas cuestiones climáticas establecer el horario normal de trabajo de 9 a 5 como en los Estados Unidos siendo que en el trópico es el horario de mayor marca térmica y humedad. Mucho menos, bajo ese calor insoportable, a usar overoles de gruesa lona para trabajar. Ford procuró transplantar también el culto religioso, las festividades norteamericanas (como el día de Acción de Gracias) y la Ley Seca (la prohibición de consumir y vender alcohol) que regía en los Estados Unidos en ese momento. También fracasó en esto.

      Dos años después de su inauguración, Fordlandia no había producido ni un solo kilo de caucho y ya estalló una revuelta. En la navidad de 1930 las autoridades norteamericanas de la compañía se vieron obligadas a pedir la ayuda del ejército del Brasil para sofocar la sublevación de los obreros. Los trabajadores jerárquicos norteamericanos, objeto de la ira de los operarios nativos aprovecharon para renunciar y volver a su tierra donde, si bien ganarían menos, sus vidas no correrían peligro.

      Ford entonces, decidió hacer una jugada audaz. Contrató trabajadores de Barbados, para sustituir a los brasileños rebeldes y envió a un grupo de botánicos a examinar in situ por que la producción de caucho era tan magra sino nula. Ambas cosas le devolvieron respuestas desagradables. La importación de trabajadores extranjeros enojó aún más a los nativos y el estudio de los científicos le indicó que no había ni remota posibilidad de que la plantación tuviera un rendimiento parecido a las británicas de Malasia y alrededores. En apariencia la determinación de haber plantado los arboles muy cerca para obtener mayor productividad por superficie cultivada era contraproducente. Los vaticinios de los botánicos se hicieron dramáticamente correctos cuando un hongo atacó la plantación y la cercanía de una árbol con otro provocó un contagio en cadena que mató a todos los Havea Brasiliensis desde allí hasta 140 kilómetros río abajo.

      Henry Ford no era un tipo acostumbrado a perder. Realizó entonces otro movimiento y mudó la ciudad de Fordlandia hasta otro lugar con mejores suelos que bautizó como Belterra. Recién ahí y en 1942 (14 años luego de su fundación) Belterra entregó su primer producción de caucho con un rendimiento aproximado al 50% de lo que se conseguía en las islas de sudeste asiático.

      Precisamente el sudeste asiático es el culpable de despabilar el sueño de Ford, cuanto menos de manera indirecta. Casi todas las islas de la zona eran dominio ingles en los momentos previos al estallido formal de la Segunda Guerra Mundial. Ante la inminencia del conflicto, Inglaterra comienza a acaparar caucho para su uso bélico (ruedas tanto de camiones como de aviones o motos) y a retacearle el material a quien terminará siendo su enemigo en la contienda: Alemania.

      Los alemanes se ponen a trabajar e instalan laboratorios donde se hacen pruebas de desarrollo de posibles sustitutos artificiales del caucho natural. Finalmente lo consiguen y en poco tiempo, todo el interés puesto sobre las plantaciones de Havea Brasiliensis desaparece. A nadie le despierta el más mínimo interés el árbol por el que se habían vuelto locos 20 años antes. Para 1945 se producen 70.000 toneladas de caucho sintético por año, el doble que el de caucho natural.



Henry Ford no era un tipo acostumbrado a perder, pero su tuvo que acostumbrar.

      Definitivamente en 1945 terminó por abandonar del todo sus sueños de Fordlandia en el Amazonas. Henry Ford llegó a un acuerdo y el Brasil le "compró" las dos ciudades por un precio ridículamente simbólico. Es más, quizá hasta hubiese ofrecido pagar él para que el Estado Brasileño se quedara con las ciudades de Fordlandia y Belterra.



      Uno amasa unos sueños más bien modestos que muchas veces tienen mayor componente sentimental o afectivo que económico. El sueño trunco de Ford le costó unos 20 millones de dólares de pérdidas (calculada al valor actual, unos 200 millones de hoy).

      En el caso en que en lugar de soñar con unas vacaciones de 10 días en la montaña o pintar el living de naranja trigo sueñen con fundar una ciudad en el Amazonas no duden en consultar al Departamento de Inversiones Inmobiliarias de Bombilla Tapada. Asesoramiento gratuito al 0800-333-NOHAGASMACANAS

Que anden bien.